Dios separa la tierra de las aguas, y las hace fructificar (Génesis 1:6-13)

En este momento, estando toda la tierra inundada, y cubierta, probablemente, por una espesa capa de nubes, Dios empieza a dar forma al mundo que hoy habitamos. En primer lugar, crea un espacio donde pueda darse la vida. Probablemente es ahora cuando se crea la atmósfera, tal como la entendemos hoy, que permitirá la vida en la Tierra.
En la primera separación, parte de las aguas, probablemente en forma de nubes, pasaron a las capas más altas de la atmósfera creando un sistema climático muy parecido al que hoy disfrutamos en la Tierra. Esto fue el segundo día. Y vio Dios que era bueno.
En la segunda separación de las aguas, Dios separa la tierra del mar, haciendo emerger la tierra seca donde crecerán plantas, hierbas y árboles. Cada uno según su especie, cada uno según su semilla y su fruto. Esto fue el tercer día. Y vio Dios que era bueno.
El agua juega un papel crucial en la literatura del antiguo Oriente Medio. En Egipto, por ejemplo, el dios creador Ptah usa las aguas preexistentes (personificadas en el dios Nun) para crear el universo. Lo mismo ocurre con la literatura mesopotámica con los dioses del caos de las aguas (Pasa, Tiamat, y Mummu) de los cuales procede la creación. El relato bíblico de la creación contrasta con este oscuro politeísmo mitológico. En el relato bíblico, el agua de la creación no es una deidad; es tan solo parte de la obra creadora de Dios, y es utilizada como materia prima en las manos del único Dios Creador y soberano. Tal y como la luz se separó de las tinieblas, así también las aguas se separaron para formar una nueva extensión (vv. 6–7), que Dios llama Cielo (v. 8). De esta forma se constituyó lo que los seres humanos vemos por encima nuestro, es decir, la región que contiene tanto las luces celestes (vv. 14–17) como las aves (v. 20).
En los versículos del 9 al 13, dos regiones más son formadas por Dios: la tierra seca que constituye la Tierra y las aguas que forman los Mares (vv. 9–10). Estos serán los dos últimos objetos que Dios nombra específicamente. Acto seguido, Dios da instrucciones a la tierra para que produzca vegetación (vv. 11–12). Si bien la creación de la flora puede parecer fuera de lugar el tercer día, en realidad anticipa lo que Dios dirá más tarde en vv. 29–30 sobre la obtención de alimentos tanto para la humanidad como para las otras criaturas. La creación de lugares específicos los días primero y tercero, juntamente con la creación de la vegetación, dispone de todo lo necesario para la obra que Dios ordenará los días cuarto y sexto.
Al acercarnos a la majestad de la Creación, lo primero que debemos hacer es humillarnos ante la grandeza y la magnificencia del Universo. Desde nuestra posición tan insignificante debemos admitir que se no alcanzamos a comprender, en buena medida, la labor creadora de Dios.
El salmista no alcanzaba a vislumbrar la inmensidad de la obra de Dios en el firmamento, pero si entendía, al contemplarlo, el poder y el amor de Dios que lo sobrepasan. Pocas cosas transforman tanto la cosmovisión de la vida como creer que Dios creó la Tierra con su poder, y que lo mantiene y lo sostiene con su sabiduría.
No hay mayor falacia, o embuste que la de tragarse que este mundo tan extraordinario en el que vivimos ha sido surgido de la nada y se ha formado por casualidad. Ni las civilizaciones más primitivas y atrasadas han podido concebir semejante despropósito. Sin duda, no hay fe más irracional que la de asumir que el mundo en el que vivimos fue creado del mero azar. Es de todo sentido común pensar que existe un Dios que creó y sostiene los cielos y la tierra. La ciencia no puede contradecir este hecho, más bien lo demuestra. Todo descubrimiento científico revela que detrás de la naturaleza y el universo hay un Creador inteligente que permite que comprendamos su fenomenal obra.
Toda la Creación es llamada a alabar y adorar a Dios. Lo escuchamos a lo largo de toda la Escritura. No sólo los hombres o los animales, también los árboles, los cielos, la tierra y el mar deben hacerlo y lo hacen.
Hay una sabiduría, nos dice Proverbios, que orquestó todo el complejo proceso de la Creación. Esta misma sabiduría, además, es la que nos puede dirigir a lo largo de todo el recorrido de nuestra vida. Cuando seguimos los preceptos de la Escritura, estamos siguiendo las instrucciones de aquel que diseñó y creó, los Cielos y la Tierra y todos los que habitan ella. En definitiva, es la sabiduría que hace posible la vida.
Dios mantiene el delicado equilibrio de nuestro ecosistema para que podamos vivir en ella. Él ha puesto límite al mar, y a las nubes. En las Escrituras, a menudo, se menciona que Dios es el que separa la tierra y el mar para que la vida sea posible. Porque la tierra surgió de las aguas y fue formada por el poder de la Palabra de Dios. Ello, debería hacernos ver su gran misericordia, así como hacernos temblar en temor reverente. Porque, Él también es el que hace crecer toda planta y toda hierba para que nos alimentemos nosotros y los animales. Lamentablemente, seguimos ciegos delante de la mano del Dios que dirige y sostiene la vida en nuestro único, bello y singular planeta.