Génesis 17:2

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con los hombres.

2. El pacto que Dios hace con Abraham es unilateral. Por lo tanto, es Dios quien hace un pacto eterno del cual todos nosotros, los que creemos en el Señor Jesucristo, hemos sido hechos partícipes. Es un pacto personal, porque Dios ha creado al hombre a su imagen i semejanza, por lo tanto, puede tener una relación con él.

No hay mayor milagro que el de la vida. La capacidad de tener descendencia, perdurar a través de las edades mediante la prole.  En los tiempos y en la cultura de Abraham los hijos tenían un valor social mucho más relevante del que tienen hoy en día en occidente. En la sociedad del patriarca los hijos eran un preciado activo por el cual una familia se aseguraban la subsistencia, adquiría prestigio social, y prosperidad económica, así como, la continuidad de la estirpe a través de los tiempos.

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Génesis 17:1

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1. Dios tiene siempre sus propios tiempos. El actúa conforme sus planes y designios, y estos siempre están por encima de nuestras limitaciones. El Señor siempre está ahí, aunque solo se deje ver con cierta claridad en determinadas ocasiones. Pero tan importante como su presencia es aquello que nos tiene que decir. Normalmente no sabemos orar. Dios suele ser poco más que un oráculo personal. Pedimos principalmente para nuestras necesidades, y poco más. Ignoramos que nuestra mayor necesidad es conocerle a Él.

El primer atributo de Dios es su omnipotencia. Nada que nos podamos imaginar es imposible para él. También debemos saber que necesitamos más a Dios que cualquier otra persona o cosa en el mundo. Es una estrecha relación con Dios, y escuchar todo lo que nos tiene que decir lo que llegará a darnos plenitud. Pero no podemos acercarnos a Él de cualquier manera. No podemos acercarnos…

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La Transfiguración

Marcos 9:1-13

Las palabras de Jesús a sus discípulos: “De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venido con poder.”  Son una introducción al importante evento que está a punto de acontecer: “Su transfiguración”. Ese “ver el Reino de Dios venido con poder” será, con mucha probabilidad, aquello que están a punto de ver en la transfiguración de Jesús. De todas formas, otros comentaristas apuntan a que ese acontecimiento fue la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

Lo que experimentaron Pedro, Jacobo, y Juan supera todo lo que nuestra imaginación pueda alcanzar. Todo lo que sus pupilas conseguían captar fue transformado en un instante.  La Gloria que Jesús tenía antes con el Padre le vistió de nuevo. Aunque ahora, esa gloria también alcanzó a los tres discípulos. Porque lo que llegaron a experimentar no solo fue una transformación del espacio que ocupaban, también fue una incursión en el Reino atemporal y Eterno de Dios. En este acontecimiento encontramos que se unen pasado, con Moisés y Elías, presente, y futuro, con el resplandor de la futura Gloria de Cristo en sus mismas vestiduras.

Percibimos, pues, que el Reino de Dios es comunión. Comunión unos con otros, con Cristo, y con Dios el Padre. Jesús y aquellos tres discípulos no fueron “teletransportados” a ningún sitio. El Reino de Dios estaba allí entre ellos. Pisaban la misma tierra que antes, la gloria que los iluminaba les abrumaba de tal modo que les hizo buscar refugio bajo unas enramadas como el que busca sombra en verano. En aquel instante, y en aquel lugar, todos se conocían. Moisés sabía quién era Jacobo, y Pedro quién era Elías. En el Reino de Dios no hay extraños, solo hermanos.

Unos minutos en el Reino de Dios no son tan fáciles de asimilar, como padeciendo el síndrome de Stendhal, aquellos tres discípulos temblaban espantados mientras no acababan de entender todo lo que estaba ocurriendo.

Entonces vino una inesperada sombra, y con ella una voz cayendo de una nube cual lluvia torrencial en verano que hizo que aquellos tres hombres se sintieran aún más pequeños. La voz que vino del Cielo fue la voz de Dios mismo. “Este es mi hijo amado, a él oíd”. Nunca tan pocas palabras dijeron tanto. Este “tweet” de Dios abre la puerta de la salvación del hombre e inaugura la construcción del Reino de los Cielos sobre la Tierra.

Pero tras la voz de Dios, la Gloria de su Reino fue recogida cual viejo pergamino tras ser leído. Todos volvieron a tener el mismo aspecto de antes. Volvieron a tragar polvo, y a sentir cansancio en los pies. Volvieron a ver a aquel Jesús solitario y despojado de una gloria casi soñada. Según descendían de aquel monte, Jesús les fue dando detalles e instrucciones tan inesperadas como difíciles de entender

¿Cómo iba a morir el Hijo del Hombre, ahora que sabían quién era realmente? ¿Qué sentido tenía hablar de “resurrección? Cuando ya casi habían bajado del todo, Jesús les hace ver que el camino hacia el Reino de Dios está plagado de sufrimiento y contrariedades. Vemos que no son muchos los que son capaces de reconocer lo que está ocurriendo realmente. La mayoría no supo ver que Juan el Bautista era el Elías anunciado. Pocos fueron los que supieron identificar a Jesús como el Mesías, y menos aún, solo tres, sabían en este momento que Jesús era el Hijo de Dios.

Jesucristo sana mucha gente enferma

Marcos 1:29-39

No podemos separar el ministerio de Jesús y la instauración del Reino de Dios. Jesús no solo se preocupó de proclamarlo y enseñarlo sino también de llevarlo a cabo. En Jesús, el Reino de Dios abarca todas las esferas. En las Sinagogas abría los ojos espirituales a aquellos que escuchaban su Palabra, pero fuera de ellas sanaba los enfermos. Y todo por su Palabra, porque nadie como Dios mismo humanado podía administrar la Palabra de Dios a los hombres. En sus enseñanzas se asientan los fundamentos de su Reino, de tal modo que en el Sermón del Monte establece la misma Constitución de ese Reino. Así que:

  • Jesús manifiesta su soberanía sobre las distintas esferas espirituales subyugando demonios y liberando a aquellos hombres poseídos y tiranizados por ellos.
  • Jesús muestra su soberanía sobre las enfermedades ejerciendo como médico sanador de toda enfermedad, pues tiene el poder para terminar con toda forma de sufrimiento. Como vemos en este texto, ni tan solo pasó por alto a la suegra de Simón que yacía con fiebre en la cama.

Por otro lado, Jesús huyó constantemente de cualquier protagonismo, evitando hacer exhibición de sus milagros. A él le interesaban las personas. No dudó en dedicar horas y horas en atenderlos escuchándolos y sanándolos tanto física como espiritualmente.

Observamos también que Jesús era un hombre madrugador, y su jornada no terminaba hasta bien entrada la noche. El Hijo de Dios empezaba el día de la mejor forma que se puede empezar: Orando. Jesús tenía su propio programa y sabía que las cosas hay que empezarlas siempre desde el principio.

De nada sirvieron los ruegos de aquellos que le pedían que se quedara. Era necesario que terminara su propia agenda. Jesús no buscaba la fama ni el prestigio, su prioridad era extender el Reino de Dios, que en definitiva es la única solución a los problemas del hombre. Era necesario predicar el Evangelio a aquellos que aún no lo habían escuchado. Era necesario agradar a Dios antes que a los hombres.

¿Por qué me llamas bueno?

Marcos 10:17-31

Los estándares del Reino de los Cielos son mucho más altos que los estándares de este mundo. Nadie puede alcanzarlos sin pasar por la Cruz. La Cruz rompe todo orgullo humano. Nadie que antepone sus posesiones materiales, intelectuales o espirituales al Reino de Dios es digno de él. Solo Dios puede rehacernos de tal modo que nuestros pesados y voluminosos cuerpos vuelvan a tener el tamaño y las proporciones adecuadas para poder entrar en su Reino por sus estrechas puertas. Para ello una estricta dieta y mucho ejercicio van a ser necesarios con toda probabilidad. Porque en la carrera hacia este Reino, no se trata de llegar el primero, sino de llegar, pues el camino es sumamente largo, abrupto, y sinuoso.