Adán y Eva quebrantan el mandato divino y caen en el pecado y la miseria
Sermón dado el 06/06/21 por Carlos Serra (jr)

Pero el hombre se hallaba en un estado de “perfección en progreso”. Había cierta soledad en Él. Adán era perfecto, pero había una cadencia pendiente de suplir. La balanza era perfecta, sólo faltaba equilibrarla.
Vemos que ahora mismo, en la Creación, hay una unidad, una harmoniosa coexistencia entre hombres y animales. Todos fuimos creados de la tierra, ello explica que compartamos tanta información genética. Toda la similitud que existe entre nosotros y el reino animal no hace más que proclamar que todos tenemos un mismo Creador.
La intención de Dios desde el principio es crear una sociedad jerarquizada de hombres, animales y plantas. Donde el hombre, teniendo la preeminencia, se le asigna un rol muy especial sobre todos ellos. Él debe administrar y cuidar los seres vivos que Dios ha creado. Destacan en estos versículos la estrecha relación entre el hombre y el reino animal. Adán tendrá una labor de Señorío, pero a su vez de estrecha colaboración, incluso de guía sobre los animales. Una vez más, Adán ejercita su rol como representante de Dios entre ellos. Porque la gran diferencia entre ellos y nosotros es que como seres humanos, estamos hechos a imagen de Dios, creador de los Cielos y la Tierra.
Así que Adán, con cierta lógica, empieza a añorar algo de compañía. Adán necesita alguien como él para poder seguir adelante, desea recomponer el equilibrio de la balanza de su vida. Su relación con Dios le llena, su relación con el reino vegetal y animal también, pero Adán desea otro tipo de plenitud. No es que su vida no sea ya una vida completa. Es que es necesario un nuevo estadio en su vida en que Dios de una nueva forma a su existencia. Por eso Dios no añade nada nuevo, simplemente lo hace dormir, toma una de sus costillas, y de ella forma la mujer. Literalmente, una extensión de Adán.
Así que, Dios pone de manifiesto que el hombre es un ser social. Necesita tener relación con sus semejantes, y en especial, una relación estrecha, familiar. Así que, primeramente, queda claro que no es bueno que el hombre esté sólo. Eso no significa que todo hombre o toda mujer estén llamados al matrimonio. Existen muchos tipos de sana relación que suplirán la necesidad de contacto humano aparte de la familia, como; La amistad, y en especial la comunión cristiana. La longevidad del hombre y la duración de su edad fértil proveen al hombre de una cobertura familiar que suele durar más de media vida. Pero lo habitual, al menos hasta ahora, lo normal es que el hombre abandone su familia (padre y madre) y se una a su costilla perdida.
La soledad no es buena. En ese sentido, todo hombre y toda mujer tienen esa necesidad tan vital, y tan legítima como la del calor humano. Sí alguna vez alguien se queda sin esa buena cobertura familiar, será bueno que, como iglesia, y como pueblo de Dios tratemos de dar cobijo a estas personas.
La mujer fue creada a causa del hombre, y esto le otorga al hombre cierta autoridad (no confundir con autoritarismo). Es una autoridad subordinada totalmente a Dios y que implica, en el mismo grado, un sacrificio de amor que “supera” totalmente cualquier galón otorgado.
Por otro lado, también deducimos del texto que el hombre tiene una dependencia de la mujer que no tiene ella. Precisamente, debido a esa “desventaja” frente a la mujer, debería cuidarla como la parte de su ser más preciada.
Así pues, nos encontramos por un lado con Adán y Eva que son una unidad, y que de esta unidad saldrá la humanidad entera. Ello implica que en el fondo todos los seres humanos pertenecemos a una sola familia. Todos, en realidad somos hijos de “carne de mi carne, y huesos de mis huesos”.
RESUMEN
Nos hallamos pues ante la institución del matrimonio, y por lo tanto de la familia. Pilar de toda sociedad. En el texto, se hacen notorios los siguientes aspectos:
La unión entre el hombre y la mujer es mutua e indisoluble. Los dos pasan a ser un solo cuerpo. Ambos deben cuidarse y respetarse trazando un nuevo camino común.
No fue un descuido de Dios poner el árbol de la ciencia del bien y del mal en el huerto del Edén justamente al lado del árbol de la vida. Dios ordena directa y expresamente a Adán que, pudiendo tomar del fruto de todos los árboles del huerto, bajo ningún concepto coma del fruto de este enigmático árbol.
No sabemos, a ciencia cierta, el motivo por el cual estaban los dos árboles más importantes y disímiles del jardín juntos. Uno daba vida, el otro acarreaba la muerte. Quizá no sólo era una manera de probar, sino también de ejercitar la lealtad de Adán a su Creador.
A diferencia del resto de seres vivos, Adán fue creado a imagen y semejanza de Dios. Ello le atribuía unas cualidades morales que compartía con Él. Era el modo en que Adán ejercitaba su capacidad de escoger entre el fruto que da vida, y el fruto que da muerte teniendo únicamente como criterio la Palabra de Dios.
Así que por fe Adán recibió la llamada disfrutar de todos los árboles del Paraíso excepto uno. Curiosamente, el mandato divino no se limita a prohibir el fruto de un árbol, sino que, de hecho y en contraposición, abre la puerta a disfrutar de todos los demás con toda libertad.
Ello nos lleva a considerar que todo lo que Dios nos ha dado es para disfrutarlo, para nuestro bien y forma parte del ámbito de la libertad que nos ha sido otorgada. Sin límites no hay libertad. Los términos de Dios evitan que seamos arrastrados sin remedio al lagar del sufrimiento y la esclavitud que conlleva el pecado.
Curiosamente, la tentación que ofrecía aquel apetecible fruto era algo tan razonablemente bueno como la adquisición de más conocimiento del que ya había recibido de parte de Dios.
Hasta ahora, Adán el primer hombre, sólo podía escoger entre un universo de posibilidades de hacer lo moralmente bueno y agradable a los ojos de Dios, aunque existía una posibilidad de errar y adentrarse en un mundo desconocido. Tan solo tenía que adquirir un nuevo conocimiento que le había estado expresamente vedado. El propósito de la prohibición no era otro que apuntalar y certificar una fidelidad recíproca con su Creador.
Sí, hay conocimiento que como seres humanos no podemos sobrellevar, que no nos pertenece, que nos supera, nos domina, nos esclaviza y termina matándonos.
Algo que también aprendemos de estos versículos es que en ningún momento de la historia “no ha habido límites”. Incluso cuando no había pecado en el mundo, Dios puso límites al hombre que no debía traspasar bajo ningún concepto. Por lo tanto, nuestra libertad siempre ha estado acotada, y siempre ha habido señales de “peligro de muerte”. Mucho más ahora, que el pecado ya forma parte de nuestras vidas.
Comer del árbol de la ciencia del bien y del mal activaría lo que hoy conocemos como “la conciencia”. Seguro que Adán tenía conciencia, pero esta nunca había sido mala. Después de la caída, esa conciencia se convertiría en un yugo de por vida. Desde bien joven someterá al hombre hasta la tumba. Lo avergonzará constantemente. Y hará que el miedo sea su sombra día y noche. Provocará un conflicto en su interior que amargará toda relación. La conciencia será la alarma que anunciará la presencia del pecado en cada uno de nosotros.
Ya desde el principio, el estado del medio ambiente y la actividad del hombre están estrechamente relacionadas. La mayordomía de Adán afectará directamente la Creación de Dios. Vemos la importancia de esta afectación cuando, más adelante, la tierra será maldita a causa del pecado de Adán.
La trayectoria hacia la muerte que nos habla el apóstol Santiago aún era desconocida para Adán. El deseo pecaminoso aún era algo inédito, el pecado que engendra ese deseo no infectaba corazón alguno, y el resultado final de esta lacra: “La muerte”, aún no segaba vida alguna.
SUMARIO
Finalmente vemos como Dios pone al hombre por encima de todas las cosas que Él ha creado. Todo estará sujeto a Adán, siempre y cuando él esté sujeto a Dios. Así que, podemos afirmar que el árbol del conocimiento del bien y del mal es el indicador (“token”) de esa sujeción del hombre a Dios. Entendemos pues que todo acto de obediencia a Dios es un acto de reconocimiento de su soberanía sobre nuestras vidas. Por otro lado, cada vez que nos apartamos del mal estamos realizando un acto de sumisión y adoración a Dios.
La vida tal y como la concibió Dios antes de la Caída no tiene nada que ver con la que nosotros experimentamos, aquella felicidad es todo un misterio para nosotros: En aquella época Adán y Eva respetaban sus cuerpos, sus almas, tenían plena capacidad para juzgar con rectitud, y gobernar cabalmente sus sentimientos. Realmente, la vida llenaba todo su ser.
Su cuerpo era perfecto, no conocía la enfermedad ni la muerte. Era totalmente libre de esta losa que pesa sobre nosotros desde el mismo momento en que nacemos. Porque Adán no conocía esa alienación de Dios que sufrimos nosotros. Ciertamente, la humanidad arrastra todas sus miserias a causa de la introducción de la muerte. El habernos apartado de la fuente de la vida y habernos rebelado contra Dios ha traído consecuencias funestas a nuestra condición. Cuando el hombre abandona la vida, entra irremediablemente en la muerte hasta que esta le consume. Según las Escrituras, nacer implica empezar a morir. Porque ese es el resultado de nuestra existencia. La consecuencia de vivir constantemente bajo la tiranía del pecado, y de la serpiente. Todo esto hasta la puesta en escena de una insospechada Gracia que traerá el remedio a tanta calamidad.
El hombre es puesto en escena (15).
Dios crea a todo ser humano en un lugar en concreto de la Tierra, en un entorno natural, social, y cultural en particular. Lo crea con un propósito, y le provee de todo lo necesario para cumplirlo. En el caso de Adán, también fue voluntad de Dios situarlo en un lugar geográfico determinado, y asignarle unas labores específicas,
Pero el propósito de la creación del hombre no se limita a las funciones que le han sido asignadas. Adán sabe que su existencia está estrechamente ligada a una relación muy especial con su Creador. Ambos comparten un mismo entusiasmo e interés por una creación que van a tener que administrar, trabajar, y disfrutar juntos.
La Creación del hombre es singular. El texto denota una proximidad y una implicación por parte de Dios sin parangón en su obra creadora. Y es que Dios ha puesto su imagen y semejanza en Adán. Su deseo es, realmente, que el hombre ejerza de representante de su misma persona y para ello es imprescindible una estrecha relación entre ambos.
El Paraíso del Edén, paradójicamente, no es ese lugar donde pensamos que no se trabaja nunca. Erróneamente, pensamos que el paradigma paradisiaco es un lugar de descanso y desidia a tutiplén. Nada más lejos de la realidad. No sabemos qué labores en concreto fueron encomendadas a Adán, pero sí sabemos para quien trabajaba.
El trabajo nos honra cuando lo entendemos como un servicio al Dios que creó los Cielos y la Tierra.
Sin embargo, no cabe duda de que aquel trabajo era en algo bien distinto a cualquier labor conocida hoy por nosotros. En aquel momento originario de la Creación el pecado no existía, y por lo tanto tampoco acarreaba la maldición que conlleva. Aquella labor, sin duda, contribuía a la realización personal, era placentero, no era estresante, y era ajeno a toda aflicción, o cualquier otra forma de desgaste.
Entendemos pues del texto, que es voluntad de Dios que contribuyamos y formemos parte de nuestra cultura aportando nuestras habilidades y buen hacer huyendo de todo reposo indolente. No hay nada más opuesto al orden natural que entender la vida como algo a consumir mientras esta nos consume a nosotros. La vida es mucho más que el alimento y el vestido tal y como nos recuerda Jesús
En definitiva, Dios hace responsable a Adán del huerto del Edén. Esto significa que Dios nos ha encomendado a todos la custodia de algo en la vida, por lo tanto, debe ser nuestro compromiso cultivarlo y cuidarlo, sea lo que sea. Porque el hecho que sea para nuestro disfrute, no nos exime también de nuestra responsabilidad.
Por último, debemos entender que nada de lo que nos ha sido confiado es realmente nuestro. Sólo somos mayordomos de todo aquello que nos ha sido entregado. Y, por lo tanto, de todo tendremos que rendir cuentas en algún momento. Entender esto será un buen remedio para mantenernos alejados de toda ostentación, disolución, abuso o corrupción.
El Cultivo del Jardín del Edén (8-14)
Dios sitúa al hombre en una parte exquisita de su creación. Concretamente hacia el Este, en el Jardín del Edén. Allí Dios crea un entorno idílico en el que hace crecer todo tipo de árboles y vegetación para deleite de los sentidos. En especial Dios tiene cura de crear árboles y plantas que provean de sabrosos y nutritivos alimentos.
Pero, entre todos aquellos árboles había dos muy especiales. Uno era el árbol de la vida. Desconocemos cómo era, o qué propiedades tenía aquel árbol. Pero lo cierto es que proporcionaba todo lo necesario para una vida plena y sin final. Adán no sólo prolongaba su existencia a través del tiempo, también disfrutaba de una vida plena en comunión con Dios con la ayuda de aquel fruto.
Sin embargo, cada vez que Adán se acercaba a comer del árbol de la vida tenía, forzosamente, que cruzarse con otro que certificaba, precisamente, su aptitud para comer de tan preciado árbol: Este otro árbol era llamado del conocimiento del bien y del mal. Paradójicamente, obedecer a Dios privándose de ese fruto le capacitaba para seguir comiendo del otro.
En este pasaje vuelve a aparecer el elemento del agua. Esta vez, para decirnos que el Edén era fuente de cuatro ríos que regaban toda esta tierra paradisiaca. Un agua de vida, y un árbol de la vida sustentan toda esta maravilla natural. Resulta difícil no escuchar los ecos lejanos de Jesús y la Cruz. O de la Jerusalén Celestial de Apocalipsis con su árbol y río de agua de vida.
A juzgar por los datos que ofrece el texto, el Edén quedaría ubicado en territorio de la actual nación de Irak. Situado justo donde nacen el Tigris y el Éufrates, que aún conservan el nombre después de tantos años. Curiosamente, el Edén queda localizado, más o menos, justo en medio de cuatro mares: El Mar Negro, el Mar Caspio, el Mar mediterráneo, y el Mar de Omán. El oro y el ónice mencionados no sólo indican la riqueza de toda aquella tierra, también aluden al Tabernáculo del Éxodo, pues serán materiales necesarios para su construcción. Los nombres de los territorios pertenecen a pueblos descendientes de los primeros pobladores de la Tierra.
7. Cuando el Señor habla, siempre lo hace con un propósito. Dicho de otra manera, siempre espera una respuesta de nuestra parte. Él habla, nos pide, y nosotros respondemos obedeciendo. Entonces, quizá, deberíamos examinarnos a nosotros mismos, porque es posible que la Palabra de Dios no sea respuesta adecuadamente.
El Señor nunca nos va a pedir nada sin antes habernos preparado. Y nunca nos va a encomendar nada que no seamos capaces de hacer. Conforme a nuestra preparación, nuestra madurez, nuestros dones, capacidades, y fortaleza, así nos pide Dios. Es por ello que el Señor suele preferir tomarse su tiempo mientras nos forma, Él no tiene nuestras prisas, y podemos dar por seguro que no nos dejará hasta que nos hayamos aprendido la lección.
Pero aun así, en cualquier empresa que llevemos a cabo en Su obra, de nada sirve la mejor preparación, si el Señor no nos acompaña. Si no vivimos postrados delante de su presencia en una actitud constante de adoración y búsqueda de su voluntad.
Es una gran responsabilidad la que tenemos los que ministramos la Palabra de Dios. Y a menudo caemos en el error de enredarnos en cuestiones y polémicas infructuosas que no llevan a ningún lado, más allá de la queja y la discordia, mientras dejamos desatendido al Pueblo que espera órdenes para actuar.
Nunca menospreciemos los mandamientos de la Palabra de Dios. Aunque algunos sean difíciles de entender, como pueda ser el rodear una ciudad durante seis días. No lo dudemos, si Él lo ha mandado, seguro merece la pena hacerlo, de hecho no existe otra posibilidad de conseguir la verdadera victoria. Alentémonos sabiendo que llegará el día en que Dios nos mostrará los frutos de nuestra vida. No seamos perezosos. No hay privilegio más grande que el servicio a los pies de aquel que dio su vida por nosotros y está sentado a la diestra de Dios. Cuánto más bien hagamos a los demás, mayor será la bendición cosechada y compartida con los que nos rodean.
No temamos. No olvidemos nunca que la Presencia de Dios nunca abandona a sus valientes hombres de “guerra”. Él sabe que la batalla es dura, las pruebas difíciles, y los peligros muchos. No caigamos en el error de confiar en nuestras propias fuerzas, ni tengamos en alta estima nuestra propia opinión. Es la presencia de Dios lo primero y lo único que necesitamos para la lucha diaria.
Por último diremos que la posición de los guerreros con respecto al arca era una posición de guarda real. Imitemos aquellos soldados en su pleitesía y su actitud de adoración. Ello siempre conlleva temerle y respetar Su santa Palabra.
Entonces dijo el SEÑOR a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que se pongan en marcha.
(Éxo 14:15)
Josué 6:2. Es bueno escuchar, y escuchar distintas voces, pero lo que de verdad nos interesa es lo que Dios nos está diciendo. Porque sus palabras tienen más valor lo que digan o lo que piensen los hombres, incluidos nosotros mismos.
Para Dios no somos un mero número, un individuo más en la muchedumbre. Tenemos un nombre y el Señor lo conoce. Su relación con nosotros solo puede ser personal. Igual que para Dios 1000 años son como 1 día, y 1 día es como 1000 años. Toda la humanidad tiene el valor de un hombre, y un hombre el valor de toda la humanidad.
Nuestra es la batalla que el Señor nos encomienda, pero solo suya es la victoria. En la vida, solo aquello que procede de Él puede considerarse verdaderamente un logro o una bendición. Y es que, en última instancia, todo le pertenece, sea bueno o malo, no hay nada ni nadie que pueda, o haya podido, resistir el poder de su Palabra. No hay nombre más alto ni poderoso que el suyo. Este mundo con todos sus bienes, con todos sus poderes económicos, políticos o militares nada tiene que hacer cuando se enfrenta al Dios todopoderoso. “Yo he entregado”, ha dicho Dios en pretérito profético. Esto significa que habla en pasado de algo que aún tiene que ocurrir, por lo tanto, ocurrirá con toda certeza.
Dios podría manifestar su poder por sí mismo, pero Él ha querido manifestarlo a través de su pueblo. Él quiere realizar proezas, en y por nosotros, para que hombres incrédulos le conozcan y le teman.
Lamentablemente solemos acobardarnos ante los grandes retos, las grandes pruebas o las muchas dificultades que conlleva la vida. Pero eso no es del todo malo si somos capaces de poner nuestra flaqueza y temor en Sus manos. Porque es cuando nos sentimos indefensos y débiles cuando debemos confiar, tener fe, y esforzarnos para cobrar valentía en los poderosos brazos de su Gracia.
No lo dudemos más, si Dios nos ha dado Jericó, este será verdaderamente nuestro. Pase lo que pase, el Reino de los Cielos es nuestro, porque es el Señor quien nos lo ha entregado.
LA CONQUISTA DE JERICÓ
Nos encontramos ante los albores de la conquista de Canaán. Y para empezar nos topamos nada más y nada menos que con la gran ciudad de Jericó, famosa por sus inexpugnables murallas.
En los primeros veinte versículos Josué dirige a los israelitas rodeando la ciudad de Jericó, siguiendo el arca del pacto, y al séptimo día, los sacerdotes hacen sonar fuertemente sus trompetas haciendo caer sus murallas.
1. Si la gran ciudad de Jericó se hallaba cerrada “a cal y canto” a causa de los hijos de Israel; no podemos esperar tampoco nosotros que “nuestras grandes ciudades” abran igualmente sus puertas de par en par y nos dejen entrar.
La causa, nos dice el texto, eran “los hijos de Israel”. Hoy nosotros no somos aquellos “hijos” de Israel, tampoco lo somos de sangre, pero sí de adopción. Y aún más que esto, somos “hijos de Dios” redimidos por la sangre el Hijo de Dios, Jesucristo, derramó en la cruz. Así que por pura gracia, no por mérito nuestro, ni por decisión humana, sino única y exclusivamente por voluntad divina representamos una “amenaza” aun mayor a nuestra sociedad.
Se nos dice que de la ciudad nadie entraba ni salía. El hermetismo era absoluto. Nada hay más fútil que tratar de entablar amistad con este mundo que nos rechaza por ser quienes somos. Igual que las tinieblas y la luz no pueden coexistir, tampoco podemos mezclarnos con ellos sin perder nuestra identidad. Los poderes religiosos, filosóficos, económicos y políticos de este mundo nada quieren tener con el verdadero pueblo de Dios, aquel que pertenece al Reino de los Cielos. El mundo, no quiere recibir nuestra influencia, y mucho menos “colaborar” con nosotros. Pero es nuestra obligación, y nuestra responsabilidad vivir entre ellos siendo la sal que preserva la vida y la luz que trae esperanza a todo corazón.
Amamos profundamente a las personas que viven entre nosotros, pero rechazamos todo el poder, toda la grandeza, arrogancia y sabiduría que conduce este mundo. Debemos ser la prueba de que si el Señor no edifica la casa, tarde o temprano, esta caerá. Nuestro mundo alardea de poder vivir sin Dios, pero tarde o temprano la voz de Dios se oirá, y entonces las murallas en las que se escudan caerán.
Jericó. La Ciudad de Jericó es la más antigua que se conoce. Su asentamiento se calcula que fue, nada más y nada menos, que 9000 años antes de Cristo. Hay también indicios de que fue la primera ciudad de Canaán. Se cree también que en ella había un gran templo donde se adoraba la luna. Parece ser que el nombre de la ciudad significa “ciudad de la luna”. Así que no nos encontramos solo ante la destrucción de una ciudad, sino también ante la destrucción de su religión.