Noé, su familia, y las criaturas vivientes entran en el arca, y el diluvio comienza (Génesis 7:1-12).

Ciertamente, nada es tan importante en la vida como lo que Dios opina de nosotros. Sin duda, Noé tenía sus debilidades, y habría cometido sus errores a lo largo de una vida tan dilatada, sin embargo, el texto afirma que era justo delante de Dios. Era así porque confiaba en aquel que le podía perdonar. Conocía el significado del arrepentimiento y los sacrificios. Buscar su voluntad era una prioridad en su vida. En definitiva, Noé amaba a Dios. Nunca agradaremos a Dios por nuestras obras, porque pesándolas en la balanza son menos que nada. Sin embargo, el Señor nunca rechazará un corazón que le ama con todas sus fuerzas, aunque estas, a veces, fallen o flaqueen.

Dios tiene su propio calendario, y su propia agenda. Y cumple lo que promete. Al igual que en tiempos de Noé, el Señor vendrá sin avisar, pero a tiempo.

El juicio de Dios acontecerá, como en tiempos de Noé. Y, aunque los hombres traten de refugiarse en muchas partes y de muchas maneras, no habrá escapatoria. Si en aquellos tiempos el Arca fue la única salvación, de la misma manera hoy, sólo la Cruz nos puede rescatar.

Las palabras de Jesús en los Evangelios aportan luz a los tiempos previos al diluvio. Se nos dice que, en aquel entonces, a nadie le pasaba por la cabeza que algo como el Diluvio pudiera acontecer. De hecho, se nos dice que en aquellos momentos previos a la gran tormenta la gente gozaba de prosperidad y tranquilidad. La vida transcurría en medio de fiestas nupciales en las que la gente disfrutaba con indulgencia divirtiéndose, comiendo y bebiendo. Desde luego, vivían totalmente ajenos a lo que estaba a punto de ocurrir.

En la provisión del Arca subyace la idea de un nuevo comienzo, de una nueva Creación. Dios provee, y da a conocer que el juicio comenzará, pero también acabará.

Si bien el juicio fue repentino, Noé recibió el aviso con 7 días de antelación con el fin de iniciar los preparativos. No es difícil constatar cierto paralelismo con el tiempo de preparación que la Iglesia vive actualmente frente al inminente juicio de Dios.

La justicia de Noé viene de la fe, de la cual era heredero y predicador; por esto era justo «delante» de Dios. Y si lo era delante del Creador de todas las cosas, entonces nadie podía cuestionarlo. Ello demuestra su justificación, no por el cumplimiento de las obras de la ley, sino por la justicia de Cristo; porque por las obras ninguna carne viviente es justificada delante de Dios; así que, aquello que diferenciaba a Noé de la sociedad que lo rodeaba era precisamente su fe. Pues a través de ella somos vivificados, y sin ella somos condenados por la iniquidad que brota de la incredulidad.

La fe y la obediencia de Noé (Génesis 6:22).

La verdadera fe siempre motiva. Dispone nuestro corazón a escuchar la Palabra de Dios con una clara disposición a obedecerla. La fe es el llamado de Dios, nuestras obras son la respuesta. El orden de los factores sí altera el producto, en este caso. No puede ser al revés. Para tener fe primero hay que escuchar. Hay que prestar atención a la Palabra de Dios. Escudriñarla con cuidado, siempre con la ayuda del Espíritu Santo. Pero, una vez hemos sido instruidos debemos actuar según las instrucciones recibidas.

Noé hizo todo conforme a todo lo que el Señor le había mandado, nos dice la carta a los Hebreos en su capítulo 11. Actuó porque creyó tanto sus promesas como sus advertencias. En este texto apreciamos que Dios reconoce, incluso alaba, la fe de Noé. La grandeza de la fe de Noé radica, sin duda, en la absoluta confianza depositada en las palabras del Creador.

Probablemente, el pecado más notorio de la iglesia, así como el más peligroso es aquel que, o bien tergiversa el mandamiento de Dios, o bien le añade algo por encima. Sólo hay un camino, que no debemos dejar ni a derecha, ni a izquierda.  Así pues, debemos evitar tanto eludir el mandamiento como hacer más de lo que se nos ha pedido, como Saúl cuando preservó la vida de los Amalecitas, algo que Dios no había ordenado. El transgresor no tiene excusa cuando peca, pero el que añade al mandamiento de Dios no duda en atribuirse un mérito, y por lo tanto también la gloria.

Es cierto que no siempre coincidimos con Dios en lo que a su voluntad se refiere. A menudo tenemos un concepto demasiado alto de nosotros mismos. O hemos encerrado la voluntad de Dios en determinados estereotipos, como el ministerio público en las iglesias, o quizá el mero activismo religioso. Porque a la razón le encanta deleitarse en todo aquello que le resulta espléndido. Pero, Dios está interesado, básicamente, en fomentar y desarrollar nuestra capacidad de servir y amar. Dios suele mandarnos cosas ordinarias y corrientes, que a veces son desagradables o humillantes, incluso ofensivas ¿Qué pensaríamos si la obediencia al Evangelio nos demandara cosas tan corrientes como que los siervos tienen que obedecer a sus amos o los hijos a sus padres? Pues bien, me temo que es justamente esto lo que se nos está pidiendo.

En lo que se refiere a las personas, se considera sabiduría popular no fijarse tanto en quien habla como en lo que dice, porque como dice el dicho “por la boca muere el pez”. Pero, cuando consideramos los preceptos de Dios y la verdadera obediencia, este axioma debería considerarse a la inversa. No se debe tener en cuenta tanto lo que se nos dice como quien nos lo dice. Un claro ejemplo lo tenemos en Eva. Tuvo más en cuenta lo que se le decía que quien selo decía.

Hay preceptos bíblicos que nos parecen más honrosos que otros. Y suele ocurrir que aquellos que menos valoramos acostumbran a ser los más importantes para Dios. Por ejemplo, ser un buen marido, o una buena esposa, educar sabiamente a los hijos no acostumbran a valorarse entre nosotros, quizá lo damos por sentado, sin embargo, son, a todas luces, asuntos de mucha responsabilidad y gran trascendencia. Por desgracia, incluso hombres de Dios han fracasado en levantar y mantener adecuadamente su familia. Porque para convivir en el matrimonio o educar a tus hijos, también es necesaria la ayuda divina.

Debemos, pues, no caer en el error de dar más valor a aquello que los hombres tienen en gran estima. No preocuparnos tanto por las apariencias. Porque todas las labores son importantes. Especialmente las que no se ven. Todo acto de servicio es importante para el Señor, sobre todo cuando hablamos de tareas que son poco honrosas. No sólo de testimonio público vivirá el hombre.

¿En qué consiste entonces esa falsa piedad de la que tan orgullosos nos sentimos?  En otorgar la preeminencia a ciertas tradiciones de gran vistosidad como pueden ser la visibilidad en los cultos, participar ostentosamente de la mesa, o hacer exhibición del ayuno. Todo esto, siendo bueno, fácilmente puede convertirse en una tapadera para ocultar pecados tan bajos como la codicia, la avaricia, el robo, el odio, la mentira o el adulterio.

Semejante despropósito sólo puede privarnos, a nosotros y a los que están a nuestro alrededor, de las riquezas de una vida verdaderamente piadosa basada en el sacrificio y el amor sincero a Dios y, por ende, a los demás.

Por eso, en cuestiones espirituales es tan importante tener en cuenta quien nos está hablando. De ahí que la Palabra de Dios debe tener la preeminencia, no porque sea más o menos razonable, sino porque sabemos quién es el autor que la ha inspirado.

La grandeza de la obediencia de Noé radica en que no cuestionó las órdenes de Dios, por ser quien era. Sabía que era razonable fiarse de Él. Creyó que obedecerle era realmente la única forma de ser salvo. No dudó de su bondad y sabiduría. No hizo como Adán, Eva o el mismo Saúl, más adelante, que sí cuestionaron las órdenes del Señor. Noé supo ver la majestad divina y rendirse ante ella. No le importó lo que pensaran sus contemporáneos.

Noé advierte del diluvio y del propósito del arca (Génesis 6:12-21)

La corrupción del hombre afecta todo lo que nos envuelve. Porque, no sólo nos corrompemos nosotros, lamentablemente, también corrompemos todo aquello que tocamos. Si había algo que caracterizaba la sociedad de Noé era la corrupción.

Así que, Dios ofrece una salida a Noé. Una única posibilidad de salvarse del juicio y la destrucción que Dios, en su justo juicio, ya había decretado: El Arca. A lo largo de la Escritura deducimos que la inmensa nave evoca, inevitablemente, la Cruz de Cristo, o el Arca de la Alianza.

Esta peculiar nave dispone sólo de una ventana en la parte superior que nos permitirá dirigir la mirada hacia el Cielo. Esta será la única fuente de luz durante los días que dure el diluvio en esta singular travesía de fe.

El Arca no es meramente un medio de transporte. También es un pacto entre Dios y Noé. Entrando en el arca Noé tiene la salvación garantizada. Habrá sitio para Él y para su familia, así como para toda especie animal.

Pero para que esto ocurra Noé deberá seguir escrupulosamente las instrucciones dadas por Dios. El Arca debía ser de madera de ciprés, debía tener una composición específica, y algunas características en particular. Por ejemplo, debía tener compartimentos y estar calafateada por dentro y por fuera. Porque no era un Arca “sobrenatural”, aquel artilugio obedecía las leyes de la física como cualquier otro cuerpo. De ahí lo minucioso que fue el Señor en las instrucciones para construirla. Ahí quedaba por delante la monumental tarea de edificar, hacerse con toda provisión, y granjearse multitud de animales.

Los ojos de Dios recorren la Tierra observando todo lo que ocurre en ella nada de lo que sucede les es indiferente. La corrupción del hombre es un mal endémico. Especialmente entre el Pueblo de Dios, tal y como nos muestran las Escrituras. Es por ello que debemos estar en alerta constante, porque somos tan proclives a la idolatría como el borracho al alcohol. La maldad que anida el corazón del hombre nunca está quieta. Siempre está en desarrollo constante, adaptando nuevas formas, y haciéndose cada vez más contagiosa y familiar. Suele ir siempre acompañada con manifestaciones de violencia. Especialmente contra aquellos que no la practican.

Pero, Dios actúa siempre conforme a su justicia, y conforme a su misericordia, tal y como vemos en este pasaje. Sin embargo, su paciencia es grande, y su palabra antecede siempre su juicio. Hoy, al igual que Noé, la iglesia tiene el ministerio de la reconciliación entre Dios y el hombre ante el juicio que se cierne sobre todos.

El Apóstol Pedro nos da los mejores consejos para los últimos días: El ser prudentes, tener sano juicio, ser moderados, sobrios, discretos, y sobre todo fervientes en la oración, sin olvidarnos de la adoración que merece nuestro Dios.

Este mundo recién creado tiene fecha de caducidad. El fin viene siendo anunciado en las Escrituras por los profetas de Dios desde tiempos inmemoriales. Noé fue el primero. Y si, a pesar del predicador de justicia que fue Noé, Dios destruyó la Tierra, también lo volverá a hacer esta segunda vez, pero ya definitivamente. Por eso, el arrepentimiento tiene hoy más valor que nunca.

Pero, Dios siempre ha permanecido fiel a sus pactos. Igual que lo mantuvo con Abraham, y ahora con Noé, lo hará con nosotros. Y nuestro pacto es mayor que el de ellos, porque es el pacto que se hizo en la cruz. Entre Dios y Jesucristo, y Jesucristo y nosotros. Así que, los que hemos creído, no tenemos que temer todo el juicio que ha de venir sobre la Tierra.

El Señor Jesucristo lleva tiempo preparando un nuevo lugar, dónde no sólo las personas, también los animales y la naturaleza en su conjunto viviremos en paz, sin temor y armonía.

El Diluvio es un acontecimiento histórico. Es recogido por distintos pueblos tan ancestrales como los Caldeos, los griegos o los Romanos. Y encontramos relatos de este en culturas tan lejanas como la mejicana o la peruana.

Nos hallamos ante uno de los primeros grandes pactos de las Escrituras. Por un lado, Noé obedecerá las instrucciones de Dios construyendo el Arca, y entrando en ella, y por el otro Dios los privará de la destrucción venidera sellando la puerta. Finalmente 8 personas fueron las únicas que sobrevivieron al Diluvio. Noé, sus tres hijos sus correspondientes cónyuges.

Dios es omnisciente. Esto significa que nada escapa a su conocimiento. Si hay corrupción Dios la ve, y no le pasa desapercibida. No debemos olvidar que la corrupción siempre tiene un mismo origen: La idolatría, que es la que nos conduce inevitablemente a la carnalidad y a la depravación.

Pero, a Dios tampoco le pasan desapercibidos sus hijos. Aquellos que le buscan y le aman. Por eso Dios no se olvidó de Noé. Pero, para salvar a Noé del inminente juicio sobre toda carne, Noé debía seguir detalladamente las instrucciones de Dios. De esta forma Noé validaría la fe puesta en el Dios Creador de los Cielos y la Tierra.

El Arca es sinónimo de Salvación. No era una nave para trasladarse de un lugar a otro, sino el único lugar donde poder despegarse de este mundo y seguir con vida. Siguiendo las instrucciones que Dios les había dado no les faltaría de nada.

Las dimensiones del arca son suficientes para acoger a todos los que iban a ser salvos y proveerles de todo lo necesario. Tanto para la tripulación como para todos los animales. Podemos afirmar que el Arca es también figura de la Iglesia de Dios. Es Dios quien nos separa del mundo tal y como hizo con el Arca.

Ahora, en la iglesia seguimos las instrucciones dadas por nuestro Señor y Salvador. El Arca de Noé también tenía tres compartimentos, como tenía el Tabernáculo y el Templo.

El Arca sólo tenía una puerta, que bien puede ser figura de Cristo. Porque en ningún otro hay salvación. Porque sólo depositando nuestra fe en Él podemos entrar en la Iglesia. La ventana, por donde entraba la luz, podría ser imagen de la Palabra de Dios, y en especial del Evangelio. La verdad que nos guía y nos hace libres.

El apóstol Pedro afirma que el Bautismo es antitipo del Arca. Así que el Arca es también representación de un entierro, cuando entraron en ella, y emblema de la resurrección de Cristo y la nuestra cuando de ella salieron. El bautismo, obviamente, no salva, pero sí nos dirige a Cristo, el autor de nuestra salvación.

La maldad del mundo que provocó la ira de Dios (Génesis 6:1-7) .

Vemos que los seres humanos comienzan a extenderse sobre la faz de la de la tierra. Parece, también, que la humanidad se divide en dos grandes grupos, los Cainitas, idólatras por antonomasia, y los descendientes de Set, también llamados Hijos de Dios porque adoraban y servían al único Dios verdadero creador de los Cielos y la Tierra.

La belleza de la mujer destaca entre todo aquello que es digno de admirar. Tiene una atracción y un poder especial ya desde el comienzo la belleza de algunas ellas era tal, que los hijos de Dios, aquellos que no seguían el camino de la idolatría, los deseos de la carne, de la vista y del orgullo de la vida, sucumbieron a su encanto tomando de entre todas ellas. Lamentablemente, se dejaron llevar por los mismos principios de aquellos que no adoraban ni conocían a Dios.

El criterio que siguieron para juntarse con ellas no fue otro que el que dictaba su belleza. Escogieron como el que escoge una flor, un caballo, o una casa. No parece que pesara en su decisión si estas mujeres practicaran la idolatría o no.

Mezclar lo que es santo y lo pagano nunca dio buen resultado. Cuando el mal parasita el bien las consecuencias son funestas. Nacen bestias colosales con gran poder destructor. Por ello, Dios prevé que ahora el mal va a retroalimentarse peligrosamente y terminará eclosionando como un volcán en erupción. Para evitar males mayores será necesario acortar los días del ser humano.

De aquellos emparejamientos salieron hombres poderosos en fuerza y en conocimiento. Grandes héroes que emplearon su astucia, fuerza y destreza para llevar a cabo grandes planes de conquista y expansión. Extendieron sus dominios empleando la violencia y granjeándose el favor y la admiración de todos aquellos que los apoyaban.

A raíz de este fatídico mestizaje, el mal se extendió sobre la Tierra alcanzando cualquier rincón. Se desató el desenfreno. Saciar los apetitos se convirtió en el “leitmotiv” de la existencia humana. La promiscuidad sexual, la avaricia y la violencia campaban a sus anchas por todas partes.

Era tal el libertinaje y la maldad de los hombres, que a Dios le pesó profundamente haberlos creado. Llama la atención la humillación que sintió Dios. Sin duda, se sintió traicionado y se arrepintió de habernos dado semejante albedrío. Él, que tanto había puesto de sí en nosotros, siendo él Dios todopoderoso, tenía que presenciar impávido nuestra maldad.

¿Dios puede sentir dolor? Sí, si puede. Precisamente porque ama. Por eso nuestra maldad le afecta tanto. Porque no sólo fuimos hechos por Él, también nos hizo a su imagen y semejanza. Porque, nos guste o no, nuestros lazos con Él son sumamente estrechos.

Dios no quiere acabar con el hombre y con todos los animales que creó simplemente porque sufrió un ataque de ira. Fue porque, aunque somos criaturas suyas y nos ama sobremanera, no puede dejar de ser justo. Y si quiere seguir siéndolo, tiene que terminar con toda esta barbarie “cortando por lo sano”.

Pero, aunque Dios tenía motivos de sobra para terminar con la humanidad, no lo hizo. Dios otorga 120 años de tregua en los que el hombre tendrá la oportunidad de humillarse delante de Él y arrepentirse. De lo contrario, sólo podrá esperar un justo juicio. Aún estamos a tiempo de pedir a Dios que abra nuestros ojos y nos haga ver nuestra maldad. Sólo Dios, que es espíritu, puede abrir nuestros ojos espirituales para ver nuestra iniquidad.

El deterioro de la humanidad en los momentos previos al diluvio no era tan distinto al que hoy sufren nuestras sociedades. Eran carnales, amadores de placeres, habían olvidado quien los creó y con qué propósito. También eran amadores de lo terrenal, violentos, e ignorantes de todo el conocimiento de Dios. Focalizados en sus propios intereses temporales, eran incapaces de sentir empatía los unos con los otros. Corrupción por dentro, e injusticia por fuera. Consiguieron vaciar la religión de toda piedad.

Se nos dice, pues, que la maldad se propagó exponencialmente por toda la Tierra, como un virus. La corrupción, y la violencia eran generalizadas. Desenfreno y disolución entre las clases más bajas, y crueldad y opresión entre las más altas.

La situación era tan lamentable que el mal era ya una constante, nadie reflexionaba sobre lo que hacía, nadie se planteaba que la vida pudiese tener otro propósito, no hacía falta buscar algún acto de justicia, porque no lo había en ningún lugar. Cuál no sería la perspectiva del Señor, aquel que escudriña y conoce los corazones.

Dios se representa a sí mismo arrepintiéndose de haber creado el hombre. Tal era el dolor y la aflicción de su corazón a causa de la iniquidad del ser humano. Porque la maldad del hombre no sólo es algo congénito, también es una decisión tomada a conciencia que podía haberse evitado.

Así que Dios, para evitar aún males mayores toma la decisión de destruir la obra de sus manos. Cuán grande no sería la maldad, y cuán provocadoras no serían las transgresiones, para que el Dios de toda misericordia llegase a tomar esa determinación. Nosotros podemos restar importancia al pecado, podemos burlarnos de él, pero Dios nunca dejará de tomárselo muy en serio.

Prosigue la descendencia de Adán (Génesis 4:25-26) 

Pero, la descendencia de Adán y Eva no se detiene. Dios bendice la relación matrimonial que tienen Adán y Eva y les otorga más hijos y más nietos. Entre ellos Set y Enós. Eva descubre que Dios le ha restituido a Abel de alguna forma con el nuevo retoño. 

Set significa “designado” o “substituto”. El tercer hijo de Adán y Eva. Eva le dio este nombre porque percibió que, efectivamente, era el sustituto de Abel según designio de la providencia divina. Él será otra simiente, de hecho, la palabra que utiliza Eva para referirse a su hijo significa “semilla”, aquella por la cual Dios llevará a cabo sus propósitos. Así que, de la descendencia de Set vendrá Noé. Por lo tanto, cuando acontezca el diluvio universal, será su descendencia la única que sobrevivirá. 

Enós será hijo de Set, y nieto de Adán y Eva.  El siguiente eslabón de la genealogía por la cual vendrá la promesa de Dios.  Enós significa “mortal”. Un recordatorio de la transitoriedad de la vida y una señal que nos advierte que la muerte es tan real como la vida. Aunque Enós haya sido uno de los hombres más longevos que encontramos en las Escrituras (915 años). 

No sabemos exactamente lo que significa que en aquellos tiempos “los hombres empezaron a invocar el Nombre de Dios”. Hay diversas teorías al respecto. 

Lo cierto es que los tiempos ya distan mucho de aquellos principios en que Dios se paseaba por el jardín del Edén y charlaba con Adán. En el Edén Dios busca al hombre, fuera del Paraíso es necesario que el hombre también le busque a Él.  

Literalmente, el texto significa: “Los hombres empezaron a llamarse a sí mismo por el nombre del Señor”. Lo cual da pie a pensar que, en los tiempos de Enós, en la humanidad empezaron a formase dos grandes grupos. Aquellos que buscaban y seguían a Dios, y aquellos que preferían ir en pos de los ídolos. Es tal el vacío que deja la caída en el hombre, que forzosamente debe llenarlo con algo. Tenemos la necesidad vital de adorar y sólo tenemos dos opciones: O el único Dios verdadero hacedor de los Cielos y la Tierra, o los ídolos que comprenden cualquier cosa creada, bien sea por Dios, o por los hombres. 

Por un lado, estaban aquellos que se reconocían a sí mismo como hijos de Dios, y por otro lado aquellos que sólo se veían a sí mismo como hijos de los hombres. 

Hay eruditos que piensan que fue en aquel tiempo cuando surgió la idolatría. En este tiempo muchos cayeron en el engaño de creer que adorando la creación adoraban al Creador. Los hombres empezaron a adorar los astros y con ello pensaban que rendían culto al que los creó. Después de la caída, la idolatría se extendió rápidamente dejando cada vez menos verdaderos adoradores. Todo ello nos recuerda que 

  • Sólo hay una manera de adorar al único Dios verdadero. Otras formas de hacerlo son formas encubiertas de idolatría, por sinceras que sean. 
  • Porque Dios es bueno, aquellos que no le adoran terminaran envidiando a los seguidores del único Dios verdadero llegando a odiarles o incluso perseguirles. 
  • No debemos rechazar las portentosas obras de los hombres. Dios ha dado sabiduría al hombre para que nos beneficiemos de ellas. Pero, no debemos caer en el error de adorar la obra de nuestras manos, más bien debemos siempre dar gracias a Dios por ellas. 
  • No se puede navegar entre dos aguas. O eres hijo de Dios o no lo eres. Debemos aprender a distinguir lo que es santo y lo que no lo es. Hay un pueblo que es de Dios y otro que no lo es. 

Lamec y sus esposas, y las habilidades de los descendientes de Caín (Génesis 4:19-24).

Una familia bien numerosa brota de nuestros primeros padres. De sus matrimonios, rápidamente se estableció la humanidad. Caín fundó una ciudad precursora de la ciencia, el arte y la cultura. Esta fue la ciudad de Caín. Una ciudad espléndida, pero pagana. Alejada de la presencia de Dios.

Pero no podemos negar que la obra de Caín fue fecunda. Caín engendró a Lamec, quien fue el primer polígamo según el libro de Génesis. No sabemos si fue realmente el primero en tener dos mujeres, pero lo cierto es que, en la Biblia, la poligamia no suele dar buenos resultados, entre otras cosas, porque nunca fue el plan original de Dios. Entre los prominentes descendientes de Lamec nos encontramos con Jabal, que significa inventor o maestro. Sin duda fue un “Leonardo Da Vinci” de su tiempo. Creador de las tiendas donde podían refugiarse los pastores. Por ello fue precursor de la industria ganadera.

Jubal, su hermano no fue menos. Fue un músico superdotado. Se nos dice que fue el padre de la lira y la flauta. Un auténtico Mozart de la época. Hay quien dice que, en realidad, Jubal fue el inventor de los instrumentos musicales. Porque las palabras utilizadas en el original para referirse a los instrumentos son genéricas, e incluyen tanto los instrumentos de cuerda como los de viento.

La descendencia de Lamec pone los fundamentos de la civilización tal y como la conocemos hoy. Otro de sus hijos, Tubal-caín, fue el que desarrollo la industria del hierro y el metal. Gracias a sus dotes se pudo trabajar el preciado mineral para ingeniar valiosos utensilios y, desgraciadamente, poderosas armas.

Algún erudito ha sugerido que Vulcan, el dios de la mitología griega y romana que representaba el fuego y el metal, toma su nombre de Tubal-caín. El nombre hubiera derivado de Tubal-caín a Vulcaín para terminar en Vulcan o Vulcano. Curiosamente, la esposa del dios griego, Venus, significa “belleza”, como Naama, la hermana de Tubal-caín. Y el nombre de su madre “Zila” significa tintineo, o sonido metálico.

La tiranía de Lamec se hace rápidamente notoria. Vemos como el descendiente de Caín se llena fácilmente de orgullo, odio y arrogancia. Algo que ocurre con facilidad a todo aquel que se embriaga de poder. La respuesta del tirano a aquellos que le causaban algún daño es a todas luces desproporcionada. El engreído no deja, además, de pavonearse constantemente delante de sus mujeres. De hecho, sus palabras están escritas en forma poética. Dicen que es el fragmento poético más antiguo de la historia.

Se han hecho muchas especulaciones sobre este texto. Diremos, simplemente, que es posible que la descendencia de Caín, en este caso Lamec, sufriera a menudo ataques de todos aquellos que aún querían vengar la sangre de Abel. También es posible que, ante el miedo de sus esposas, Lamec decidiese cortar por lo sano y dar un castigo ejemplar que fuese notorio a todos los que aún buscaban retribución. Queda también claro que Lamec trata de escudarse burdamente en las palabras protectoras que Dios declaró a Caín, dando por sentado que, si Caín fue protegido siendo culpable, él siendo inocente tenía derecho a siete veces esa misma protección.

Pero, fueron los excesos de Lamec y su egocentrismo los que le condujeron a la violencia. Era tal su ambición y egolatría que le llevaron al asesinato por causas más bien caprichosas. No toleró que un hombre lo hiriera, no sabemos el motivo, pero lo cierto es que terminó con su vida por algo que podía haber restituido de otra forma. El otro caso es aún más injusto. Porque fue, parece ser, un muchacho, alguien joven, quien le dio un golpe, y ni tan solo sabemos si fue intencionado o no.

Son señales de advertencia. La egolatría, la ambición desmedida, la codicia y el afán por el poder y las riquezas pueden hacernos crueles. Pueden hacernos despreciar la vida humana hasta tal punto de tolerar o causar la muerte de seres humanos con tal de mantener nuestro “Status quo”.

Lamec da por sentado que su vida vale más que la de los demás. Considera además que la venganza es más eficaz que la justicia. La arrogancia y la soberbia del descendente de Caín es más que manifiesta.

Todas las leyes y mandamientos de la Escritura hacen hincapié en preservar la vida humana.  Distinguen claramente entre el valor de lo material, el de los animales y el de las personas. También iguala en gravedad el odio y el asesinato, aunque las consecuencias sean distintas.

La venganza siempre debe ser el último recurso y, en cualquier caso, lo correcto siempre es no vengarse sino encomendar el agravio al Señor, quien juzgará rectamente.

Hay rasgos que distinguen claramente a los inicuos: Son charlatanes, arrogantes, y encima se vanaglorian de su iniquidad.

De nada sirve la jactancia. Sea, cual sea nuestra situación. Porque, ciertamente, no sabemos lo que ocurrirá mañana.

Jesús ironiza las palabras de Lamec cuando afirma ante sus discípulos que no sólo deben perdonar 7 veces, sino setenta veces siete.

La primera pregunta para el alma es: “(Adán) ¿dónde estás?”, la siguiente es “¿Dónde está tu hermano?”.  Todos somos guardianes de nuestros hermanos. Todos los que tienen alguna relación con nosotros, que están a nuestro alcance, o necesitan nuestra ayuda tienen derecho a reclamar.

No debemos aprovecharnos de ellos. Su bienestar y el nuestro son inseparables. Dios conoce a cada uno de sus hijos, no se olvida de ninguno de ellos. Vengará a cada uno de sus santos. La sangre de ellos clamará al cielo y la retribución de Dios no tardará en llegar. Sólo hay una sangre que clama delante de Dios más fuertemente que la de sus Santos. La sangre de Jesús. Porque su sangre habla mejor que la de Abel (Hebreos 12:24). Y esta sangre clama por misericordia y por perdón.

Caín mata Abel, y la maldición de Caín (Génesis 4:8-15).

Génesis 4:8-15

Nos encontramos ante el que es, quizá, el pecado que más nos afecta y peores consecuencias tiene: El odio. Nunca debemos subestimar su influencia y su poder sobre nosotros. Como vemos en el caso de Caín y Abel, la envidia suele ser uno de los principales detonantes de esta lacra.

Caín y Abel tenían una estrecha relación, eran hermanos, quizá incluso gemelos. Desgraciadamente, Caín se dejó arrastrar por la fuerza del mal, recién introducida en la humanidad y consumó su odio cometiendo el primer asesinato de la historia.

Podemos destacar del texto la cercanía que aún había entre el Señor y estos primeros seres humanos. El diálogo entre Caín y el Señor parece de lo más normal. Sorprende incluso el atrevimiento de las palabras del fratricida.

Está claro que Dios conoce todas las respuestas. Las preguntas que Dios suele hacer al hombre son aquellas que el hombre ni tan solo se plantea. En la respuesta de Caín notamos dos cosas. Primero, aparte de asesino, Caín también era un mentiroso. Segunda, manifiesta poca preocupación por aquellos que le rodean. Aparentemente, sólo está preocupado por sí mismo.

Dios hace que Caín se vea reflejado en la sangre de su hermano “¿Qué has hecho?” Quiere que vea que no hay pecado que le pase desapercibido. Y que Él (Dios) sí se preocupa por Abel (todos los seres humanos) a diferencia de Él. Después de estas palabras, a Caín sólo le queda esperar el veredicto de Dios.

Las consecuencias de nuestros actos son inmediatos e inevitables. Como si de la fuerza de gravedad se tratara, Caín ya se halla bajo los efectos de sus acciones. Una maldición ha eclosionado tan pronto la tierra recibió la sangre de su hermano. Ahora, la tierra no sólo le será ardua, también le será hostil. Los pies de Caín no serán bien recibidos en ningún sitio. Tendrá que vivir errante, sin un emplazamiento fijo. Caín ve que su castigo es demasiado grande para poder sobrellevarlo.

Un hombre tan arraigado a la tierra, que tanto ha trabajado, tiene que vagar ahora sin protección alguna. Además, cualquiera que lo vea sabrá quién es y lo que ha hecho, por lo tanto, no tardará en vengar la sangre de su hermano.

El primer asesinato de la historia fue por motivos religiosos. Desde entonces el odio que germina en una falsa religiosidad no ha dejado de derramar sangre de justos y fieles adoradores del único Dios verdadero.

La sangre de Jesucristo, leemos en el libro de los Hebreos, habla mejor que la de Abel. En ella Dios establece un nuevo pacto por el cual nuestros pecados son perdonados, las demandas de justicia por parte de Dios quedan satisfechas, y todos aquellos que han sufrido martirio a causa de la verdadera fe son vindicados.

La humanidad, después de este episodio, parece quedar dividida entre Caines y Abeles.  Los primeros pertenecen al Maligno, son mentirosos y asesinos. Son asesinos porque sus obras son malas y no soportan las buenas obras de sus hermanos. Son los que no les importa matar con tal de obtener algún beneficio.

Los dos atributos que mejor definen a Satanás, según las palabras de Jesús son: Asesino y mentiroso. Vemos como ambas cualidades le han acompañado desde el principio. Todo aquel que le sigue es mentiroso y asesino sin remedio.

Pero, aunque el juicio de Dios se haga esperar, ciertamente vendrá. Y toda sangre inocente derramada tendrá su retribución. La ley contempla la muerte del asesino como retribución. Pero, aquellos que murieron a causa de su fe serán vindicados por el mismo Señor. Él mismo pedirá cuentas y hará cumplir la ley.

La idea del juicio de Dios recorre todas las Escrituras. Y no hay escapatoria fuera de la sangre de Cristo. El día terrible de juicio se avecina, y no habrá escapatoria. Sólo aquellos cuyos pecados han sido lavados por su preciosa sangre serán salvos.

Después de asesinar a su hermano (v. 8) Caín negó tener cualquier responsabilidad (v. 9), además, llegó a afirmar que el castigo de Dios (falta de cosechas y vida errante, vv. 10-12) era incluso demasiado severo (v. 13). Aun así, Dios lo protegió gentilmente con una marca o señal que disuadía a cualquier vengador de acabar con su vida (v. 15 — en ninguna parte se aclara cuál fue la naturaleza de esta «marca”), pero le mantuvo la condena a una vida nómada a perpetuidad (v. 12).

Esta fue su condena, ser desterrado de la presencia de Dios (v. 14). Aun así, Caín desafió esa maldición viviendo en una ciudad de la tierra de Nod (literalmente «errante»), al este del Edén (v. 16).

También nos encontramos con el nacimiento de varios principios mosaicos: (1) Los sacrificios deben ser ofrecidos a Dios desde un corazón de fe, y deben ser siempre lo mejor del ganado: Los primogénitos (v. 4). (2) Los israelitas debían responsabilizarse de sus hermanos — protegiéndose los unos a los otros, y nunca matarse entre ellos. (3) La sangre homicida contamina la tierra demandando venganza — la sangre derramada será prueba del crimen (v. 10). (4) Del mismo modo que la venganza de sangre sobre Caín fue evitada por Dios a través de una señal sobre su cuerpo, más adelante establecerá ciudades refugio para evitar que cualquier vengador termine con la vida de ningún israelita. (5) La culpabilidad y el castigo que acarrea forman parte del fundamento de la teocracia de israelita. (6) Vivir sin Dios es peligroso. Sin su protección quedaban expuestos a sus enemigos. (7) A veces el hermano mayor puede ser rechazado en favor del más joven, cambiando así la preceptiva costumbre social.

Nacimientos, trabajo, y religión de Caín y Abel (Génesis 4:1-7)

Génesis 4:1-7

Ahora, Adán y Eva van a estar mucho más solos que antes. Van a padecer la decisión de vivir “por su cuenta”. Ahora se necesitan el uno al otro, pero no como antes. Ahora hay mucho vacío que llenar, y ambos saben que nunca van a satisfacerse como Dios lo hacía antes.

De todas formas, Dios no los ha abandonado. Habrá sido voluntad de ambos tener un hijo, pero sólo con la ayuda del Señor Eva ha concebido, según nos cuenta. El milagro de la concepción en las mujeres ya es una realidad, y con ella parece haber cierta predilección por los varones, tal y como manifiesta Eva. Quizá es un principio de lo que hoy conocemos como misoginia, un mal que ha recorrido toda la historia hasta nuestros días. Quizá Eva, consciente de la dureza de la vida, ve el tener un varón como un activo, más que una carga. O simplemente, la madre de todo ser humanos albergaba en su corazón que de Caín vendría la salvación prometida por el Señor. En cualquier caso, veremos como empiezan a surgir elementos en la historia que pronto derivarán en diversidad de conflictos.

Observamos que con Caín y Abel surgen los oficios. Cada uno se especializó en una profesión. Uno como agricultor, y el otro como ganadero. También vemos la aparición de la religión, algo que, hasta ahora no hacía falta. Presenciamos también el primer acto litúrgico de la historia, que curiosamente, será el primer foco de odio que ha conocido la humanidad.

Vemos también una forma de sacrificio y adoración a Dios que le agrada y otra que no. Una pasa por la expiación mediante el derramamiento de sangre de los mejores animales, los primogénitos del rebaño, y el otro por la ofrenda de parte de una cosecha de la tierra.

Son dos formas de religión antagónicas y que se hallan en conflicto hasta el día de hoy. Una, la que desagrada a Dios, es totalmente contraria a la verdadera, hasta el punto de que, aquellos que la practican acaban odiando y persiguiendo sin remedio a los que viven la otra.

Caín no le ofrece lo mejor de la cosecha, tan solo una parte de ella. Con esta actitud demuestra que no se siente realmente agradecido, tan solo en parte quizá. Atribuyéndose la mejor parte para sí, reduce la ofrenda a un mero acto “protocolario” que busca más bien algún tipo de “mercadeo” con Dios, en lugar de una auténtica ofrenda de paz a través de un acto de sacrificio sincero sin esperar nada a cambio. Por otro lado, a nadie escapa que lo único que ofrece Caín es su gran esfuerzo. Una mente racional podría justificar a Caín poniendo en relieve las largas jornadas de trabajo bajo el sol, o la lógica prudencia de almacenar parte de la cosecha para abastecerse mientras la tierra no dé su fruto.

Sin embargo, la adoración de Abel si fue recibida con agrado por parte de Dios. Primeramente, el texto nos dice que Abel ofreció lo mejor de su ganado. Al dar los primogénitos manifestaba un sincero y profundo agradecimiento a Dios. De algún modo, estaba reconociendo que toda bendición proviene de Dios. Por otro lado, admitía que no hay esfuerzo humano, por grande que sea, que pueda satisfacer a Dios. Finalmente, Abel entendió que sin derramamiento de sangre no puede haber remisión de pecados. Abel entendió la gravedad del pecado y de algún modo es precursor del sacerdocio del creyente. Su sacrificio fue el primer destello de la futura venida del cordero de Dios, aquel que quitará el pecado del mundo.

El resultado de agradar a Dios es inmediato: Gozo y Paz. El resultado de agradarse a sí mismo es conflicto y amargura. Como creyentes deberíamos analizar nuestro estado. Porque cuando somos fuente de conflicto y de amargura, quizá la ofrenda que estamos presentando a Dios es la ofrenda de Caín.

Llama la atención la actitud del Señor con Caín. Lo vemos queriendo entrar a razonar con él. Tratando de que vea cuál es el motivo de su enojo. Procura hacerle ver que no ha obrado correctamente. Que su actitud egocéntrica, en realidad, lo deja a la intemperie y desprovisto de protección. Aun así, su mano siempre está tendida. Sí pide ayuda la recibirá. Cuando nos volvemos a Dios, el pecado huye sin remedio. Lamentablemente, Caín decidió no escuchar su consejo.

El pueblo de Israel mantuvo la tradición ganadera de Abel. Lo veremos más adelante. Abel es incluso considerado por el Señor Jesús como el primer profeta mártir.

De las ofrendas de Caín y Abel vemos, tal y como dice el profeta Samuel, que es mejor obedecer la voz de Dios que hacer cualquier tipo de sacrificio. El autor de la Carta a los Hebreos nos enseña que el sacrificio de Abel fue agradable a Dios porque fue fruto de la fe depositada en la sangre de aquel animal primogénito, figura del Señor Jesús.

Tal y como dice la Escritura, el Señor no se deja impresionar por las apariencias. Él mira en lo más profundo del corazón, y es capaz de discernir lo más íntimo del corazón. Caín trató de impresionar a Dios por sus logros, su espíritu fue de altivez y falta de humildad. En la religión de Caín encontramos los caminos de Balaam, el hombre de Dios que sucumbió al soborno, y al deseo de los bienes materiales.

A pesar de nuestras infidelidades y de nuestro caprichoso egocentrismo, Dios nunca deja de buscarnos y de tratar de arreglar las cosas. Su mano tendida continua, hoy en día, a pesar de nuestra indiferencia.

Ignorar la gravedad del pecado no nos librará de sus consecuencias. Tristemente, pasamos por la vida sin pensar en todo lo que acarrea, y acarreará. Nuestra ofensa es contra Dios, y la paga del pecado sigue siendo la muerte y la condenación eterna. El pecado nos acosa constantemente, se adhiere a nuestras manos y llama constantemente a la puerta de nuestra casa. Nuestra voluntad tiene que debatirse una y otra vez con nuestra tentación de cada día.

El Dios de la Biblia es un Dios misericordioso. Puede afirmar que es amor porque lo demuestra constantemente con su pueblo infiel. Su ira no durará toda la vida. Él espera ese giro, ese cambio que germina en un corazón contrito y humillado. No es cierto que la maldad del hombre no tenga remedio. Sí lo tiene, mediante la confesión de pecado y el arrepentimiento ante el Dios de la gracia.

El amor de Dios es firme, inamovible a través de las generaciones. Él ha provisto del Espíritu Santo que nos fortalece y nos capacita para no dejar que el pecado reine nuestras vidas. Porque sólo hay dos opciones en la vida, ser esclavo del pecado y de la muerte, u obedecer los preceptos que nos conducen por caminos de justicia.

Eva dijo, he recibido un hombre del Señor— es decir, «con la ayuda del Señor» — una expresión de gratitud piadosa — y lo llamó Caín, es decir, «una posesión», como si se valorara por encima de todo lo demás; mientras que la llegada de otro hijo recordó a Eva la miseria que implicaba su descendencia, por eso le puso el nombre de Abel, es decir, debilidad, vanidad (Sal 39:5), dolor, o lamentación.

El Señor tenía respeto a Abel, no a Caín, según el texto original. —Las palabras, “tenía respeto a,» significan en hebreo, —»mirar cualquier cosa con una mirada aguda y seria,» que se ha traducido por, «encender un fuego,» de modo que la aprobación divina de la ofrenda de Abel se mostró al ser consumida por el fuego (véase Ge 15:17; Jue 13:20).

Si lo haces bien, ¿no serás aceptado? —¿Una mejor traducción sería: «No tendrás la excelencia»?

Adán y Eva son expulsados del Paraiso (Génesis 3:22-24)

Génesis 3:22-24

Claramente, el estado del hombre es insoportable. El daño que se ha causado es irreparable. No puede sobrellevar el conocimiento que ha adquirido. No puede controlar el mal que ya corre por su interior, siente el peso de su rebeldía, la desobediencia y la confrontación directa con su creador. No puede jugar a ser Dios sin caer en el infierno. Tiene que ser expulsado del Paraíso para que el cáncer del pecado no haga más estragos que los que ya ha hecho. La vergüenza que tuvieron que pasar nuestros padres debió ser mayúscula. Fueron un espectáculo bochornoso al mismo Cielo, que miraría con estupor.

Se acabaron los placeres del Paraíso. Ahora deberán luchar contra multitud de adversidades. Van a sufrir en sus propias carnes el haber dado la espalda a Dios. Ahora la tierra padecerá con ellos. No dará su fruto sin gran esfuerzo y sacrificio. Vemos la conexión que los seres humanos tenemos con la tierra que pisamos. De ella fuimos creados, de ella vivimos, y a ella volveremos. Cuando la tierra sufre, sufrimos nosotros; cuando sufrimos nosotros, sufre la tierra que, en un sentido, nos parió.

Hasta el día de hoy. El árbol de la vida permanece oculto a nuestros ojos y es inaccesible a nuestras manos. A buen recaudo es custodiado por querubines hasta lo volvamos a ver, pero esta vez, en la Jerusalén celestial, sanando a las naciones y dando vida a los pueblos.

La espada de fuego viene a decirnos que el privarnos del acceso al árbol de la vida es resultado del juicio y del poder sobrenatural de Dios. El movimiento de la espada sugiere además que no sólo la entrada, sino todo el camino que conduce al árbol queda fuera de nuestro alcance. Además, un fuerte querubín sellará la entrada al jardín del Edén. Aquí y en otros episodios de las Escrituras, los ángeles aparecen frecuentemente con atribuciones militares y suelen ser ejecutores del juicio divino.

Si bien los ángeles custodian el paraíso impidiendo nuestra entrada en él. Ellos también tienen puesta la mirada en el propiciatorio de la misericordia divina. Ellos contemplan el transcurso de la historia y actúan obedeciendo las órdenes de Dios. Ellos son instrumento de juicio, bien sea para salvaguardar la misericordia de Dios, o para extirpar el mal que infesta la tierra.

Ellos son los brazos ejecutores del poder de Dios. A través de ellos el Todopoderoso hace prodigios y maravillas. Nos dice la Escritura que ellos están implicados en la administración de la Creación entera. Ellos son mensajeros del altísimo. El hilo conductor por el cual es ejecutada su Palabra.

Los ángeles han estado involucrados en este mundo desde la misma creación. Sus intervenciones en la tierra siempre están cargadas de misterio. A lo largo de las Escrituras van apareciendo y desapareciendo. Interviniendo en momentos cruciales, siempre obedeciendo el mandato divino. En ocasiones su aparición es compleja, llena de simbolismo, y muy difícil de entender.

Los querubines tienen un alto rango. Son grandes en majestad y poder. Sus actuaciones tienen siempre una gran trascendencia. Son encargados de velar por lo más sagrado. Viven y actúan cerca del Dios tres veces santo. Conocen el gozo que emana de una adoración sincera y ferviente. No dejan de hacerlo constantemente. Por ella son conocedores de su poder y voluntad. Satanás fue uno de ellos. Él fue quien se camufló en la serpiente del jardín. Su rebelión provocó una escisión en el mismo cielo. Y por su ambición desmesurada, así como por su violencia fue expulsado y condenado. Se dejó arrastrar por el orgullo y por él traicionó a su creador.

El hecho que el texto diga “como uno de nosotros” enfatiza la existencia de la trinidad.  El hecho de que Dios existe en tres personas. La palabra hebrea utilizada para referirse al mal, no sólo se refiere al mal en sí, también a sus consecuencias, como pueden ser la calamidad y la miseria.

Parece claro que el árbol de la vida poseía ciertas propiedades para preservar la vida indefinidamente. Si bien el hombre fue creado para vivir eternamente, también lo fue para no pecar. Ahora no se daban estas dos condiciones, por lo tanto, fue despojado de la fuente de la vida eterna.

Esta volverá más adelante, pero de la mano de Cristo. Por quien la muerte ha sido abolida, a la luz del Evangelio. Si no hubiéramos sido privados del preciado árbol, el pecado se hubiera multiplicado exponencialmente, y con él, todo el mal y desdicha que arrastra.

El hombre fue despedido del Edén no para que estuviera fuera mirando la espada de fuego voltear, sino para que emprendiera un peligroso y angosto viaje que aún hoy perdura. Prueba de que fuimos creados de la tierra es que el mismo cuerpo está compuesto por diversos elementos químicos que nos son comunes, tales como el hierro, la glucosa, la sal, el carbono, el yodo, el fósforo, el calcio, y otros.

Adán y Eva, no se fueron del jardín del Edén por voluntad propia, no entendieron que era lo mejor que podía ocurrir. Se nos dicen que fueron, literalmente, expulsados. Fueron desposeídos de él, y dejados, como aquel que dice “de patitas en la calle”. Toda una humillación.

Por otro lado, la reconquista ya ha comenzado. Y el Reino de Dios sigue avanzando, muy despacio quizá, pero su paso es inexorable. Mientras tanto, los querubines siguen flanqueando la entrada al Paraíso esperando aquel que es digno de abrirlo de nuevo.

Pero hasta que el Paraíso, convertido ya en Reino, se establezca definitivamente, Dios no deja de buscar un lugar donde habitar en la Tierra. Primero fue el tabernáculo, entre su pueblo, más adelante fue el templo, y hoy es el corazón de aquellos que han recibido a Cristo. Dios nunca ha abandonado al hombre a su suerte, aunque sin duda, podía haberlo hecho. Ha decido acompañarlo todo el camino que le separa hasta su redención.

Tendremos que esperar a la victoria final de Dios en Apocalipsis para volver a ver el árbol de la vida, pero esta vez para curarnos y restaurarnos definitivamente la vida perdida.

El Primer vestido de la Humanidad (Génesis 3:20-21)

Génesis 3:20-21

Ahora sí comienza la humanidad tal y como la conocemos hoy. De la descendencia de Adán y Eva saldrá toda la humanidad. Ahora, el trabajo y el tener hijos serán una dura carga que sobrellevar, pero ambas cosas serán necesarias para la supervivencia. Ahora queda por delante un largo y angosto recorrido hasta la redención del hombre.

Las palabras de juicio de Dios sobre la serpiente, la mujer y el hombre son seguidas inmediatamente por dos observaciones que transmiten esperanza. En primer lugar, el hombre pone por nombre a su esposa Eva (v. 20), que significa «dadora de vida”. En segundo lugar, Dios viste, empáticamente, a la pareja cubriendo la vergüenza de su desnudez (v. 21).

Por vestiduras, Dios provee a Adán y Eva de pieles de animales, lo que implica la muerte de al menos un animal para cubrir su desnudez, muchos ven aquí un paralelismo relacionado con el sistema de sacrificios de animales para expiar el pecado que será instituido por Dios a través de Moisés y su liderazgo sobre Israel, así como el sacrificio final de la muerte de Cristo como expiación por el pecado.

La promesa de Dios vendrá a través de la descendencia de Eva. A su debido tiempo nacerá el Salvador. Hoy, la primera pareja aprenderá también que sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecado. El Señor mismo confecciona vestidos para cubrir la vergüenza de nuestros padres. Ese mismo día sintieron el calor y el consuelo del Señor. El mismo día que el Señor vistió a Adán y Eva, emprendió el largo camino a través de la historia que le llevará a la Cruz para salvarnos de la maldición del pecado y de la muerte.

Todos los creyentes, al igual que Eva, estamos expuestos a las mentiras de la serpiente. Rápidamente nuestra fe se va corrompiendo, adoptando ciertas “medio verdades” y desviando nuestra atención de Cristo a otros pequeños “ídolos” camuflados entre nuestras “pertenencias espirituales”.

La maldad adherida al corazón del ser humano se hace difícil de soportar. Sobre todo, para nuestra conciencia. Nos hiere verla reflejada en los rostros de los demás. Por eso la tratamos de ocultar como podemos. Sin embargo, Dios mismo prepara unas pieles que no sólo cubrirán nuestra miseria, serán anticipo de un nuevo vestido que sustituya este cuerpo caído y sin remedio.