La mortificación de todos los pecados

Seis cosas hay que odia el Señor,

y siete son abominación para Él:

ojos soberbios, lengua mentirosa,

manos que derraman sangre inocente,

un corazón que maquina planes perversos,

pies que corren rápidamente hacia el mal,

un testigo falso que dice mentiras,

y el que siembra discordia entre hermanos.

Proverbios 6:16-19.

Resulta un tanto inquietante ver como pecados como el orgullo, o la discordia, son enumerados juntamente con el asesinato. Algo similar ocurre con la lista de pecados que el apóstol Pablo nos transmite en Romanos 1:29-31 y 2 Timoteo 3:2-5, donde la desobediencia a los padres o la ingratitud se equipara a aborrecer a Dios, o la crueldad.

Aunque Dios no tolera ningún pecado, no todos los pecados son del mismo calibre en cuanto a maldad se refiere. Algunos pecados son atroces de por sí. Sin embargo, debemos tratar de evitar a toda costa esa tendencia a acentuar algunos pecados mientras, prácticamente pasar por alto otros. Después de todo, la codicia que podría considerase un pecado relativamente banal, aparece en la ley junto a la idolatría, el asesinato o el adulterio (Éxodo. 20:1-17). Este es el motivo por el cual todo pecado nos hace culpables delante de Dios, “la paga del pecado es muerte» (Rom. 6:23), y «todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» (Rom. 3:23).

Por lo tanto, es necesario evitar la omisión de determinadas faltas a expensas de enfatizar otras, dado que toda infracción de la ley constituye una transgresión de esta sin excepción.