Dios se acuerda de Noé y seca las aguas (Génesis 8:1-3).

A pesar de todos nuestros esfuerzos por alejarnos de Dios, Él no se ha olvidado de nosotros. Y tampoco de su Creación, porque su amor alcanza todo ser viviente, incluidos los animales. Por ello, Dios nunca dejó de tener presente el Arca. Porque Dios nunca salva a medias. Ello nos trae a la mente que Dios nunca va a olvidar nuestra fe. Nunca va a dejar en el tintero nuestra respuesta a su llamado.

Cuando la Biblia dice que Dios «recuerda» alguien o algún pacto con alguien, significa que está a punto de bendecir esa persona, que se preocupa por ella, y que le ama (ver 9:15; 19:29; 30:22; Ex. 2:24; 32:13). El verbo se usa de la misma manera con respecto a Sansón (Juez 16:28); Ana (1 Sam. 1:11); Abraham, también Lot (Gén. 19:29); Israel (Ex. 2:24); o para el ladrón arrepentido en la cruz (Lucas 23:42).

Así que, en medio del cataclismo de aquel juicio, Dios se acuerda de Noé y pone fin al diluvio. La narrativa de juicio se transforma ahora en redención. Dios ya había cerrado las fuentes del diluvio, ya no caía agua del cielo, y ya no brotaba agua del subsuelo. Las aguas se recogieron y la tierra firme volvió a emerger. A los 150 días Dios volvió a fijar sus límites y a establecer su lugar.

Porque los elementos de esta Tierra también pertenecen a Dios (tierra, viento y fuego según la cultura helenística). El viento le pertenece, por eso obedece sus órdenes. Inevitablemente recordamos a Moisés y el viento que separó el Mar Rojo, o a Jesús calmando la tempestad. Así que, aprovechando la fuerza de este elemento, las aguas empezaron a retroceder obedeciendo, una vez más, el mandato de Dios.

El viento que Él envía sobre la tierra para hacer que las aguas disminuyan también nos hace pensar en el Espíritu de Dios moviéndose sobre las aguas en Génesis 1:2 (la palabra “rûah” en hebreo para referirse al viento, también significa aliento o espíritu). La similitud no es casual, nos está diciendo que el mundo que sucederá al diluvio también será una nueva creación.

El viento para Dios también es un medio de transporte. Por él proveyó codornices al pueblo de Dios mientras viajaban por el desierto, o es figura del Espíritu Santo que lleva su Palabra por doquier. Pero, mediante este elemento Dios también crea tempestades para probarnos o para llevar a cabo sus designios más inescrutables.

Ningún elemento es malo en sí. La misma lluvia que nos trae el juicio es la que dará fertilidad a la tierra. Es figura de bendición a lo largo de la Escritura. De hecho, todos sabemos que dependemos de ella para subsistir. Además, la aparición de la lluvia está estrechamente ligada a la obediencia del pueblo de Dios.  Pero, a veces la lluvia es también ese jarro de agua fría que nos hace temblar, nos sacude y nos hace entrar en razón. De repente vemos quienes somos realmente. Es el primer paso para cambiar.

El mundo sigue cegado y sin ver que es Dios quien decide cuando va a llover. Que es él quien ha creado leyes en la naturaleza para que el agua se transforme en vapor convirtiéndose en nubes para que luego caiga agua del cielo. Un mismo elemento es utilizado en ocasiones para juicio, y en otras como bendición.

Vivimos en un mundo cada vez más extremo. Cada vez hay más sequía y más inundaciones. Necesitamos más primaveras y más otoños donde se den condiciones óptimas para la lluvia. Si el pueblo de Dios volviere y se arrepintiere Dios abrirá las fuentes de los Cielos y lloverá agua de vida.

Hoy, la iglesia está facultada para crear aquellas condiciones que son necesarias para el regreso de nuestro Señor. Santiago nos alienta animándonos a labrar la tierra y a esperar pacientemente la lluvia que tanto necesita este mundo.

Toda carne es destruida por el Diluvio (Génesis 7:21-24).

Si hay unos seres vivos característicos de la Tierra son aquellos cuya constitución comprende la “carne”: Animales salvajes, ganado, reptiles, aves o el mismo ser humano. Todos ellos tienen la “carne” en común, y todos ellos tuvieron la misma suerte al ser arrojados a las aguas del abismo: Morir ahogados sin remedio. Todos ellos habían recibido el don más precioso de la Creación: El aliento de vida que Dios, en su beneplácito, les había otorgado. La catástrofe fue absoluta. Tan solo aquellos que embarcaron en el Arca salvaron la vida. Las aguas del juicio de Dios preservaron la Tierra de la lacra humana durante 150 días. El tiempo necesario para consumir el juicio divino.

Estos 150 días comprendieron el período de 40 días y 40 noches de lluvia (7, 12 y 17). Fue entonces cuando el diluvio alcanzó su apogeo (cf. 8, 3). Pero, aún faltarían 2 meses y medio antes de que el agua retrocediera y dejara al descubierto algunos picos de montaña (8:4, 5), más de 4 meses y medio antes de que la paloma pudiera encontrar tierra seca (8:8-12), y casi 8 meses antes de que los ocupantes pudieran dejar el arca (8:14).

Ni una sola gota de agua de este juicio excedió la cantidad necesaria. Así de grande es el pecado, así de ecuánime es el juicio de Dios. Mientras el agua inundaba la tierra, la familia de Noé recordaba vívidamente que el mismo Dios que juzga con severidad el pecado es el que lleno de misericordia salva.

El apóstol Pedro nos recuerda que, igual que por la Palabra de Dios el mundo antiguo pereció anegado de agua, por esta misma Palabra, el mundo en que hoy vivimos también será juzgado para perdición del hombre impío. Pero, esta vez con un elemento mucho más destructor: El Fuego.

A lo largo del texto, se enfatiza constantemente que la destrucción será total, y fuera del Arca no hay posibilidad de salvarse.

En los días de Noé, la maldad de la humanidad alcanzó su máximo apogeo. El pecado que introdujeron Adán y Eva en el huerto ya se había extendido por la redondez de la Tierra, y «todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.» (Ge 6:5).

Muchas personas han rechazado la historia de Noé y el diluvio alegando que sólo es un mito más sin ningún tipo de fundamento histórico. Sin embargo, Jesús afirmó la autenticidad de los «días de Noé» cuando los comparó con los últimos días que han de venir (Mt 24:37-38; Lc 17:26-27). El apóstol Pedro también usó la historia de Noé y el diluvio como pauta para dar a conocer el juicio final (1Pe 3:20; 2Pe 2:5; 3:5-6).

La paciencia de Dios es muy grande. Aguantó la desobediencia y la rebeldía de los hombres durante muchos años. Además, tuvieron ocasión de ver como el Arca era construida como testimonio de lo que iba a ocurrir, así como de la mano extendida de Dios para salvar a todo aquel que se arrepiente. Por lo tanto, cada día que pasa es un día más y uno menos en que la puerta de la gracia de Dios permanece abierta. Sabemos que no será para siempre. Por ello, haremos bien aprovechar la luz mientras esta aún brille.

Los hijos de Dios somos llamados, al igual que Noé, a dar testimonio de la justicia divina. Nuestras vidas deben ser modelos del Reino de Dios. Debemos vivir y proclamar la justicia divina y no conformarnos con este mundo de impiedad. Evangelismo, Enseñanza, misericordia, justicia, y responsabilidad creacional son el leitmotiv de la iglesia.

Así que, si Dios actuó de aquella manera con aquellas antiguas civilizaciones, llenas de grandeza de poder. Nada nos hace pensar que hoy no va a hacer lo mismo. Durante aquellos días previos al Diluvio, Noé fue instrumento de Dios. Como predicador de justicia, por su testimonio unos pocos se salvaron, concretamente 8, pero también por su predicación condenó a todo un mundo de impiedad e incredulidad. Aunque la devastación provocada por el diluvio fue absoluta, hoy el mundo, no sólo, lo ha olvidado, ni siquiera lo cree. Siguen rechazando que cuanto más nos alejamos de Dios, más cerca está su juicio. Hoy, como cristianos, tenemos la responsabilidad de anunciarlo.

El diluvio cayó sobre la Tierra durante 40 días (Génesis 7:17-20).

En la Biblia, el número 40 tiene su significado. Es un número estrechamente vinculado al juicio de Dios. El pueblo de Israel fue juzgado y condenado a “vagar” por el desierto durante 40 años, y en este pasaje, son 40 días los que lloverá torrencialmente sobre la Tierra sin parar. Pero, también son periodos de preparación y prueba. Moisés estuvo 40 días ayunando en el monte Sinaí para poder recibir la ley de Dios, y el Señor fue probado en el desierto también durante 40 días. Sin embargo, hay periodos de prosperidad que Dios también dispone. En el libro de Jueces, los periodos de paz duraban 40 años. O el Reinado de David, uno de los más prósperos, a pesar de sus muchas luchas, también duró ese tiempo.

Dios juzga, pero Dios también salva. Dios ofreció, a través del Arca, la posibilidad de arrepentirse y de ser salvo. Muchos se dieron cuenta del significado del Arca cuando ya era demasiado tarde. Si no hubiera sido por el incremento de las aguas, el Arca no se hubiera elevado por encima de ellas.

Nadie puede, ni podrá jamás escapar al juicio de Dios. Por altos e imponentes que sean las montañas de esta Tierra, estas no sirven ni servirán para salvarnos. Ante el juicio divino vanas son las tretas de los hombres o aferrarnos a cualquier cosa creada. No hubo ser creado (excluyendo los animales marinos) que sobreviviera la catástrofe.

Aun así, los castigos de Dios son quirúrgicos. Puso límites a las aguas y restringió la lluvia a sólo 40 días. Pasado este tiempo, dibujó un Arcoíris de esperanza que aún hoy perdura.

El Dios del diluvio es el mismo Dios que adoramos hoy. Por lo tanto, si se dan las circunstancias, volverá a juzgar como lo hizo entonces. Él es justo y no dejará nunca de serlo. Su capacidad para destruir todo aquel que le niega con su boca y con su vida sigue intacta, pero su voluntad para crear un mundo nuevo y mejor, también.

Fe. La bendición que fluye de ella

La bendición que la fe de Noé desprendió en su propia vida (fue salvado por fe en el sentido literal de la palabra) también alcanzó su vida familiar. Por su testimonio fue alcanzada su familia.  «Solo Noé y los que estaban con él en el arca salvaron la vida» (v. 23). Su fidelidad al expresar su fe predicando la justicia de Dios «condenó al mundo». Fue así como la gente quedó expuesta a la verdad, a pesar de que eligieron ignorarla.

Fe. Un recurso de poder.

El poder de Noé para vivir triunfalmente entre sus contemporáneos incrédulos fue un triunfo de gracia y fe. No se podía esperar que un hombre encontrara en sí mismo los recursos para vivir tal y como lo hizo. Le fue dado el poder para actuar con determinación mientras la sociedad en la que vivía ya llevaba tiempo en vías de desaparecer. Le fue dado poder para exhibir incisivamente el pecado y la rebeldía de su sociedad. A pesar de que nadie le hacía caso. Tuvo poder para manifestar una actitud y una forma de vida totalmente distinta a la de ellos. Experimentó la soledad a lo largo del camino. Pero a través de la fe, Noé obtuvo todo lo necesario para seguir adelante.

Noé confinado en el Arca (Génesis 7:13-16).

Así que, llegado el día. Noé y su familia entraron en el Arca. Porque tras un buen testimonio, la Salvación también acaba llegando aquellos que nos son más allegados. El pacto que Dios hizo, lo hizo con Noé, pero Dios no nos ve simplemente como individuos, sino como parte intrínseca de una familia.

Pero, el interés de Dios no sólo es preservar a Noé y su parentela más cercana. También toda la fauna que Él mismo ha creado. Salvando las distancias con el hombre. Dios ama profundamente su creación. Especialmente, los animales. No cabe duda de que Dios ayudó a Noé en tan monumental tarea de recolección y clasificación de animales de cada especie. Del mismo modo, el Señor no ha dejado solos a los creyentes. Él ha dispuesto de fuerzas angelicales que nos sirven y ministran siempre según su voluntad (no la nuestra).

En parejas fueron entrando. De ambos sexos, tal y como el Señor había ordenado previamente, disponiendo de todo lo necesario para un nuevo comienzo en que vuelvan otra vez a reproducirse y a llenar la Tierra. La heterosexualidad es totalmente necesaria para preservar la vida en la mayoría de los animales. Huelga decir que lo mismo ocurre con los hombres y las mujeres.

Un animal no es cualquier cosa, es un ser vivo en el que Dios ha puesto aliento de vida. El orden natural jerárquico vuelve a repetirse. Dios manda al hombre, el hombre obedece y ejerce su autoridad sobre la creación, en este caso sobre los animales. Esto queda plasmado en el orden en que entran en el Arca. Primero los animales, luego Noé, y finalmente Dios cerrando la puerta.

Dios es quien abre la puerta de la salvación, pero también es él el que la cierra. Él es el principio y el final de todas las cosas. Así que vano trabajo es buscar la salvación en otro que no sea el Señor del universo. Noé fue salvo, de principio a fin, por aquel que lo creó, y lo llamó. Noé, por fe, sólo siguió los pasos que le fue indicando el Salvador. Porque, como nos irá recordando la Escritura a lo largo de toda la historia. La Salvación pertenece Jehová.

Noé, su familia, y las criaturas vivientes entran en el arca, y el diluvio comienza (Génesis 7:1-12).

Ciertamente, nada es tan importante en la vida como lo que Dios opina de nosotros. Sin duda, Noé tenía sus debilidades, y habría cometido sus errores a lo largo de una vida tan dilatada, sin embargo, el texto afirma que era justo delante de Dios. Era así porque confiaba en aquel que le podía perdonar. Conocía el significado del arrepentimiento y los sacrificios. Buscar su voluntad era una prioridad en su vida. En definitiva, Noé amaba a Dios. Nunca agradaremos a Dios por nuestras obras, porque pesándolas en la balanza son menos que nada. Sin embargo, el Señor nunca rechazará un corazón que le ama con todas sus fuerzas, aunque estas, a veces, fallen o flaqueen.

Dios tiene su propio calendario, y su propia agenda. Y cumple lo que promete. Al igual que en tiempos de Noé, el Señor vendrá sin avisar, pero a tiempo.

El juicio de Dios acontecerá, como en tiempos de Noé. Y, aunque los hombres traten de refugiarse en muchas partes y de muchas maneras, no habrá escapatoria. Si en aquellos tiempos el Arca fue la única salvación, de la misma manera hoy, sólo la Cruz nos puede rescatar.

Las palabras de Jesús en los Evangelios aportan luz a los tiempos previos al diluvio. Se nos dice que, en aquel entonces, a nadie le pasaba por la cabeza que algo como el Diluvio pudiera acontecer. De hecho, se nos dice que en aquellos momentos previos a la gran tormenta la gente gozaba de prosperidad y tranquilidad. La vida transcurría en medio de fiestas nupciales en las que la gente disfrutaba con indulgencia divirtiéndose, comiendo y bebiendo. Desde luego, vivían totalmente ajenos a lo que estaba a punto de ocurrir.

En la provisión del Arca subyace la idea de un nuevo comienzo, de una nueva Creación. Dios provee, y da a conocer que el juicio comenzará, pero también acabará.

Si bien el juicio fue repentino, Noé recibió el aviso con 7 días de antelación con el fin de iniciar los preparativos. No es difícil constatar cierto paralelismo con el tiempo de preparación que la Iglesia vive actualmente frente al inminente juicio de Dios.

La justicia de Noé viene de la fe, de la cual era heredero y predicador; por esto era justo «delante» de Dios. Y si lo era delante del Creador de todas las cosas, entonces nadie podía cuestionarlo. Ello demuestra su justificación, no por el cumplimiento de las obras de la ley, sino por la justicia de Cristo; porque por las obras ninguna carne viviente es justificada delante de Dios; así que, aquello que diferenciaba a Noé de la sociedad que lo rodeaba era precisamente su fe. Pues a través de ella somos vivificados, y sin ella somos condenados por la iniquidad que brota de la incredulidad.

La fe y la obediencia de Noé (Génesis 6:22).

La verdadera fe siempre motiva. Dispone nuestro corazón a escuchar la Palabra de Dios con una clara disposición a obedecerla. La fe es el llamado de Dios, nuestras obras son la respuesta. El orden de los factores sí altera el producto, en este caso. No puede ser al revés. Para tener fe primero hay que escuchar. Hay que prestar atención a la Palabra de Dios. Escudriñarla con cuidado, siempre con la ayuda del Espíritu Santo. Pero, una vez hemos sido instruidos debemos actuar según las instrucciones recibidas.

Noé hizo todo conforme a todo lo que el Señor le había mandado, nos dice la carta a los Hebreos en su capítulo 11. Actuó porque creyó tanto sus promesas como sus advertencias. En este texto apreciamos que Dios reconoce, incluso alaba, la fe de Noé. La grandeza de la fe de Noé radica, sin duda, en la absoluta confianza depositada en las palabras del Creador.

Probablemente, el pecado más notorio de la iglesia, así como el más peligroso es aquel que, o bien tergiversa el mandamiento de Dios, o bien le añade algo por encima. Sólo hay un camino, que no debemos dejar ni a derecha, ni a izquierda.  Así pues, debemos evitar tanto eludir el mandamiento como hacer más de lo que se nos ha pedido, como Saúl cuando preservó la vida de los Amalecitas, algo que Dios no había ordenado. El transgresor no tiene excusa cuando peca, pero el que añade al mandamiento de Dios no duda en atribuirse un mérito, y por lo tanto también la gloria.

Es cierto que no siempre coincidimos con Dios en lo que a su voluntad se refiere. A menudo tenemos un concepto demasiado alto de nosotros mismos. O hemos encerrado la voluntad de Dios en determinados estereotipos, como el ministerio público en las iglesias, o quizá el mero activismo religioso. Porque a la razón le encanta deleitarse en todo aquello que le resulta espléndido. Pero, Dios está interesado, básicamente, en fomentar y desarrollar nuestra capacidad de servir y amar. Dios suele mandarnos cosas ordinarias y corrientes, que a veces son desagradables o humillantes, incluso ofensivas ¿Qué pensaríamos si la obediencia al Evangelio nos demandara cosas tan corrientes como que los siervos tienen que obedecer a sus amos o los hijos a sus padres? Pues bien, me temo que es justamente esto lo que se nos está pidiendo.

En lo que se refiere a las personas, se considera sabiduría popular no fijarse tanto en quien habla como en lo que dice, porque como dice el dicho “por la boca muere el pez”. Pero, cuando consideramos los preceptos de Dios y la verdadera obediencia, este axioma debería considerarse a la inversa. No se debe tener en cuenta tanto lo que se nos dice como quien nos lo dice. Un claro ejemplo lo tenemos en Eva. Tuvo más en cuenta lo que se le decía que quien selo decía.

Hay preceptos bíblicos que nos parecen más honrosos que otros. Y suele ocurrir que aquellos que menos valoramos acostumbran a ser los más importantes para Dios. Por ejemplo, ser un buen marido, o una buena esposa, educar sabiamente a los hijos no acostumbran a valorarse entre nosotros, quizá lo damos por sentado, sin embargo, son, a todas luces, asuntos de mucha responsabilidad y gran trascendencia. Por desgracia, incluso hombres de Dios han fracasado en levantar y mantener adecuadamente su familia. Porque para convivir en el matrimonio o educar a tus hijos, también es necesaria la ayuda divina.

Debemos, pues, no caer en el error de dar más valor a aquello que los hombres tienen en gran estima. No preocuparnos tanto por las apariencias. Porque todas las labores son importantes. Especialmente las que no se ven. Todo acto de servicio es importante para el Señor, sobre todo cuando hablamos de tareas que son poco honrosas. No sólo de testimonio público vivirá el hombre.

¿En qué consiste entonces esa falsa piedad de la que tan orgullosos nos sentimos?  En otorgar la preeminencia a ciertas tradiciones de gran vistosidad como pueden ser la visibilidad en los cultos, participar ostentosamente de la mesa, o hacer exhibición del ayuno. Todo esto, siendo bueno, fácilmente puede convertirse en una tapadera para ocultar pecados tan bajos como la codicia, la avaricia, el robo, el odio, la mentira o el adulterio.

Semejante despropósito sólo puede privarnos, a nosotros y a los que están a nuestro alrededor, de las riquezas de una vida verdaderamente piadosa basada en el sacrificio y el amor sincero a Dios y, por ende, a los demás.

Por eso, en cuestiones espirituales es tan importante tener en cuenta quien nos está hablando. De ahí que la Palabra de Dios debe tener la preeminencia, no porque sea más o menos razonable, sino porque sabemos quién es el autor que la ha inspirado.

La grandeza de la obediencia de Noé radica en que no cuestionó las órdenes de Dios, por ser quien era. Sabía que era razonable fiarse de Él. Creyó que obedecerle era realmente la única forma de ser salvo. No dudó de su bondad y sabiduría. No hizo como Adán, Eva o el mismo Saúl, más adelante, que sí cuestionaron las órdenes del Señor. Noé supo ver la majestad divina y rendirse ante ella. No le importó lo que pensaran sus contemporáneos.

Noé advierte del diluvio y del propósito del arca (Génesis 6:12-21)

La corrupción del hombre afecta todo lo que nos envuelve. Porque, no sólo nos corrompemos nosotros, lamentablemente, también corrompemos todo aquello que tocamos. Si había algo que caracterizaba la sociedad de Noé era la corrupción.

Así que, Dios ofrece una salida a Noé. Una única posibilidad de salvarse del juicio y la destrucción que Dios, en su justo juicio, ya había decretado: El Arca. A lo largo de la Escritura deducimos que la inmensa nave evoca, inevitablemente, la Cruz de Cristo, o el Arca de la Alianza.

Esta peculiar nave dispone sólo de una ventana en la parte superior que nos permitirá dirigir la mirada hacia el Cielo. Esta será la única fuente de luz durante los días que dure el diluvio en esta singular travesía de fe.

El Arca no es meramente un medio de transporte. También es un pacto entre Dios y Noé. Entrando en el arca Noé tiene la salvación garantizada. Habrá sitio para Él y para su familia, así como para toda especie animal.

Pero para que esto ocurra Noé deberá seguir escrupulosamente las instrucciones dadas por Dios. El Arca debía ser de madera de ciprés, debía tener una composición específica, y algunas características en particular. Por ejemplo, debía tener compartimentos y estar calafateada por dentro y por fuera. Porque no era un Arca “sobrenatural”, aquel artilugio obedecía las leyes de la física como cualquier otro cuerpo. De ahí lo minucioso que fue el Señor en las instrucciones para construirla. Ahí quedaba por delante la monumental tarea de edificar, hacerse con toda provisión, y granjearse multitud de animales.

Los ojos de Dios recorren la Tierra observando todo lo que ocurre en ella nada de lo que sucede les es indiferente. La corrupción del hombre es un mal endémico. Especialmente entre el Pueblo de Dios, tal y como nos muestran las Escrituras. Es por ello que debemos estar en alerta constante, porque somos tan proclives a la idolatría como el borracho al alcohol. La maldad que anida el corazón del hombre nunca está quieta. Siempre está en desarrollo constante, adaptando nuevas formas, y haciéndose cada vez más contagiosa y familiar. Suele ir siempre acompañada con manifestaciones de violencia. Especialmente contra aquellos que no la practican.

Pero, Dios actúa siempre conforme a su justicia, y conforme a su misericordia, tal y como vemos en este pasaje. Sin embargo, su paciencia es grande, y su palabra antecede siempre su juicio. Hoy, al igual que Noé, la iglesia tiene el ministerio de la reconciliación entre Dios y el hombre ante el juicio que se cierne sobre todos.

El Apóstol Pedro nos da los mejores consejos para los últimos días: El ser prudentes, tener sano juicio, ser moderados, sobrios, discretos, y sobre todo fervientes en la oración, sin olvidarnos de la adoración que merece nuestro Dios.

Este mundo recién creado tiene fecha de caducidad. El fin viene siendo anunciado en las Escrituras por los profetas de Dios desde tiempos inmemoriales. Noé fue el primero. Y si, a pesar del predicador de justicia que fue Noé, Dios destruyó la Tierra, también lo volverá a hacer esta segunda vez, pero ya definitivamente. Por eso, el arrepentimiento tiene hoy más valor que nunca.

Pero, Dios siempre ha permanecido fiel a sus pactos. Igual que lo mantuvo con Abraham, y ahora con Noé, lo hará con nosotros. Y nuestro pacto es mayor que el de ellos, porque es el pacto que se hizo en la cruz. Entre Dios y Jesucristo, y Jesucristo y nosotros. Así que, los que hemos creído, no tenemos que temer todo el juicio que ha de venir sobre la Tierra.

El Señor Jesucristo lleva tiempo preparando un nuevo lugar, dónde no sólo las personas, también los animales y la naturaleza en su conjunto viviremos en paz, sin temor y armonía.

El Diluvio es un acontecimiento histórico. Es recogido por distintos pueblos tan ancestrales como los Caldeos, los griegos o los Romanos. Y encontramos relatos de este en culturas tan lejanas como la mejicana o la peruana.

Nos hallamos ante uno de los primeros grandes pactos de las Escrituras. Por un lado, Noé obedecerá las instrucciones de Dios construyendo el Arca, y entrando en ella, y por el otro Dios los privará de la destrucción venidera sellando la puerta. Finalmente 8 personas fueron las únicas que sobrevivieron al Diluvio. Noé, sus tres hijos sus correspondientes cónyuges.

Dios es omnisciente. Esto significa que nada escapa a su conocimiento. Si hay corrupción Dios la ve, y no le pasa desapercibida. No debemos olvidar que la corrupción siempre tiene un mismo origen: La idolatría, que es la que nos conduce inevitablemente a la carnalidad y a la depravación.

Pero, a Dios tampoco le pasan desapercibidos sus hijos. Aquellos que le buscan y le aman. Por eso Dios no se olvidó de Noé. Pero, para salvar a Noé del inminente juicio sobre toda carne, Noé debía seguir detalladamente las instrucciones de Dios. De esta forma Noé validaría la fe puesta en el Dios Creador de los Cielos y la Tierra.

El Arca es sinónimo de Salvación. No era una nave para trasladarse de un lugar a otro, sino el único lugar donde poder despegarse de este mundo y seguir con vida. Siguiendo las instrucciones que Dios les había dado no les faltaría de nada.

Las dimensiones del arca son suficientes para acoger a todos los que iban a ser salvos y proveerles de todo lo necesario. Tanto para la tripulación como para todos los animales. Podemos afirmar que el Arca es también figura de la Iglesia de Dios. Es Dios quien nos separa del mundo tal y como hizo con el Arca.

Ahora, en la iglesia seguimos las instrucciones dadas por nuestro Señor y Salvador. El Arca de Noé también tenía tres compartimentos, como tenía el Tabernáculo y el Templo.

El Arca sólo tenía una puerta, que bien puede ser figura de Cristo. Porque en ningún otro hay salvación. Porque sólo depositando nuestra fe en Él podemos entrar en la Iglesia. La ventana, por donde entraba la luz, podría ser imagen de la Palabra de Dios, y en especial del Evangelio. La verdad que nos guía y nos hace libres.

El apóstol Pedro afirma que el Bautismo es antitipo del Arca. Así que el Arca es también representación de un entierro, cuando entraron en ella, y emblema de la resurrección de Cristo y la nuestra cuando de ella salieron. El bautismo, obviamente, no salva, pero sí nos dirige a Cristo, el autor de nuestra salvación.

55 Aniversario

Un año más, por la gracia de Dios, este mes de septiembre celebramos nuestro 55 aniversario en el barrio. Para ello tendremos reuniones especiales con predicadores invitados.

TODOS LOS DOMINGOS A LAS 11:00 DE LA MAÑANA, EXCEPTO EL MARTES DÍA 20 A LAS 17:00.

TODOS CORDIALMENTE INVITADOS

Noé halla gracia (Génesis 6:8-11).

Qué bueno es que Dios halle gracia en alguien. No soy un determinista convencido. Creo que Dios se dedica a buscar corazones donde depositar su gracia. Todos tenemos la oportunidad de recogerla y atesorarla alguna vez en la vida. Benditos aquellos que buscan a Dios de todo corazón. Porque lo hallarán y serán hallados por Él.

Se nos dice que Noé era un hombre justo. Así decían de él aquellos que le rodeaban. Noé era un hombre distinto. Vivía piadosamente y nadie podía decir lo contrario. Se nos dice que, comparado con sus contemporáneos, era perfecto ¿Y cuál era su secreto? Como Enoch, andaba con Dios. Y este es sin duda el secreto de la santidad.

Dios había dado descendencia a Noé. Tres hijos de los cuales acabaría descendiendo toda la humanidad.

Aquellos tiempos, como los de hoy, eran difíciles. Se nos dice que la tierra estaba corrompida, y llena de violencia. Señal inequívoca de que la corrupción había llegado a su límite.

Noé es uno de los modelos de fe que nos muestra el libro de Hebreos en su capítulo 11. Sin ver lo que iba a ocurrir, Noé preparó su salvación edificando el Arca. Su fe, le fue contada por justicia. Porque toda su vida giraba en torno al Arca, la única posibilidad de salvarse.

Es indudable que andar con Dios tiene consecuencias muy beneficiosas. Noé o Job son ejemplos que encontramos en las Escrituras. No podían evitar esta bendita influencia. Porque esperaban en su salvación, porque sabían que Él acudiría a rescatarlos en el día de la angustia.

La luz de los justos es como la aurora de la mañana dice proverbios, va avanzando, lentamente, y nada la puede detener. Porque así es la misericordia del Señor. Miqueas nos dice que el justo practica la justicia, ama la misericordia, y anda humildemente.

No hay pequeñas justicias, o pequeñas injusticias. El que es justo en lo pequeño, lo es en lo grande y exactamente lo mismo ocurre con lo injusto.

Por las Escrituras sabemos que la justicia no viene “directamente” de las obras, sino de la fe. Vemos que es una consecuencia inevitable de andar con Dios. Como Noé somos llamados a vivir justa y piadosamente, habiendo sido advertidos de las cosas que han de venir. De esta forma recibimos nuestra herencia en Cristo Jesús y damos testimonio verdadero de Dios. Pedro nos dice que Noé era conocido como un predicador de justicia.

Abraham también fue justo porque andaba delante de Dios. Así es su influencia con todos aquellos que le temen. Vivir delante de su presencia conlleva una actitud de integridad y sinceridad delante de Él. Porque Dios conoce lo más íntimo de nuestro corazón.

El pecado del hombre arrasa con todo. Nos corrompe por dentro y por fuera., afecta incluso al medio ambiente. Por ello, llega un punto en que la vida se hace insostenible. El avance de la corrupción es imparable y con ella, tarde o temprano vendrá la violencia. Los días de Noé se repetirán, y serán señal inequívoca de la venida del Hijo del hombre.

Pero Noé era un hombre distinto a los demás. Él era justo. Andar con Dios, creer aquello que aún no se ve le movió a obedecer construyendo el Arca. No sólo el mal se contagia, el bien también. Su familia, con especial mención de sus hijos, le siguieron en tal “disparatada” empresa.

La violencia es especialmente aborrecida por Dios. Se equivocan aquellos que tardan poco en justificarla. La gran esperanza del Reino de Dios es el fin de la violencia y toda la destrucción que acarrea. Los llamados al derecho y a la justicia son constantes en la Escritura. Se prohíbe cualquier tipo de violencia al extranjero, ello incluye su explotación. Es a su Pueblo a quien responsabiliza de las necesidades de los parias de la sociedad: El huérfano, la viuda, y el inmigrante.

La violencia suele ser también el desencadenante de la ira divina. Es la gota que colma el vaso de la paciencia de Dios. El poder económico y el afán por enriquecerse, la avaricia, suele envalentonar a las naciones para acudir a la guerra.

El pecado humano ya había alcanzado un apogeo terrible en aquellos tiempos. Tarde o temprano sus resultados hubieran barrido a la raza humana de la Tierra. Mediante el Diluvio, Dios sólo aceleró el resultado inevitable de las malas obras de los hombres evitando aún más muerte y destrucción. En medio de una corrupción y una violencia universales, un hombre destacó siendo precioso a los ojos de Dios. Su nombre significaba Descanso; era justo con sus contemporáneos y «sin culpa» delante de Dios; se nos dice que caminaba en comunión con Dios; Su oído era agudo escuchando, y su brazo hábil cumpliendo la voluntad divina. «Por la fe Noé…» Véase Heb.11:7. Tal es el individuo a quien Dios revela Sus secretos y con quien establece sus pactos. Viviendo como Noé, cruzaremos el diluvio de la muerte hasta llegar a la vida de la resurrección, 2Pe.2:5. Viviendo por fe no sólo seremos salvos, también seremos salvos con otros.