Génesis 1:20-28

Los animales son creados (20-25)

Sin entrar en qué medios utilizó Dios para crear los animales, si podemos afirmar que son creados al precepto de su palabra y que son clasificados según su hábitat y según su especie. La Biblia no dice qué métodos científicos utilizó Dios, pero sí dice que fue Él quien lo creó todo. Deducimos, por lo tanto, que todo fue creado ordenadamente y sujetándose a las leyes naturales que Él mismo estableció.

Dios se constituye como el gran arquitecto del universo. Él diseña, Él ordena, Él construye y mantiene la Tierra y todos los animales que viven en ella. Por lo tanto, su fidelidad es inherente a la misma existencia de toda criatura. No importa la inmensidad de los mares y toda la riqueza marina que albergan. No importa los grandes animales marinos que nadan en ella. No hay nada que no haya sido creado por Él por grande y majestuoso sea. El texto bíblico nos recuerda que toda esta maravilla no es para que sea objeto de nuestro culto, ni de nuestro abuso. Es motivo para adorar y bendecir a su único Dios, creador, Señor y sustentador del universo.

No es baladí que Moisés mencione que Dios creó las grandes criaturas de los océanos, siendo criaturas que eran adoradas por aquellas antiguas civilizaciones. El autor proclama que esas portentosas criaturas, no eran otra cosa que seres creados por el Todopoderoso. Además, deja claro que la bendición de la fertilidad sólo puede venir del único Dios verdadero.  

El hombre es creado a la imagen de Dios (26-28).

Estos versículos contienen unas de las afirmaciones más importantes de la Biblia. Aquí encontramos unas de las declaraciones con mayor trascendencia de las Escrituras: Que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios. Esto es de suma importancia, porque significa que existe un abismo insalvable entre la naturaleza humana y la naturaleza animal. Si Dios ha declarado esto, cualquier otra concepción de la raza humana se queda corta. Si esto es cierto, afirmar que el hombre es meramente un animal “más avanzado” es prácticamente un insulto a nuestra condición.

Queda pues establecido que, como hombres y mujeres, podemos tener una relación con Dios sin parangón dentro de la creación. Debido, precisamente, a estas similitudes con nuestro Creador aprendemos que no sólo fuimos creados para relacionarnos con el mundo animal o entre nosotros. También fuimos creados para tener una relación personal e íntima con nuestro Creador.

De hecho, queda también establecido, que al hombre le es asignada la tarea de la mayordomía del resto de la Creación. Todo ser viviente queda sujeto a su autoridad. Y esta autoridad le ha sido dada precisamente porque ha sido creado a imagen de Dios. Porque Dios ha creado su propio representante en el Universo. Aquel por el cual será hecha su voluntad en la Tierra.

Otra declaración de suma importancia es que el hombre y la mujer son esencialmente iguales. Exceptuando claros aspectos fisiológicos, no hay diferencias entre ambos. Los dos comparten una misma naturaleza creada a imagen de un mismo Creador. Es interesante notar que para Dios el hombre es un binomio: Adán + Eva. Adán no fue creado para vivir sin compañía. Existe una dependencia mutua entre ambos. El ser humano necesita relacionarse con otros seres humanos, es una necesidad vital. Ella es hueso de sus huesos, y carne de su carne, ambos conforman entonces dos partes esenciales de una misma humanidad.

Génesis 1:14-19

Dios forma el sol, la luna, y las estrellas (14-19).

Una vez más, las palabras de Dios diseccionan, cortan, separan, dan forma. Esta vez aparecen aquellas luces sin las cuales la vida tampoco sería posible. Los días, las noches, las estaciones, los años. Todo el sistema rotatorio de la Tierra. Hasta el día de hoy, los astros y el sistema solar cumplen el mandato divino. Todos fueron creados con un propósito, y todos se mantienen hasta el día de hoy mirando hacia la Tierra. Todos ellos son prueba de que, una vez más, la obra de Dios es y sigue siendo buena.

Deberíamos ser más conscientes de que cada vez que sale el sol, o la luna, no salen por “casualidad”, sino porque siguen el mandato divino. Todas las naciones nacen y mueren, pero el orden establecido por Dios en los cielos sigue el camino trazado por Él hasta el cumplimiento final de los tiempos.

De hecho, los astros, en especial el Sol y la Luna, parecen tener un papel importante en el Apocalipsis. Vemos como su desaparición del firmamento es señal inequívoca de que la vida tal y como la entendemos hoy ha llegado a su fin. Cosas extraordinarias ocurrirán en los cielos los últimos días. Estos astros escenificarán la última señal de alarma que anunciará que el tiempo para ser salvo está a punto de acabarse. Pero hoy, aún es posible invocar el nombre del Señor Jesucristo antes de la inminente Gran Tribulación que han de vivir las naciones y la gloriosa venida del Hijo del hombre en las nubes que le sucederá.

El Sol, la Luna, y las estrellas también son en la Escritura símbolos de la idolatría de los hombres paganos. Ciertamente, sin estos astros, no sería posible ningún tipo de adoración idolátrica. Por el contrario, para el creyente, la obra celestial es muestra y señal de un amor inamovible que dura para siempre.

Pero los astros creados por Dios no sólo serán fuente de toda luz. También serán las líneas divisorias entre el día y la noche, y reloj permanente que marque el paso de días, semanas, meses y años.

Los astros no fueron creados como códigos secretos donde poder adivinar el futuro. La astrología es un engaño y está expresamente prohibida en las Escrituras. Sin embargo, en el sol, la luna y las estrellas si hay multitud de señales naturales que nos enseñan a distribuir el tiempo, a distinguir las estaciones del año, y nos dan abundante información para la agricultura, la pesca, la ganadería y la caza. Los astros no fueron creados para que fueran adorados, sino para que adorásemos a su creador y su magnífica obra. Y así podernos gozar en ella y en quien la hizo.

De todos estos astros percibimos luz. Sin ellos la vida no sería posible. Cada astro tiene su gloria, uno para el día con suficiente luz para el desarrollo de la existencia, otros de menor intensidad para tener cierta visión nocturna y, a su vez, poder descansar y recuperar fuerzas para el día siguiente.

Queda claro entonces que los astros no tienen vida propia, sino que se sujetan a la voluntad de aquel que los creó y los ha puesto en el firmamento. Ello debería provocar en nosotros una adoración y alabanza constante al Creador de todas las cosas.

Dios separa la tierra de las aguas, y las hace fructificar (Génesis 1:6-13)

En este momento, estando toda la tierra inundada, y cubierta, probablemente, por una espesa capa de nubes, Dios empieza a dar forma al mundo que hoy habitamos. En primer lugar, crea un espacio donde pueda darse la vida. Probablemente es ahora cuando se crea la atmósfera, tal como la entendemos hoy, que permitirá la vida en la Tierra.
En la primera separación, parte de las aguas, probablemente en forma de nubes, pasaron a las capas más altas de la atmósfera creando un sistema climático muy parecido al que hoy disfrutamos en la Tierra. Esto fue el segundo día. Y vio Dios que era bueno.
En la segunda separación de las aguas, Dios separa la tierra del mar, haciendo emerger la tierra seca donde crecerán plantas, hierbas y árboles. Cada uno según su especie, cada uno según su semilla y su fruto. Esto fue el tercer día. Y vio Dios que era bueno.
El agua juega un papel crucial en la literatura del antiguo Oriente Medio. En Egipto, por ejemplo, el dios creador Ptah usa las aguas preexistentes (personificadas en el dios Nun) para crear el universo. Lo mismo ocurre con la literatura mesopotámica con los dioses del caos de las aguas (Pasa, Tiamat, y Mummu) de los cuales procede la creación. El relato bíblico de la creación contrasta con este oscuro politeísmo mitológico. En el relato bíblico, el agua de la creación no es una deidad; es tan solo parte de la obra creadora de Dios, y es utilizada como materia prima en las manos del único Dios Creador y soberano. Tal y como la luz se separó de las tinieblas, así también las aguas se separaron para formar una nueva extensión (vv. 6–7), que Dios llama Cielo (v. 8). De esta forma se constituyó lo que los seres humanos vemos por encima nuestro, es decir, la región que contiene tanto las luces celestes (vv. 14–17) como las aves (v. 20).
En los versículos del 9 al 13, dos regiones más son formadas por Dios: la tierra seca que constituye la Tierra y las aguas que forman los Mares (vv. 9–10). Estos serán los dos últimos objetos que Dios nombra específicamente. Acto seguido, Dios da instrucciones a la tierra para que produzca vegetación (vv. 11–12). Si bien la creación de la flora puede parecer fuera de lugar el tercer día, en realidad anticipa lo que Dios dirá más tarde en vv. 29–30 sobre la obtención de alimentos tanto para la humanidad como para las otras criaturas. La creación de lugares específicos los días primero y tercero, juntamente con la creación de la vegetación, dispone de todo lo necesario para la obra que Dios ordenará los días cuarto y sexto.
Al acercarnos a la majestad de la Creación, lo primero que debemos hacer es humillarnos ante la grandeza y la magnificencia del Universo. Desde nuestra posición tan insignificante debemos admitir que se no alcanzamos a comprender, en buena medida, la labor creadora de Dios.
El salmista no alcanzaba a vislumbrar la inmensidad de la obra de Dios en el firmamento, pero si entendía, al contemplarlo, el poder y el amor de Dios que lo sobrepasan. Pocas cosas transforman tanto la cosmovisión de la vida como creer que Dios creó la Tierra con su poder, y que lo mantiene y lo sostiene con su sabiduría.
No hay mayor falacia, o embuste que la de tragarse que este mundo tan extraordinario en el que vivimos ha sido surgido de la nada y se ha formado por casualidad. Ni las civilizaciones más primitivas y atrasadas han podido concebir semejante despropósito. Sin duda, no hay fe más irracional que la de asumir que el mundo en el que vivimos fue creado del mero azar. Es de todo sentido común pensar que existe un Dios que creó y sostiene los cielos y la tierra. La ciencia no puede contradecir este hecho, más bien lo demuestra. Todo descubrimiento científico revela que detrás de la naturaleza y el universo hay un Creador inteligente que permite que comprendamos su fenomenal obra.
Toda la Creación es llamada a alabar y adorar a Dios. Lo escuchamos a lo largo de toda la Escritura. No sólo los hombres o los animales, también los árboles, los cielos, la tierra y el mar deben hacerlo y lo hacen.
Hay una sabiduría, nos dice Proverbios, que orquestó todo el complejo proceso de la Creación. Esta misma sabiduría, además, es la que nos puede dirigir a lo largo de todo el recorrido de nuestra vida. Cuando seguimos los preceptos de la Escritura, estamos siguiendo las instrucciones de aquel que diseñó y creó, los Cielos y la Tierra y todos los que habitan ella. En definitiva, es la sabiduría que hace posible la vida.
Dios mantiene el delicado equilibrio de nuestro ecosistema para que podamos vivir en ella. Él ha puesto límite al mar, y a las nubes. En las Escrituras, a menudo, se menciona que Dios es el que separa la tierra y el mar para que la vida sea posible. Porque la tierra surgió de las aguas y fue formada por el poder de la Palabra de Dios. Ello, debería hacernos ver su gran misericordia, así como hacernos temblar en temor reverente. Porque, Él también es el que hace crecer toda planta y toda hierba para que nos alimentemos nosotros y los animales. Lamentablemente, seguimos ciegos delante de la mano del Dios que dirige y sostiene la vida en nuestro único, bello y singular planeta.

Mateo 5: 33-37

33 También habéis oído que se dijo a los antepasados: «No jurarás falsamente[a], sino que cumplirás tus juramentos[b] al Señor». 34 Pero yo os digo: no juréis de ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; 35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por[c] Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. 36 Ni jurarás por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro ni un solo cabello. 37 Antes bien, sea vuestro hablar[d]: «Sí, sí» o «No, no»; y lo que es más de esto, procede del mal[e].

Mateo 5:21-26

21 Habéis oído que se dijo a los antepasados: «NO MATARAS» y: «Cualquiera que cometa homicidio será culpable ante la corte.»
22 Pero yo os digo que todo aquel que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte; y cualquiera que diga: «Raca» a su hermano, será culpable delante de la corte suprema; y cualquiera que diga: «Idiota», será reo del infierno de fuego.
23 Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti,
24 deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.
25 Reconcíliate pronto con tu adversario mientras vas con él por el camino, no sea que tu adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel.
26 En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo. Mateo 5:21-26