Hoy pedimos al Señor que mueva nuestros corazones a compasión por aquellos que se dedican a la obra de Dios. Que el resultado de la labor de Dios a través de sus manos nos sirva de acicate para ser partícipes de su trabajo y su esperanza mediante nuestro apoyo. Pues no olvidamos, que la responsabilidad de predicar el Evangelio es siempre compartida por todos sus hijos.
Pedimos, por lo tanto, empatía y compasión por las almas. Que sepamos construir puentes por los cuales la salvación llegue a aquellos que se pierden. Que nuestras obras sean coherentes con las Buenas Nuevas del Evangelio.
Corriendo, entonces, todos los hijos de Dios una misma carrera, rogamos al Señor fortaleza y disciplina para aguantar el ritmo hasta el final. Porque todo esfuerzo y sacrificio hecho en su nombre no quedará sin su recompensa aquí ahora y en la eternidad.