Noé confinado en el Arca (Génesis 7:13-16).

Así que, llegado el día. Noé y su familia entraron en el Arca. Porque tras un buen testimonio, la Salvación también acaba llegando aquellos que nos son más allegados. El pacto que Dios hizo, lo hizo con Noé, pero Dios no nos ve simplemente como individuos, sino como parte intrínseca de una familia.

Pero, el interés de Dios no sólo es preservar a Noé y su parentela más cercana. También toda la fauna que Él mismo ha creado. Salvando las distancias con el hombre. Dios ama profundamente su creación. Especialmente, los animales. No cabe duda de que Dios ayudó a Noé en tan monumental tarea de recolección y clasificación de animales de cada especie. Del mismo modo, el Señor no ha dejado solos a los creyentes. Él ha dispuesto de fuerzas angelicales que nos sirven y ministran siempre según su voluntad (no la nuestra).

En parejas fueron entrando. De ambos sexos, tal y como el Señor había ordenado previamente, disponiendo de todo lo necesario para un nuevo comienzo en que vuelvan otra vez a reproducirse y a llenar la Tierra. La heterosexualidad es totalmente necesaria para preservar la vida en la mayoría de los animales. Huelga decir que lo mismo ocurre con los hombres y las mujeres.

Un animal no es cualquier cosa, es un ser vivo en el que Dios ha puesto aliento de vida. El orden natural jerárquico vuelve a repetirse. Dios manda al hombre, el hombre obedece y ejerce su autoridad sobre la creación, en este caso sobre los animales. Esto queda plasmado en el orden en que entran en el Arca. Primero los animales, luego Noé, y finalmente Dios cerrando la puerta.

Dios es quien abre la puerta de la salvación, pero también es él el que la cierra. Él es el principio y el final de todas las cosas. Así que vano trabajo es buscar la salvación en otro que no sea el Señor del universo. Noé fue salvo, de principio a fin, por aquel que lo creó, y lo llamó. Noé, por fe, sólo siguió los pasos que le fue indicando el Salvador. Porque, como nos irá recordando la Escritura a lo largo de toda la historia. La Salvación pertenece Jehová.

Noé, su familia, y las criaturas vivientes entran en el arca, y el diluvio comienza (Génesis 7:1-12).

Ciertamente, nada es tan importante en la vida como lo que Dios opina de nosotros. Sin duda, Noé tenía sus debilidades, y habría cometido sus errores a lo largo de una vida tan dilatada, sin embargo, el texto afirma que era justo delante de Dios. Era así porque confiaba en aquel que le podía perdonar. Conocía el significado del arrepentimiento y los sacrificios. Buscar su voluntad era una prioridad en su vida. En definitiva, Noé amaba a Dios. Nunca agradaremos a Dios por nuestras obras, porque pesándolas en la balanza son menos que nada. Sin embargo, el Señor nunca rechazará un corazón que le ama con todas sus fuerzas, aunque estas, a veces, fallen o flaqueen.

Dios tiene su propio calendario, y su propia agenda. Y cumple lo que promete. Al igual que en tiempos de Noé, el Señor vendrá sin avisar, pero a tiempo.

El juicio de Dios acontecerá, como en tiempos de Noé. Y, aunque los hombres traten de refugiarse en muchas partes y de muchas maneras, no habrá escapatoria. Si en aquellos tiempos el Arca fue la única salvación, de la misma manera hoy, sólo la Cruz nos puede rescatar.

Las palabras de Jesús en los Evangelios aportan luz a los tiempos previos al diluvio. Se nos dice que, en aquel entonces, a nadie le pasaba por la cabeza que algo como el Diluvio pudiera acontecer. De hecho, se nos dice que en aquellos momentos previos a la gran tormenta la gente gozaba de prosperidad y tranquilidad. La vida transcurría en medio de fiestas nupciales en las que la gente disfrutaba con indulgencia divirtiéndose, comiendo y bebiendo. Desde luego, vivían totalmente ajenos a lo que estaba a punto de ocurrir.

En la provisión del Arca subyace la idea de un nuevo comienzo, de una nueva Creación. Dios provee, y da a conocer que el juicio comenzará, pero también acabará.

Si bien el juicio fue repentino, Noé recibió el aviso con 7 días de antelación con el fin de iniciar los preparativos. No es difícil constatar cierto paralelismo con el tiempo de preparación que la Iglesia vive actualmente frente al inminente juicio de Dios.

La justicia de Noé viene de la fe, de la cual era heredero y predicador; por esto era justo «delante» de Dios. Y si lo era delante del Creador de todas las cosas, entonces nadie podía cuestionarlo. Ello demuestra su justificación, no por el cumplimiento de las obras de la ley, sino por la justicia de Cristo; porque por las obras ninguna carne viviente es justificada delante de Dios; así que, aquello que diferenciaba a Noé de la sociedad que lo rodeaba era precisamente su fe. Pues a través de ella somos vivificados, y sin ella somos condenados por la iniquidad que brota de la incredulidad.

La fe y la obediencia de Noé (Génesis 6:22).

La verdadera fe siempre motiva. Dispone nuestro corazón a escuchar la Palabra de Dios con una clara disposición a obedecerla. La fe es el llamado de Dios, nuestras obras son la respuesta. El orden de los factores sí altera el producto, en este caso. No puede ser al revés. Para tener fe primero hay que escuchar. Hay que prestar atención a la Palabra de Dios. Escudriñarla con cuidado, siempre con la ayuda del Espíritu Santo. Pero, una vez hemos sido instruidos debemos actuar según las instrucciones recibidas.

Noé hizo todo conforme a todo lo que el Señor le había mandado, nos dice la carta a los Hebreos en su capítulo 11. Actuó porque creyó tanto sus promesas como sus advertencias. En este texto apreciamos que Dios reconoce, incluso alaba, la fe de Noé. La grandeza de la fe de Noé radica, sin duda, en la absoluta confianza depositada en las palabras del Creador.

Probablemente, el pecado más notorio de la iglesia, así como el más peligroso es aquel que, o bien tergiversa el mandamiento de Dios, o bien le añade algo por encima. Sólo hay un camino, que no debemos dejar ni a derecha, ni a izquierda.  Así pues, debemos evitar tanto eludir el mandamiento como hacer más de lo que se nos ha pedido, como Saúl cuando preservó la vida de los Amalecitas, algo que Dios no había ordenado. El transgresor no tiene excusa cuando peca, pero el que añade al mandamiento de Dios no duda en atribuirse un mérito, y por lo tanto también la gloria.

Es cierto que no siempre coincidimos con Dios en lo que a su voluntad se refiere. A menudo tenemos un concepto demasiado alto de nosotros mismos. O hemos encerrado la voluntad de Dios en determinados estereotipos, como el ministerio público en las iglesias, o quizá el mero activismo religioso. Porque a la razón le encanta deleitarse en todo aquello que le resulta espléndido. Pero, Dios está interesado, básicamente, en fomentar y desarrollar nuestra capacidad de servir y amar. Dios suele mandarnos cosas ordinarias y corrientes, que a veces son desagradables o humillantes, incluso ofensivas ¿Qué pensaríamos si la obediencia al Evangelio nos demandara cosas tan corrientes como que los siervos tienen que obedecer a sus amos o los hijos a sus padres? Pues bien, me temo que es justamente esto lo que se nos está pidiendo.

En lo que se refiere a las personas, se considera sabiduría popular no fijarse tanto en quien habla como en lo que dice, porque como dice el dicho “por la boca muere el pez”. Pero, cuando consideramos los preceptos de Dios y la verdadera obediencia, este axioma debería considerarse a la inversa. No se debe tener en cuenta tanto lo que se nos dice como quien nos lo dice. Un claro ejemplo lo tenemos en Eva. Tuvo más en cuenta lo que se le decía que quien selo decía.

Hay preceptos bíblicos que nos parecen más honrosos que otros. Y suele ocurrir que aquellos que menos valoramos acostumbran a ser los más importantes para Dios. Por ejemplo, ser un buen marido, o una buena esposa, educar sabiamente a los hijos no acostumbran a valorarse entre nosotros, quizá lo damos por sentado, sin embargo, son, a todas luces, asuntos de mucha responsabilidad y gran trascendencia. Por desgracia, incluso hombres de Dios han fracasado en levantar y mantener adecuadamente su familia. Porque para convivir en el matrimonio o educar a tus hijos, también es necesaria la ayuda divina.

Debemos, pues, no caer en el error de dar más valor a aquello que los hombres tienen en gran estima. No preocuparnos tanto por las apariencias. Porque todas las labores son importantes. Especialmente las que no se ven. Todo acto de servicio es importante para el Señor, sobre todo cuando hablamos de tareas que son poco honrosas. No sólo de testimonio público vivirá el hombre.

¿En qué consiste entonces esa falsa piedad de la que tan orgullosos nos sentimos?  En otorgar la preeminencia a ciertas tradiciones de gran vistosidad como pueden ser la visibilidad en los cultos, participar ostentosamente de la mesa, o hacer exhibición del ayuno. Todo esto, siendo bueno, fácilmente puede convertirse en una tapadera para ocultar pecados tan bajos como la codicia, la avaricia, el robo, el odio, la mentira o el adulterio.

Semejante despropósito sólo puede privarnos, a nosotros y a los que están a nuestro alrededor, de las riquezas de una vida verdaderamente piadosa basada en el sacrificio y el amor sincero a Dios y, por ende, a los demás.

Por eso, en cuestiones espirituales es tan importante tener en cuenta quien nos está hablando. De ahí que la Palabra de Dios debe tener la preeminencia, no porque sea más o menos razonable, sino porque sabemos quién es el autor que la ha inspirado.

La grandeza de la obediencia de Noé radica en que no cuestionó las órdenes de Dios, por ser quien era. Sabía que era razonable fiarse de Él. Creyó que obedecerle era realmente la única forma de ser salvo. No dudó de su bondad y sabiduría. No hizo como Adán, Eva o el mismo Saúl, más adelante, que sí cuestionaron las órdenes del Señor. Noé supo ver la majestad divina y rendirse ante ella. No le importó lo que pensaran sus contemporáneos.

Noé advierte del diluvio y del propósito del arca (Génesis 6:12-21)

La corrupción del hombre afecta todo lo que nos envuelve. Porque, no sólo nos corrompemos nosotros, lamentablemente, también corrompemos todo aquello que tocamos. Si había algo que caracterizaba la sociedad de Noé era la corrupción.

Así que, Dios ofrece una salida a Noé. Una única posibilidad de salvarse del juicio y la destrucción que Dios, en su justo juicio, ya había decretado: El Arca. A lo largo de la Escritura deducimos que la inmensa nave evoca, inevitablemente, la Cruz de Cristo, o el Arca de la Alianza.

Esta peculiar nave dispone sólo de una ventana en la parte superior que nos permitirá dirigir la mirada hacia el Cielo. Esta será la única fuente de luz durante los días que dure el diluvio en esta singular travesía de fe.

El Arca no es meramente un medio de transporte. También es un pacto entre Dios y Noé. Entrando en el arca Noé tiene la salvación garantizada. Habrá sitio para Él y para su familia, así como para toda especie animal.

Pero para que esto ocurra Noé deberá seguir escrupulosamente las instrucciones dadas por Dios. El Arca debía ser de madera de ciprés, debía tener una composición específica, y algunas características en particular. Por ejemplo, debía tener compartimentos y estar calafateada por dentro y por fuera. Porque no era un Arca “sobrenatural”, aquel artilugio obedecía las leyes de la física como cualquier otro cuerpo. De ahí lo minucioso que fue el Señor en las instrucciones para construirla. Ahí quedaba por delante la monumental tarea de edificar, hacerse con toda provisión, y granjearse multitud de animales.

Los ojos de Dios recorren la Tierra observando todo lo que ocurre en ella nada de lo que sucede les es indiferente. La corrupción del hombre es un mal endémico. Especialmente entre el Pueblo de Dios, tal y como nos muestran las Escrituras. Es por ello que debemos estar en alerta constante, porque somos tan proclives a la idolatría como el borracho al alcohol. La maldad que anida el corazón del hombre nunca está quieta. Siempre está en desarrollo constante, adaptando nuevas formas, y haciéndose cada vez más contagiosa y familiar. Suele ir siempre acompañada con manifestaciones de violencia. Especialmente contra aquellos que no la practican.

Pero, Dios actúa siempre conforme a su justicia, y conforme a su misericordia, tal y como vemos en este pasaje. Sin embargo, su paciencia es grande, y su palabra antecede siempre su juicio. Hoy, al igual que Noé, la iglesia tiene el ministerio de la reconciliación entre Dios y el hombre ante el juicio que se cierne sobre todos.

El Apóstol Pedro nos da los mejores consejos para los últimos días: El ser prudentes, tener sano juicio, ser moderados, sobrios, discretos, y sobre todo fervientes en la oración, sin olvidarnos de la adoración que merece nuestro Dios.

Este mundo recién creado tiene fecha de caducidad. El fin viene siendo anunciado en las Escrituras por los profetas de Dios desde tiempos inmemoriales. Noé fue el primero. Y si, a pesar del predicador de justicia que fue Noé, Dios destruyó la Tierra, también lo volverá a hacer esta segunda vez, pero ya definitivamente. Por eso, el arrepentimiento tiene hoy más valor que nunca.

Pero, Dios siempre ha permanecido fiel a sus pactos. Igual que lo mantuvo con Abraham, y ahora con Noé, lo hará con nosotros. Y nuestro pacto es mayor que el de ellos, porque es el pacto que se hizo en la cruz. Entre Dios y Jesucristo, y Jesucristo y nosotros. Así que, los que hemos creído, no tenemos que temer todo el juicio que ha de venir sobre la Tierra.

El Señor Jesucristo lleva tiempo preparando un nuevo lugar, dónde no sólo las personas, también los animales y la naturaleza en su conjunto viviremos en paz, sin temor y armonía.

El Diluvio es un acontecimiento histórico. Es recogido por distintos pueblos tan ancestrales como los Caldeos, los griegos o los Romanos. Y encontramos relatos de este en culturas tan lejanas como la mejicana o la peruana.

Nos hallamos ante uno de los primeros grandes pactos de las Escrituras. Por un lado, Noé obedecerá las instrucciones de Dios construyendo el Arca, y entrando en ella, y por el otro Dios los privará de la destrucción venidera sellando la puerta. Finalmente 8 personas fueron las únicas que sobrevivieron al Diluvio. Noé, sus tres hijos sus correspondientes cónyuges.

Dios es omnisciente. Esto significa que nada escapa a su conocimiento. Si hay corrupción Dios la ve, y no le pasa desapercibida. No debemos olvidar que la corrupción siempre tiene un mismo origen: La idolatría, que es la que nos conduce inevitablemente a la carnalidad y a la depravación.

Pero, a Dios tampoco le pasan desapercibidos sus hijos. Aquellos que le buscan y le aman. Por eso Dios no se olvidó de Noé. Pero, para salvar a Noé del inminente juicio sobre toda carne, Noé debía seguir detalladamente las instrucciones de Dios. De esta forma Noé validaría la fe puesta en el Dios Creador de los Cielos y la Tierra.

El Arca es sinónimo de Salvación. No era una nave para trasladarse de un lugar a otro, sino el único lugar donde poder despegarse de este mundo y seguir con vida. Siguiendo las instrucciones que Dios les había dado no les faltaría de nada.

Las dimensiones del arca son suficientes para acoger a todos los que iban a ser salvos y proveerles de todo lo necesario. Tanto para la tripulación como para todos los animales. Podemos afirmar que el Arca es también figura de la Iglesia de Dios. Es Dios quien nos separa del mundo tal y como hizo con el Arca.

Ahora, en la iglesia seguimos las instrucciones dadas por nuestro Señor y Salvador. El Arca de Noé también tenía tres compartimentos, como tenía el Tabernáculo y el Templo.

El Arca sólo tenía una puerta, que bien puede ser figura de Cristo. Porque en ningún otro hay salvación. Porque sólo depositando nuestra fe en Él podemos entrar en la Iglesia. La ventana, por donde entraba la luz, podría ser imagen de la Palabra de Dios, y en especial del Evangelio. La verdad que nos guía y nos hace libres.

El apóstol Pedro afirma que el Bautismo es antitipo del Arca. Así que el Arca es también representación de un entierro, cuando entraron en ella, y emblema de la resurrección de Cristo y la nuestra cuando de ella salieron. El bautismo, obviamente, no salva, pero sí nos dirige a Cristo, el autor de nuestra salvación.

55 Aniversario

Un año más, por la gracia de Dios, este mes de septiembre celebramos nuestro 55 aniversario en el barrio. Para ello tendremos reuniones especiales con predicadores invitados.

TODOS LOS DOMINGOS A LAS 11:00 DE LA MAÑANA, EXCEPTO EL MARTES DÍA 20 A LAS 17:00.

TODOS CORDIALMENTE INVITADOS

Noé halla gracia (Génesis 6:8-11).

Qué bueno es que Dios halle gracia en alguien. No soy un determinista convencido. Creo que Dios se dedica a buscar corazones donde depositar su gracia. Todos tenemos la oportunidad de recogerla y atesorarla alguna vez en la vida. Benditos aquellos que buscan a Dios de todo corazón. Porque lo hallarán y serán hallados por Él.

Se nos dice que Noé era un hombre justo. Así decían de él aquellos que le rodeaban. Noé era un hombre distinto. Vivía piadosamente y nadie podía decir lo contrario. Se nos dice que, comparado con sus contemporáneos, era perfecto ¿Y cuál era su secreto? Como Enoch, andaba con Dios. Y este es sin duda el secreto de la santidad.

Dios había dado descendencia a Noé. Tres hijos de los cuales acabaría descendiendo toda la humanidad.

Aquellos tiempos, como los de hoy, eran difíciles. Se nos dice que la tierra estaba corrompida, y llena de violencia. Señal inequívoca de que la corrupción había llegado a su límite.

Noé es uno de los modelos de fe que nos muestra el libro de Hebreos en su capítulo 11. Sin ver lo que iba a ocurrir, Noé preparó su salvación edificando el Arca. Su fe, le fue contada por justicia. Porque toda su vida giraba en torno al Arca, la única posibilidad de salvarse.

Es indudable que andar con Dios tiene consecuencias muy beneficiosas. Noé o Job son ejemplos que encontramos en las Escrituras. No podían evitar esta bendita influencia. Porque esperaban en su salvación, porque sabían que Él acudiría a rescatarlos en el día de la angustia.

La luz de los justos es como la aurora de la mañana dice proverbios, va avanzando, lentamente, y nada la puede detener. Porque así es la misericordia del Señor. Miqueas nos dice que el justo practica la justicia, ama la misericordia, y anda humildemente.

No hay pequeñas justicias, o pequeñas injusticias. El que es justo en lo pequeño, lo es en lo grande y exactamente lo mismo ocurre con lo injusto.

Por las Escrituras sabemos que la justicia no viene “directamente” de las obras, sino de la fe. Vemos que es una consecuencia inevitable de andar con Dios. Como Noé somos llamados a vivir justa y piadosamente, habiendo sido advertidos de las cosas que han de venir. De esta forma recibimos nuestra herencia en Cristo Jesús y damos testimonio verdadero de Dios. Pedro nos dice que Noé era conocido como un predicador de justicia.

Abraham también fue justo porque andaba delante de Dios. Así es su influencia con todos aquellos que le temen. Vivir delante de su presencia conlleva una actitud de integridad y sinceridad delante de Él. Porque Dios conoce lo más íntimo de nuestro corazón.

El pecado del hombre arrasa con todo. Nos corrompe por dentro y por fuera., afecta incluso al medio ambiente. Por ello, llega un punto en que la vida se hace insostenible. El avance de la corrupción es imparable y con ella, tarde o temprano vendrá la violencia. Los días de Noé se repetirán, y serán señal inequívoca de la venida del Hijo del hombre.

Pero Noé era un hombre distinto a los demás. Él era justo. Andar con Dios, creer aquello que aún no se ve le movió a obedecer construyendo el Arca. No sólo el mal se contagia, el bien también. Su familia, con especial mención de sus hijos, le siguieron en tal “disparatada” empresa.

La violencia es especialmente aborrecida por Dios. Se equivocan aquellos que tardan poco en justificarla. La gran esperanza del Reino de Dios es el fin de la violencia y toda la destrucción que acarrea. Los llamados al derecho y a la justicia son constantes en la Escritura. Se prohíbe cualquier tipo de violencia al extranjero, ello incluye su explotación. Es a su Pueblo a quien responsabiliza de las necesidades de los parias de la sociedad: El huérfano, la viuda, y el inmigrante.

La violencia suele ser también el desencadenante de la ira divina. Es la gota que colma el vaso de la paciencia de Dios. El poder económico y el afán por enriquecerse, la avaricia, suele envalentonar a las naciones para acudir a la guerra.

El pecado humano ya había alcanzado un apogeo terrible en aquellos tiempos. Tarde o temprano sus resultados hubieran barrido a la raza humana de la Tierra. Mediante el Diluvio, Dios sólo aceleró el resultado inevitable de las malas obras de los hombres evitando aún más muerte y destrucción. En medio de una corrupción y una violencia universales, un hombre destacó siendo precioso a los ojos de Dios. Su nombre significaba Descanso; era justo con sus contemporáneos y «sin culpa» delante de Dios; se nos dice que caminaba en comunión con Dios; Su oído era agudo escuchando, y su brazo hábil cumpliendo la voluntad divina. «Por la fe Noé…» Véase Heb.11:7. Tal es el individuo a quien Dios revela Sus secretos y con quien establece sus pactos. Viviendo como Noé, cruzaremos el diluvio de la muerte hasta llegar a la vida de la resurrección, 2Pe.2:5. Viviendo por fe no sólo seremos salvos, también seremos salvos con otros.

La maldad del mundo que provocó la ira de Dios (Génesis 6:1-7) .

Vemos que los seres humanos comienzan a extenderse sobre la faz de la de la tierra. Parece, también, que la humanidad se divide en dos grandes grupos, los Cainitas, idólatras por antonomasia, y los descendientes de Set, también llamados Hijos de Dios porque adoraban y servían al único Dios verdadero creador de los Cielos y la Tierra.

La belleza de la mujer destaca entre todo aquello que es digno de admirar. Tiene una atracción y un poder especial ya desde el comienzo la belleza de algunas ellas era tal, que los hijos de Dios, aquellos que no seguían el camino de la idolatría, los deseos de la carne, de la vista y del orgullo de la vida, sucumbieron a su encanto tomando de entre todas ellas. Lamentablemente, se dejaron llevar por los mismos principios de aquellos que no adoraban ni conocían a Dios.

El criterio que siguieron para juntarse con ellas no fue otro que el que dictaba su belleza. Escogieron como el que escoge una flor, un caballo, o una casa. No parece que pesara en su decisión si estas mujeres practicaran la idolatría o no.

Mezclar lo que es santo y lo pagano nunca dio buen resultado. Cuando el mal parasita el bien las consecuencias son funestas. Nacen bestias colosales con gran poder destructor. Por ello, Dios prevé que ahora el mal va a retroalimentarse peligrosamente y terminará eclosionando como un volcán en erupción. Para evitar males mayores será necesario acortar los días del ser humano.

De aquellos emparejamientos salieron hombres poderosos en fuerza y en conocimiento. Grandes héroes que emplearon su astucia, fuerza y destreza para llevar a cabo grandes planes de conquista y expansión. Extendieron sus dominios empleando la violencia y granjeándose el favor y la admiración de todos aquellos que los apoyaban.

A raíz de este fatídico mestizaje, el mal se extendió sobre la Tierra alcanzando cualquier rincón. Se desató el desenfreno. Saciar los apetitos se convirtió en el “leitmotiv” de la existencia humana. La promiscuidad sexual, la avaricia y la violencia campaban a sus anchas por todas partes.

Era tal el libertinaje y la maldad de los hombres, que a Dios le pesó profundamente haberlos creado. Llama la atención la humillación que sintió Dios. Sin duda, se sintió traicionado y se arrepintió de habernos dado semejante albedrío. Él, que tanto había puesto de sí en nosotros, siendo él Dios todopoderoso, tenía que presenciar impávido nuestra maldad.

¿Dios puede sentir dolor? Sí, si puede. Precisamente porque ama. Por eso nuestra maldad le afecta tanto. Porque no sólo fuimos hechos por Él, también nos hizo a su imagen y semejanza. Porque, nos guste o no, nuestros lazos con Él son sumamente estrechos.

Dios no quiere acabar con el hombre y con todos los animales que creó simplemente porque sufrió un ataque de ira. Fue porque, aunque somos criaturas suyas y nos ama sobremanera, no puede dejar de ser justo. Y si quiere seguir siéndolo, tiene que terminar con toda esta barbarie “cortando por lo sano”.

Pero, aunque Dios tenía motivos de sobra para terminar con la humanidad, no lo hizo. Dios otorga 120 años de tregua en los que el hombre tendrá la oportunidad de humillarse delante de Él y arrepentirse. De lo contrario, sólo podrá esperar un justo juicio. Aún estamos a tiempo de pedir a Dios que abra nuestros ojos y nos haga ver nuestra maldad. Sólo Dios, que es espíritu, puede abrir nuestros ojos espirituales para ver nuestra iniquidad.

El deterioro de la humanidad en los momentos previos al diluvio no era tan distinto al que hoy sufren nuestras sociedades. Eran carnales, amadores de placeres, habían olvidado quien los creó y con qué propósito. También eran amadores de lo terrenal, violentos, e ignorantes de todo el conocimiento de Dios. Focalizados en sus propios intereses temporales, eran incapaces de sentir empatía los unos con los otros. Corrupción por dentro, e injusticia por fuera. Consiguieron vaciar la religión de toda piedad.

Se nos dice, pues, que la maldad se propagó exponencialmente por toda la Tierra, como un virus. La corrupción, y la violencia eran generalizadas. Desenfreno y disolución entre las clases más bajas, y crueldad y opresión entre las más altas.

La situación era tan lamentable que el mal era ya una constante, nadie reflexionaba sobre lo que hacía, nadie se planteaba que la vida pudiese tener otro propósito, no hacía falta buscar algún acto de justicia, porque no lo había en ningún lugar. Cuál no sería la perspectiva del Señor, aquel que escudriña y conoce los corazones.

Dios se representa a sí mismo arrepintiéndose de haber creado el hombre. Tal era el dolor y la aflicción de su corazón a causa de la iniquidad del ser humano. Porque la maldad del hombre no sólo es algo congénito, también es una decisión tomada a conciencia que podía haberse evitado.

Así que Dios, para evitar aún males mayores toma la decisión de destruir la obra de sus manos. Cuán grande no sería la maldad, y cuán provocadoras no serían las transgresiones, para que el Dios de toda misericordia llegase a tomar esa determinación. Nosotros podemos restar importancia al pecado, podemos burlarnos de él, pero Dios nunca dejará de tomárselo muy en serio.

Prosigue la descendencia de Adán (Génesis 4:25-26) 

Pero, la descendencia de Adán y Eva no se detiene. Dios bendice la relación matrimonial que tienen Adán y Eva y les otorga más hijos y más nietos. Entre ellos Set y Enós. Eva descubre que Dios le ha restituido a Abel de alguna forma con el nuevo retoño. 

Set significa “designado” o “substituto”. El tercer hijo de Adán y Eva. Eva le dio este nombre porque percibió que, efectivamente, era el sustituto de Abel según designio de la providencia divina. Él será otra simiente, de hecho, la palabra que utiliza Eva para referirse a su hijo significa “semilla”, aquella por la cual Dios llevará a cabo sus propósitos. Así que, de la descendencia de Set vendrá Noé. Por lo tanto, cuando acontezca el diluvio universal, será su descendencia la única que sobrevivirá. 

Enós será hijo de Set, y nieto de Adán y Eva.  El siguiente eslabón de la genealogía por la cual vendrá la promesa de Dios.  Enós significa “mortal”. Un recordatorio de la transitoriedad de la vida y una señal que nos advierte que la muerte es tan real como la vida. Aunque Enós haya sido uno de los hombres más longevos que encontramos en las Escrituras (915 años). 

No sabemos exactamente lo que significa que en aquellos tiempos “los hombres empezaron a invocar el Nombre de Dios”. Hay diversas teorías al respecto. 

Lo cierto es que los tiempos ya distan mucho de aquellos principios en que Dios se paseaba por el jardín del Edén y charlaba con Adán. En el Edén Dios busca al hombre, fuera del Paraíso es necesario que el hombre también le busque a Él.  

Literalmente, el texto significa: “Los hombres empezaron a llamarse a sí mismo por el nombre del Señor”. Lo cual da pie a pensar que, en los tiempos de Enós, en la humanidad empezaron a formase dos grandes grupos. Aquellos que buscaban y seguían a Dios, y aquellos que preferían ir en pos de los ídolos. Es tal el vacío que deja la caída en el hombre, que forzosamente debe llenarlo con algo. Tenemos la necesidad vital de adorar y sólo tenemos dos opciones: O el único Dios verdadero hacedor de los Cielos y la Tierra, o los ídolos que comprenden cualquier cosa creada, bien sea por Dios, o por los hombres. 

Por un lado, estaban aquellos que se reconocían a sí mismo como hijos de Dios, y por otro lado aquellos que sólo se veían a sí mismo como hijos de los hombres. 

Hay eruditos que piensan que fue en aquel tiempo cuando surgió la idolatría. En este tiempo muchos cayeron en el engaño de creer que adorando la creación adoraban al Creador. Los hombres empezaron a adorar los astros y con ello pensaban que rendían culto al que los creó. Después de la caída, la idolatría se extendió rápidamente dejando cada vez menos verdaderos adoradores. Todo ello nos recuerda que 

  • Sólo hay una manera de adorar al único Dios verdadero. Otras formas de hacerlo son formas encubiertas de idolatría, por sinceras que sean. 
  • Porque Dios es bueno, aquellos que no le adoran terminaran envidiando a los seguidores del único Dios verdadero llegando a odiarles o incluso perseguirles. 
  • No debemos rechazar las portentosas obras de los hombres. Dios ha dado sabiduría al hombre para que nos beneficiemos de ellas. Pero, no debemos caer en el error de adorar la obra de nuestras manos, más bien debemos siempre dar gracias a Dios por ellas. 
  • No se puede navegar entre dos aguas. O eres hijo de Dios o no lo eres. Debemos aprender a distinguir lo que es santo y lo que no lo es. Hay un pueblo que es de Dios y otro que no lo es. 

Lamec y sus esposas, y las habilidades de los descendientes de Caín (Génesis 4:19-24).

Una familia bien numerosa brota de nuestros primeros padres. De sus matrimonios, rápidamente se estableció la humanidad. Caín fundó una ciudad precursora de la ciencia, el arte y la cultura. Esta fue la ciudad de Caín. Una ciudad espléndida, pero pagana. Alejada de la presencia de Dios.

Pero no podemos negar que la obra de Caín fue fecunda. Caín engendró a Lamec, quien fue el primer polígamo según el libro de Génesis. No sabemos si fue realmente el primero en tener dos mujeres, pero lo cierto es que, en la Biblia, la poligamia no suele dar buenos resultados, entre otras cosas, porque nunca fue el plan original de Dios. Entre los prominentes descendientes de Lamec nos encontramos con Jabal, que significa inventor o maestro. Sin duda fue un “Leonardo Da Vinci” de su tiempo. Creador de las tiendas donde podían refugiarse los pastores. Por ello fue precursor de la industria ganadera.

Jubal, su hermano no fue menos. Fue un músico superdotado. Se nos dice que fue el padre de la lira y la flauta. Un auténtico Mozart de la época. Hay quien dice que, en realidad, Jubal fue el inventor de los instrumentos musicales. Porque las palabras utilizadas en el original para referirse a los instrumentos son genéricas, e incluyen tanto los instrumentos de cuerda como los de viento.

La descendencia de Lamec pone los fundamentos de la civilización tal y como la conocemos hoy. Otro de sus hijos, Tubal-caín, fue el que desarrollo la industria del hierro y el metal. Gracias a sus dotes se pudo trabajar el preciado mineral para ingeniar valiosos utensilios y, desgraciadamente, poderosas armas.

Algún erudito ha sugerido que Vulcan, el dios de la mitología griega y romana que representaba el fuego y el metal, toma su nombre de Tubal-caín. El nombre hubiera derivado de Tubal-caín a Vulcaín para terminar en Vulcan o Vulcano. Curiosamente, la esposa del dios griego, Venus, significa “belleza”, como Naama, la hermana de Tubal-caín. Y el nombre de su madre “Zila” significa tintineo, o sonido metálico.

La tiranía de Lamec se hace rápidamente notoria. Vemos como el descendiente de Caín se llena fácilmente de orgullo, odio y arrogancia. Algo que ocurre con facilidad a todo aquel que se embriaga de poder. La respuesta del tirano a aquellos que le causaban algún daño es a todas luces desproporcionada. El engreído no deja, además, de pavonearse constantemente delante de sus mujeres. De hecho, sus palabras están escritas en forma poética. Dicen que es el fragmento poético más antiguo de la historia.

Se han hecho muchas especulaciones sobre este texto. Diremos, simplemente, que es posible que la descendencia de Caín, en este caso Lamec, sufriera a menudo ataques de todos aquellos que aún querían vengar la sangre de Abel. También es posible que, ante el miedo de sus esposas, Lamec decidiese cortar por lo sano y dar un castigo ejemplar que fuese notorio a todos los que aún buscaban retribución. Queda también claro que Lamec trata de escudarse burdamente en las palabras protectoras que Dios declaró a Caín, dando por sentado que, si Caín fue protegido siendo culpable, él siendo inocente tenía derecho a siete veces esa misma protección.

Pero, fueron los excesos de Lamec y su egocentrismo los que le condujeron a la violencia. Era tal su ambición y egolatría que le llevaron al asesinato por causas más bien caprichosas. No toleró que un hombre lo hiriera, no sabemos el motivo, pero lo cierto es que terminó con su vida por algo que podía haber restituido de otra forma. El otro caso es aún más injusto. Porque fue, parece ser, un muchacho, alguien joven, quien le dio un golpe, y ni tan solo sabemos si fue intencionado o no.

Son señales de advertencia. La egolatría, la ambición desmedida, la codicia y el afán por el poder y las riquezas pueden hacernos crueles. Pueden hacernos despreciar la vida humana hasta tal punto de tolerar o causar la muerte de seres humanos con tal de mantener nuestro “Status quo”.

Lamec da por sentado que su vida vale más que la de los demás. Considera además que la venganza es más eficaz que la justicia. La arrogancia y la soberbia del descendente de Caín es más que manifiesta.

Todas las leyes y mandamientos de la Escritura hacen hincapié en preservar la vida humana.  Distinguen claramente entre el valor de lo material, el de los animales y el de las personas. También iguala en gravedad el odio y el asesinato, aunque las consecuencias sean distintas.

La venganza siempre debe ser el último recurso y, en cualquier caso, lo correcto siempre es no vengarse sino encomendar el agravio al Señor, quien juzgará rectamente.

Hay rasgos que distinguen claramente a los inicuos: Son charlatanes, arrogantes, y encima se vanaglorian de su iniquidad.

De nada sirve la jactancia. Sea, cual sea nuestra situación. Porque, ciertamente, no sabemos lo que ocurrirá mañana.

Jesús ironiza las palabras de Lamec cuando afirma ante sus discípulos que no sólo deben perdonar 7 veces, sino setenta veces siete.

La primera pregunta para el alma es: “(Adán) ¿dónde estás?”, la siguiente es “¿Dónde está tu hermano?”.  Todos somos guardianes de nuestros hermanos. Todos los que tienen alguna relación con nosotros, que están a nuestro alcance, o necesitan nuestra ayuda tienen derecho a reclamar.

No debemos aprovecharnos de ellos. Su bienestar y el nuestro son inseparables. Dios conoce a cada uno de sus hijos, no se olvida de ninguno de ellos. Vengará a cada uno de sus santos. La sangre de ellos clamará al cielo y la retribución de Dios no tardará en llegar. Sólo hay una sangre que clama delante de Dios más fuertemente que la de sus Santos. La sangre de Jesús. Porque su sangre habla mejor que la de Abel (Hebreos 12:24). Y esta sangre clama por misericordia y por perdón.