El castigo de la humanidad

Génesis 3:16-19

El dolor es un magnífico salvavidas incorporado que nos ha dotado la naturaleza. No somos conscientes de la cantidad de veces que esta temida reacción nos ha salvado la vida. Esa percepción sensorial, más o menos intensa, pero siempre molesta y desagradable, que afecta alguna parte del cuerpo es el resultado del estímulo de ciertas terminaciones nerviosas.

Siendo un magnífico sistema de defensa, nada hace pensar que el ser humano, antes de la caída no lo llevase incorporado. Aunque, sin duda, sí había una gran diferencia respecto a la intensidad en la percepción sensorial. A partir de la Caída, Dios declara que la señal del dolor se intensificará exponencialmente en todo ser humano desde su mismo nacimiento. En especial, al dar a luz.

El castigo para la mujer no fue traer hijos a este mundo sino sufrir el dolor que conlleva dar a luz. Cuando dice que “Él tendrá dominio sobre ti” no está garantizando al hombre la servidumbre de la mujer como si fuera de su propiedad. La mujer también ha sido creada a la imagen de Dios y, además, tiene el honroso rol, concedido por Dios, de dar a luz, privilegio por el cual toda la humanidad es bendecida. (1:26-28).

Otro de los desajustes que provocará la Caída afectará el trato entre hombres y mujeres. El desorden emocional cosechará complejos sistemas relacionales entre ambos. Atracciones enfermizas terminarán en enredados lazos tanto de interés y manipulación como de abuso y dominio. A partir de ahora, la relación entre los dos sexos será tanto irremediable como enfermiza.

El Señor adelanta la futura rivalidad entre sexos por conseguir el dominio mutuo. Esta lucha no tiene otra procedencia que la condición pecadora tanto del hombre como de la mujer. Estas palabras no deben entenderse como una exhortación dirigida al hombre para que ejerza potestad sobre su mujer. La ley hebrea reconoce la vulnerabilidad de la mujer y exige una deferencia especial para ella. (Ex. 22:22; Deu. 25:5-10). El Nuevo Testamento explícitamente ordena a los maridos que amen y honren a sus mujeres (Efe. 5:25; Col 3:19; 1 Ped. 3:7), incluso que respeten su igualdad espiritual (Gal 3:28) mientras cada uno ejerce los dones que Dios les ha otorgado.

El problema de Adán no fue escuchar a Eva, sino preferir su voz a la de Dios. Y esa responsabilidad no sólo era solamente suya, sino de ambos. El mandato de Dios fue muy claro: “De este árbol no comerás”. Pero Adán, de forma totalmente deliberada, siguió el consejo de Eva en lugar del precepto de Dios. La rebelión de Adán fue totalmente premeditada.

El pecado de Adán traerá consecuencias terribles sobre la Creación. A partir de este momento la naturaleza le será hostil. Tendrá que trabajar con dureza la tierra para poder comer. Algunas cosechas se perderán a causa de plagas, sequías o fenómenos meteorológicos de diversa índole. Estas crisis ocasionarán luchas por la supervivencia. Especie contra especie, pueblo contra pueblo, hombre contra hombre. La ley de la selva, o del “todos contra todos”.

La naturaleza ya no será un entorno amigable para el hombre. El trabajo será gravoso. La escasez siempre andará merodeando. No siempre se verá recompensado el esfuerzo. Por último, la existencia del hombre se verá reducida a un puñado de días. Todo será vanidad, porque del polvo fuimos hechos, y al polvo volveremos. Como dice el poeta: “Todo pasa, y todo queda, pero lo nuestro es pasar”.

Un poco de tiempo, y nuestro espíritu de vida volverá a Dios, pero esta vez tendremos que rendir cuentas. Todo cuerpo tiene los días contados. La muerte terminará visitándonos, venga de un sitio o de otro. Haremos bien en recordar lo que somos en realidad. Pero para ello tendremos que mirar al que tiene la perspectiva adecuada de la vida, haremos bien en tomar conciencia de nuestra debilidad y transitoriedad. Ello cambiará tanto nuestra manera de ser como de relacionarnos.

Aún hoy, el mundo no es consciente de la dependencia que tenemos de Dios. Si aguantamos, si no desmayamos, si podemos vivir y ser felices es sólo porque el Todopoderoso no ha “ocultado su rostro de nosotros”. Porque la muerte sólo es el transportista que devuelve el espíritu al que lo dio.

La muerte sólo tiene una causa: El pecado. Podemos curar enfermedades, o protegernos de mil maneras, pero nunca podremos deshacernos del pecado y de su aciago fruto. La herencia de Adán perdura hoy entre nosotros. Sólo puede ser sustituida por el nuevo Adán que es Jesús. Su árbol de vida es la cruz del Calvario donde ocupó nuestro lugar. Tomando de él volveremos a nacer de nuevo. Pero, esta vez conforme a la naturaleza de Jesús, el Hijo de Dios.

La serpiente engaña a Eva (Génesis 3:1-5)

El terreno de la mentira siempre es pantanoso. Uno no puede pretender que está preparado para afrontarlo sin que haya tan solo posibilidad de ser engullido por él. Basta un poco de astucia para que todo sea confuso, y antes de que nos demos cuenta ya estamos con el agua al cuello. El mismo Señor Jesús nos aconseja estar alerta constantemente, empleando incluso la astucia, para revertir toda artimaña diseñada para hackear nuestro corazón.

La serpiente prepara el terreno lanzando puñados de dudas esperando que alguna de ellas llegue a germinar. Siempre ha sido esta su estrategia. Irrumpe en la vida de Eva en el momento más inesperado y desfigura la realidad insinuando que Dios no es tan bueno como parece. Hay algo que les está ocultando. De hecho, insinúa que Dios les está privando del pleno uso y disfrute del jardín. Quizá Dios está empezando a acotarles el acceso al comprobar lo capaces que son de desenvolverse.

Pero Eva se defiende bien, tanto ella como Adán han recibido instrucciones claras de Dios. Pueden experimentar absolutamente todos los frutos del jardín exceptuando uno sólo que está justo en medio. Porque del cumplimiento de este mandato depende absolutamente todo. La advertencia es seria. Viene de Dios, y las consecuencias son realmente funestas: “La muerte”.

Pero la serpiente sabe utilizar perfectamente su mejor arma: La mentira. Introduce en este mundo la materia prima de todas las desgracias. No es tan fácil lidiar con ella. Nosotros mismos somos empapados con mentiras constantemente. Nunca debemos dar por sentado que sabemos discernir entre los que es cierto y lo que no lo es. Eva no era una ingenua, como se nos ha querido hacer ver a menudo. La serpiente le cuenta una sarta de “verdades a medias” que no puede refutar. Es cierto que “sus ojos serán abiertos”, “y tendrán conocimiento del bien y del mal igual que Dios”. Sin embargo, todo es una fenomenal artimaña altamente letal y contagiosa que sólo tiene un propósito: “La abolición definitiva del hombre”. Porque sus ojos serán abiertos, sí, pero para descubrir su propia vergüenza, y el conocimiento del bien y del mal que adquirirán sólo hará cristalizar el pecado en sus corazones subyugándolos desde el primer instante, haciéndoles sufrir sus inevitables consecuencias desde el primer bocado, entre ellas: La muerte.

El problema no fue la astucia, sino el engaño y el orgullo. Esta serpiente, Satanás, no ha dejado de utilizar sus artificios engañosos para engañar a todos, dentro y fuera del pueblo de Dios. Hoy continúa haciéndolo, especialmente entre nosotros, siempre apartándonos de una devoción sincera y pura a Cristo. El mal siempre es el mismo: Un cristianismo sin Cristo. Y hoy lo estamos viviendo más que nunca.

En Apocalipsis, cuando el “Gran Dragón”, “la Serpiente Antigua”, o Satanás es arrojado a la Tierra, se le asigna el título de “el engañador del mundo entero”. Ese es su nombre, y de sus mentiras se nutre la maldad del corazón humano.

¿Entonces cuál fue el tropiezo de Eva? Cuestionar la autoridad y la credibilidad de Dios. El asunto era verdaderamente trascendente porque había sido Dios quien había dicho: “el día que de él comieres ciertamente morirás”. De ello desprendemos que la condición natural del hombre es la muerte, porque la vida que experimentamos hoy no tiene nada que ver con la vida antes de la entrada del pecado en el corazón del hombre.

Lamentablemente, siempre encontramos escusas para justificar nuestro pecado, lo llamamos de mil formas para rebajarlo: Siempre ha sido otro el que lo empezado, o en el peor de los casos, otro el que lo ha hecho. Pero Dios sigue buscándonos, sigue esperando oír de nuestros labios: “Contra ti, sólo he pecado”.

La verdad y la vida están tan unidas como la mentira y la muerte. La introducción de la mentira en este mundo nos inyecta la muerte inevitablemente. Del mismo modo, regresando a la verdad, volveremos a respirar el espíritu de vida perdido. O somos hijos de la verdad o somos hijos de la mentira, porque sólo podemos tener un padre. Debemos escoger a quien queremos estar sujetos. Porque ambos siempre tienen deseos contrapuestos, y sólo nosotros decidimos a quien de los dos servimos.

El nombramiento de los animales, la creación de la mujer, la institución divina del matrimonio

Génesis 2:18-25.

Pero el hombre se hallaba en un estado de “perfección en progreso”. Había cierta soledad en Él. Adán era perfecto, pero había una cadencia pendiente de suplir. La balanza era perfecta, sólo faltaba equilibrarla.

Vemos que ahora mismo, en la Creación, hay una unidad, una harmoniosa coexistencia entre hombres y animales. Todos fuimos creados de la tierra, ello explica que compartamos tanta información genética. Toda la similitud que existe entre nosotros y el reino animal no hace más que proclamar que todos tenemos un mismo Creador.

La intención de Dios desde el principio es crear una sociedad jerarquizada de hombres, animales y plantas. Donde el hombre, teniendo la preeminencia, se le asigna un rol muy especial sobre todos ellos. Él debe administrar y cuidar los seres vivos que Dios ha creado. Destacan en estos versículos la estrecha relación entre el hombre y el reino animal. Adán tendrá una labor de Señorío, pero a su vez de estrecha colaboración, incluso de guía sobre los animales. Una vez más, Adán ejercita su rol como representante de Dios entre ellos. Porque la gran diferencia entre ellos y nosotros es que como seres humanos, estamos hechos a imagen de Dios, creador de los Cielos y la Tierra.

Así que Adán, con cierta lógica, empieza a añorar algo de compañía. Adán necesita alguien como él para poder seguir adelante, desea recomponer el equilibrio de la balanza de su vida. Su relación con Dios le llena, su relación con el reino vegetal y animal también, pero Adán desea otro tipo de plenitud. No es que su vida no sea ya una vida completa. Es que es necesario un nuevo estadio en su vida en que Dios de una nueva forma a su existencia. Por eso Dios no añade nada nuevo, simplemente lo hace dormir, toma una de sus costillas, y de ella forma la mujer. Literalmente, una extensión de Adán.

Así que, Dios pone de manifiesto que el hombre es un ser social. Necesita tener relación con sus semejantes, y en especial, una relación estrecha, familiar. Así que, primeramente, queda claro que no es bueno que el hombre esté sólo. Eso no significa que todo hombre o toda mujer estén llamados al matrimonio. Existen muchos tipos de sana relación que suplirán la necesidad de contacto humano aparte de la familia, como; La amistad, y en especial la comunión cristiana. La longevidad del hombre y la duración de su edad fértil proveen al hombre de una cobertura familiar que suele durar más de media vida. Pero lo habitual, al menos hasta ahora, lo normal es que el hombre abandone su familia (padre y madre) y se una a su costilla perdida.

La soledad no es buena. En ese sentido, todo hombre y toda mujer tienen esa necesidad tan vital, y tan legítima como la del calor humano. Sí alguna vez alguien se queda sin esa buena cobertura familiar, será bueno que, como iglesia, y como pueblo de Dios tratemos de dar cobijo a estas personas.

La mujer fue creada a causa del hombre, y esto le otorga al hombre cierta autoridad (no confundir con autoritarismo). Es una autoridad subordinada totalmente a Dios y que implica, en el mismo grado, un sacrificio de amor que “supera” totalmente cualquier galón otorgado.

Por otro lado, también deducimos del texto que el hombre tiene una dependencia de la mujer que no tiene ella. Precisamente, debido a esa “desventaja” frente a la mujer, debería cuidarla como la parte de su ser más preciada.

Así pues, nos encontramos por un lado con Adán y Eva que son una unidad, y que de esta unidad saldrá la humanidad entera. Ello implica que en el fondo todos los seres humanos pertenecemos a una sola familia. Todos, en realidad somos hijos de “carne de mi carne, y huesos de mis huesos”.

RESUMEN

Nos hallamos pues ante la institución del matrimonio, y por lo tanto de la familia. Pilar de toda sociedad. En el texto, se hacen notorios los siguientes aspectos:

  • Las familias se multiplican dividiéndolas. El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer formando una nueva familia.

La unión entre el hombre y la mujer es mutua e indisoluble. Los dos pasan a ser un solo cuerpo. Ambos deben cuidarse y respetarse trazando un nuevo camino común.

El mandato divino

Génesis 2:16-17

No fue un descuido de Dios poner el árbol de la ciencia del bien y del mal en el huerto del Edén justamente al lado del árbol de la vida. Dios ordena directa y expresamente a Adán que, pudiendo tomar del fruto de todos los árboles del huerto, bajo ningún concepto coma del fruto de este enigmático árbol.
No sabemos, a ciencia cierta, el motivo por el cual estaban los dos árboles más importantes y disímiles del jardín juntos. Uno daba vida, el otro acarreaba la muerte. Quizá no sólo era una manera de probar, sino también de ejercitar la lealtad de Adán a su Creador.
A diferencia del resto de seres vivos, Adán fue creado a imagen y semejanza de Dios. Ello le atribuía unas cualidades morales que compartía con Él. Era el modo en que Adán ejercitaba su capacidad de escoger entre el fruto que da vida, y el fruto que da muerte teniendo únicamente como criterio la Palabra de Dios.
Así que por fe Adán recibió la llamada disfrutar de todos los árboles del Paraíso excepto uno. Curiosamente, el mandato divino no se limita a prohibir el fruto de un árbol, sino que, de hecho y en contraposición, abre la puerta a disfrutar de todos los demás con toda libertad.
Ello nos lleva a considerar que todo lo que Dios nos ha dado es para disfrutarlo, para nuestro bien y forma parte del ámbito de la libertad que nos ha sido otorgada. Sin límites no hay libertad. Los términos de Dios evitan que seamos arrastrados sin remedio al lagar del sufrimiento y la esclavitud que conlleva el pecado.
Curiosamente, la tentación que ofrecía aquel apetecible fruto era algo tan razonablemente bueno como la adquisición de más conocimiento del que ya había recibido de parte de Dios.
Hasta ahora, Adán el primer hombre, sólo podía escoger entre un universo de posibilidades de hacer lo moralmente bueno y agradable a los ojos de Dios, aunque existía una posibilidad de errar y adentrarse en un mundo desconocido. Tan solo tenía que adquirir un nuevo conocimiento que le había estado expresamente vedado. El propósito de la prohibición no era otro que apuntalar y certificar una fidelidad recíproca con su Creador.
Sí, hay conocimiento que como seres humanos no podemos sobrellevar, que no nos pertenece, que nos supera, nos domina, nos esclaviza y termina matándonos.
Algo que también aprendemos de estos versículos es que en ningún momento de la historia “no ha habido límites”. Incluso cuando no había pecado en el mundo, Dios puso límites al hombre que no debía traspasar bajo ningún concepto. Por lo tanto, nuestra libertad siempre ha estado acotada, y siempre ha habido señales de “peligro de muerte”. Mucho más ahora, que el pecado ya forma parte de nuestras vidas.
Comer del árbol de la ciencia del bien y del mal activaría lo que hoy conocemos como “la conciencia”. Seguro que Adán tenía conciencia, pero esta nunca había sido mala. Después de la caída, esa conciencia se convertiría en un yugo de por vida. Desde bien joven someterá al hombre hasta la tumba. Lo avergonzará constantemente. Y hará que el miedo sea su sombra día y noche. Provocará un conflicto en su interior que amargará toda relación. La conciencia será la alarma que anunciará la presencia del pecado en cada uno de nosotros.
Ya desde el principio, el estado del medio ambiente y la actividad del hombre están estrechamente relacionadas. La mayordomía de Adán afectará directamente la Creación de Dios. Vemos la importancia de esta afectación cuando, más adelante, la tierra será maldita a causa del pecado de Adán.
La trayectoria hacia la muerte que nos habla el apóstol Santiago aún era desconocida para Adán. El deseo pecaminoso aún era algo inédito, el pecado que engendra ese deseo no infectaba corazón alguno, y el resultado final de esta lacra: “La muerte”, aún no segaba vida alguna.
SUMARIO
Finalmente vemos como Dios pone al hombre por encima de todas las cosas que Él ha creado. Todo estará sujeto a Adán, siempre y cuando él esté sujeto a Dios. Así que, podemos afirmar que el árbol del conocimiento del bien y del mal es el indicador (“token”) de esa sujeción del hombre a Dios. Entendemos pues que todo acto de obediencia a Dios es un acto de reconocimiento de su soberanía sobre nuestras vidas. Por otro lado, cada vez que nos apartamos del mal estamos realizando un acto de sumisión y adoración a Dios.
La vida tal y como la concibió Dios antes de la Caída no tiene nada que ver con la que nosotros experimentamos, aquella felicidad es todo un misterio para nosotros: En aquella época Adán y Eva respetaban sus cuerpos, sus almas, tenían plena capacidad para juzgar con rectitud, y gobernar cabalmente sus sentimientos. Realmente, la vida llenaba todo su ser.
Su cuerpo era perfecto, no conocía la enfermedad ni la muerte. Era totalmente libre de esta losa que pesa sobre nosotros desde el mismo momento en que nacemos. Porque Adán no conocía esa alienación de Dios que sufrimos nosotros. Ciertamente, la humanidad arrastra todas sus miserias a causa de la introducción de la muerte. El habernos apartado de la fuente de la vida y habernos rebelado contra Dios ha traído consecuencias funestas a nuestra condición. Cuando el hombre abandona la vida, entra irremediablemente en la muerte hasta que esta le consume. Según las Escrituras, nacer implica empezar a morir. Porque ese es el resultado de nuestra existencia. La consecuencia de vivir constantemente bajo la tiranía del pecado, y de la serpiente. Todo esto hasta la puesta en escena de una insospechada Gracia que traerá el remedio a tanta calamidad.

El hombre es puesto en escena (Génesis 2:15).

El hombre es puesto en escena (15).

Dios crea a todo ser humano en un lugar en concreto de la Tierra, en un entorno natural, social, y cultural en particular. Lo crea con un propósito, y le provee de todo lo necesario para cumplirlo. En el caso de Adán, también fue voluntad de Dios situarlo en un lugar geográfico determinado, y asignarle unas labores específicas,

Pero el propósito de la creación del hombre no se limita a las funciones que le han sido asignadas. Adán sabe que su existencia está estrechamente ligada a una relación muy especial con su Creador. Ambos comparten un mismo entusiasmo e interés por una creación que van a tener que administrar, trabajar, y disfrutar juntos.

La Creación del hombre es singular. El texto denota una proximidad y una implicación por parte de Dios sin parangón en su obra creadora. Y es que Dios ha puesto su imagen y semejanza en Adán. Su deseo es, realmente, que el hombre ejerza de representante de su misma persona y para ello es imprescindible una estrecha relación entre ambos.

El Paraíso del Edén, paradójicamente, no es ese lugar donde pensamos que no se trabaja nunca. Erróneamente, pensamos que el paradigma paradisiaco es un lugar de descanso y desidia a tutiplén. Nada más lejos de la realidad. No sabemos qué labores en concreto fueron encomendadas a Adán, pero sí sabemos para quien trabajaba.

El trabajo nos honra cuando lo entendemos como un servicio al Dios que creó los Cielos y la Tierra.

Sin embargo, no cabe duda de que aquel trabajo era en algo bien distinto a cualquier labor conocida hoy por nosotros. En aquel momento originario de la Creación el pecado no existía, y por lo tanto tampoco acarreaba la maldición que conlleva. Aquella labor, sin duda, contribuía a la realización personal, era placentero, no era estresante, y era ajeno a toda aflicción, o cualquier otra forma de desgaste.

Entendemos pues del texto, que es voluntad de Dios que contribuyamos y formemos parte de nuestra cultura aportando nuestras habilidades y buen hacer huyendo de todo reposo indolente. No hay nada más opuesto al orden natural que entender la vida como algo a consumir mientras esta nos consume a nosotros. La vida es mucho más que el alimento y el vestido tal y como nos recuerda Jesús

En definitiva, Dios hace responsable a Adán del huerto del Edén. Esto significa que Dios nos ha encomendado a todos la custodia de algo en la vida, por lo tanto, debe ser nuestro compromiso cultivarlo y cuidarlo, sea lo que sea. Porque el hecho que sea para nuestro disfrute, no nos exime también de nuestra responsabilidad.

Por último, debemos entender que nada de lo que nos ha sido confiado es realmente nuestro. Sólo somos mayordomos de todo aquello que nos ha sido entregado. Y, por lo tanto, de todo tendremos que rendir cuentas en algún momento. Entender esto será un buen remedio para mantenernos alejados de toda ostentación, disolución, abuso o corrupción.

El Cultivo del Jardín del Edén (Génesis 2:8-14)

El Cultivo del Jardín del Edén (8-14)

Dios sitúa al hombre en una parte exquisita de su creación. Concretamente hacia el Este, en el Jardín del Edén. Allí Dios crea un entorno idílico en el que hace crecer todo tipo de árboles y vegetación para deleite de los sentidos. En especial Dios tiene cura de crear árboles y plantas que provean de sabrosos y nutritivos alimentos.

Pero, entre todos aquellos árboles había dos muy especiales. Uno era el árbol de la vida. Desconocemos cómo era, o qué propiedades tenía aquel árbol. Pero lo cierto es que proporcionaba todo lo necesario para una vida plena y sin final. Adán no sólo prolongaba su existencia a través del tiempo, también disfrutaba de una vida plena en comunión con Dios con la ayuda de aquel fruto.

Sin embargo, cada vez que Adán se acercaba a comer del árbol de la vida tenía, forzosamente, que cruzarse con otro que certificaba, precisamente, su aptitud para comer de tan preciado árbol: Este otro árbol era llamado del conocimiento del bien y del mal. Paradójicamente, obedecer a Dios privándose de ese fruto le capacitaba para seguir comiendo del otro.

En este pasaje vuelve a aparecer el elemento del agua. Esta vez, para decirnos que el Edén era fuente de cuatro ríos que regaban toda esta tierra paradisiaca. Un agua de vida, y un árbol de la vida sustentan toda esta maravilla natural. Resulta difícil no escuchar los ecos lejanos de Jesús y la Cruz. O de la Jerusalén Celestial de Apocalipsis con su árbol y río de agua de vida.

A juzgar por los datos que ofrece el texto, el Edén quedaría ubicado en territorio de la actual nación de Irak. Situado justo donde nacen el Tigris y el Éufrates, que aún conservan el nombre después de tantos años. Curiosamente, el Edén queda localizado, más o menos, justo en medio de cuatro mares: El Mar Negro, el Mar Caspio, el Mar mediterráneo, y el Mar de Omán. El oro y el ónice mencionados no sólo indican la riqueza de toda aquella tierra, también aluden al Tabernáculo del Éxodo, pues serán materiales necesarios para su construcción. Los nombres de los territorios pertenecen a pueblos descendientes de los primeros pobladores de la Tierra.

Génesis 2:4-7

2:4-7. A pesar de que hoy, en nuestra sociedad, no está muy bien visto dar por cierto el relato de la Creación que encontramos en este libro. Y dejando a un lado detalles científicos que no merece la pena discutir porque tampoco aparecen en el texto, merece la pena que prestemos máxima atención al relato bíblico por su especial trascendencia y por la cantidad de “materia prima” que aporta a la cosmovisión bíblica de la vida desde el punto de vista cristiano. Génesis no aporta pruebas científicas acerca del inicio de la vida, pero sí ofrece gran información acerca de quién lo ha creado todo: El Universo y todos los que lo habitamos.

En este texto bíblico a considerar encontramos, entre otros detalles:

  • Que Dios creó el universo de la nada, tal y como también parecen confirmar teorías como la del “Bing Bang”.
  • La Creación se llevó a cabo por fases o distintos estadios de tiempo. Algo que también parecen corroborar otras teorías científicas.
  • Dios organiza la creación animal y vegetal según su especie.
  • También leemos que la climatología era totalmente distinta en los albores de los tiempos.

Pero, lo más remarcable de este pasaje es, sin lugar a duda, la Creación del hombre. Que, no sólo fue creado a imagen y semejanza de Dios, sino también fue formado del polvo de la tierra cual jarrón de porcelana en manos del alfarero. Existe pues una relación y una dependencia total entre el hombre y la tierra que habita. Estamos hechos de tierra, fuimos creados para cuidarla y ejercer mayordomía sobre ella, la necesitamos, y ella nos necesita a nosotros.

Por otro lado, no somos sólo “tierra”, o “carne”. También hay espíritu en nosotros. Espíritu que nos ha sido dado por Dios mismo. Esto nos hace distintos a todos los demás. Tan vital es nuestra relación con la tierra y todo ser viviente, como nuestra relación con otras personas y, sobre todo, nuestra relación con Dios, que nos dio el aliento de vida.

Este bello planeta tiene algo de “sagrado”, y es que ha sido creado y es sostenido por Dios Padre, Hijo (la Palabra), y Espíritu Santo. Todo ha sido creado con una delicadeza, exquisitez, diversidad y complejidad formidables y sin parangón.

El hombre aparece en este bello y singular planeta como el mayordomo de Dios. Aquel que no sólo disfrutará de la Tierra, también la cuidará, la administrará, y la trabajará. Porque el hombre no sólo fue creado para la tierra, también es parte de ella, ya que de ella misma fue formado.

Venimos de la tierra, porque de ella fuimos formados, y venimos de Dios porque Él ha puesto su aliento de vida en nosotros. Así somos de vulnerables y frágiles, así somos también de bendecidos y cercanos a nuestro Creador. A la tierra volveremos, en cuerpo, y a Dios también regresaremos en espíritu cuando partamos.

En este episodio el agua juega un papel fundamental. Es una bendición que emana tanto del Cielo como de la Tierra y hace posible la vida. Tristemente, más adelante, con la irrupción del pecado, veremos como el agua terminará siendo un elemento de juicio.

El verbo que utiliza la Escritura para decir que Dios “formó” al hombre es el mismo verbo que se utiliza para describir la profesión del alfarero. Dios es definido aquí pues como el Dios “alfarero”. Tal es el conocimiento y la destreza de nuestro Creador, que es capaz de formar al ser humano del polvo de la tierra ¿Quién nos conocerá mejor que Él?

Génesis 1:31-2:1-3

La obra de la Creación terminada y aprobada (31).

Finalmente, Dios observa toda su Creación. Comprueba que ciertamente su obra es portentosa, no puede más que reafirmar la perfección de su labor. No hay nada que quitar, ni nada que añadir. Todo la que Dios ha creado es bueno. Nos lo ha recordado ya 6 veces.

El primer Sabbath (1-3).

Así que llegó el momento en que el Universo entero, recién nacido y formado, inicie su andadura. Dios le dedica un día entero, el séptimo. En él, es proclamado que la obra perfecta de Dios ya ha concluido.

Es obvio que Dios no necesita descansar. Pero, lo hace para provocar algo en nosotros. A medida que avanza el reloj que Dios acaba de poner en marcha, nuevos aspectos del descanso de Dios serán revelados. Por ahora, es un tiempo que reconoce el merecido descanso después de una ardua labor. En el podemos meditar, contemplar y disfrutar la magnífica obra de Dios mientras le adoramos fervientemente.

Hay un descanso para el Creyente. Porque, desde la quietud y la confianza en el Altísimo, Creador de los Cielos y la Tierra, se puede contemplar la existencia de otra manera. Es un día para reconocerle y admirarle, y postrarse delante de su magnificencia. Este nuevo día simboliza su omnipotencia, su omnisciencia, e infinita sabiduría y santidad. Un día de regocijo compartido por el universo entero en el declaramos nuestra absoluta confianza en aquel que sostiene la vida con su manifiesto poder y bondad.

Toda la grandeza que encontramos en la Tierra, y toda la majestuosidad de la bóveda celestial no fueron hechas para que las adoremos en lugar de su Creador. Por el contrario, tanta maravilla debería movernos a postrarnos delante de Él, buscarle, y serle agradecidos. Porque por Su Palabra todo fue creado en el Cielo y en la Tierra, y por su Espíritu nos ha dado vida a todos.

Guardar el sábado era un acto ceremonial de reconocimiento y de adoración a Dios. Este día de la semana sería especial. Sería un rasgo identitario del Pueblo de Dios. Un día que determinaba todos los demás. A raíz de este descanso, uno cobraba fuerzas para trabajar el resto de la semana. No sólo por el descanso en sí. También porque era un día santificado, que pertenecía a Dios. Durante veinticuatro horas, el israelita se abandonaba absolutamente a su Señor. En él podía regocijarse y explayarse en agradecimiento y alabanza a su Señor, porque en él no sólo se podía disfrutar de toda su obra, también de su portentosa Salvación.