Ingratitud.

En 1 Tesalonicenses 5:18 el Apóstol Pablo exhorta a los cristianos a «dar gracias en medio de cualquier circunstancia», afirmando sin ambages que «esta es, precisamente, la voluntad de Dios en Cristo Jesús para nosotros, sus seguidores.» De este modo, Pablo nos recuerda cuán primordial es la gratitud en la vida cristiana. Para el Pueblo de Dios, ser agradecido no es una opción. Para el creyente, es, o debería ser, el pan nuestro de cada día.

Por eso en Romanos 1:21, Pablo establece una estrecha relación entre la ingratitud a Dios y el fracaso en honrarle como tal. Porque serle desagradecidos es, en cierto modo, negarle o usurparle su lugar. Obramos con sutileza, atribuyéndonos mérito en todo lo bueno que nos sucede en la vida, porque nos vemos autores de aquellas circunstancias que han propiciado nuestra creatividad, ingenio, fuerza, o buen hacer, o simplemente porque pensamos que nuestros logros avalan lo que somos. Cuando pensamos y actuamos de esta manera, granjeándonos un reconocimiento que sólo pertenece a Dios, fracasamos inevitablemente en honrarle tal y como se merece.

Pero también fallamos al poner en entredicho su sabiduría y bondad cuando las circunstancias en las que nos encontramos no son aquellas que quisiéramos. Cuando nos quejamos y maldecimos porque nos han robado, defraudado, mancillado nuestra reputación, vemos la prosperidad de los impíos, o nos acontece algo que trastorna por completo nuestras vidas. Cuando actuamos así, en realidad, afirmamos saber más que Dios. Cuestionamos abiertamente su cuidado providencial en este mundo, o peor aún, su omnisciencia, amor o bondad. Por lo tanto, la ingratitud en circunstancias adversas va tan cargada de orgullo como la ingratitud que también le mostramos en las mejores circunstancias. En ambos casos, estamos rehusando dar a Dios la gloria que solo a Él se debe o, dicho en las palabras de Romanos 1:21, no estamos honrando a Dios como tal.

El problema es que cuando somos desagradecidos actuamos igual que aquellos que no comparten nuestra fe. Vivimos como si Dios no existiera. La ingratitud no es un “pecadito” que podemos pasar por alto mientras nos guiñamos el ojo el uno al otro sin mayor trascendencia. El ser desagradecido atenta contra la misma raíz de la fe cristiana, porque trata a Dios como si no lo fuera. Y lo peor de todo es que la ingratitud diluye la gracia. Pasa por alto el gran costo del don de la salvación reduciendo su valor al atribuir más valía a cualquier otra cosa que Dios, en su providencia, no haya querido darnos.  Esa puede ser, en última instancia, la verdadera tragedia de la ingratitud. Devalúa la persona y obra de Jesucristo, quien es realmente la Perla de Gran Precio (Mateo 13:46) y la Más Bella entre diez mil (Cantar de los Cantares 5:10).

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