Hoy pedimos al Señor que la proclamación del Reino de Dios y la sanación integral que conlleva no se aparten nunca de nosotros. Que nuestro paso por la vida no deje a nadie indiferente. Que sea causa de perplejidad y confusión en aquellos que están lejos del Reino de los Cielos, pero al mismo tiempo, despierten el apetito salvífico que hemos recibido en la muerte y resurrección de nuestro Salvador.
Al mismo tiempo, seguimos implorando al Señor que se dé a conocer personalmente a cada uno de nosotros aumentando así nuestra fe, mientras despierta la humildad característica de los ciudadanos de su Reino, y adormece el orgullo y la ambición propias de este mundo.
Finalmente, le pedimos que el amor y la misericordia den fruto en nuestros labios, aún con aquellos que nos rechazan y desprecian abiertamente. Por otro lado, le rogamos que el alto coste que conlleva su Reino no nos deje nunca rezagados.