5. Nuestra adoración debería ser como el sonido de aquellas trompetas hechas con cuerno de carnero: Firmes y constantes. Y en ellas Cristo debería ser nuestra voz, nuestra sabiduría y nuestro poder por el Espíritu Santo.
Nuestra adoración y nuestra alabanza deben resultar acordes con lo que hemos escuchado en la Palabra de Dios. No veremos milagros, no veremos conversiones, no caerán todos los muros de Jericó que tenemos por delante si no adoramos y alabamos a nuestro Dios conforme a quien es y conforme a sus obras. Solo entonces las murallas caerán y podremos avanzar hacia adelante con seguridad, firmeza y decisión.
Pero cuidado, no es nuestra adoración la que realizará las proezas, será el Señor. La Adoración solo reconoce que “El Señor ya nos ha dado la Ciudad”. Fue por la “fe” del Pueblo de Dios, tal y como nos dice Hebreos 11:30 que los muros de la ciudad cayeron. La Septuaginta traduce el texto: “Los muros de la ciudad caerán de mutuo acuerdo”. El texto indica entonces que no quedó piedra sobre piedra y que la entrada a la Ciudad se podía hacer desde cualquier dirección.
Me acuerdo de estas cosas y derramo mi alma dentro de mí;
de cómo iba yo con la multitud y la guiaba hasta la casa de Dios,
con voz de alegría y de acción de gracias, con la muchedumbre en fiesta. Salmos 42:4 (LBLA)