El dolor es un magnífico salvavidas incorporado que nos ha dotado la naturaleza. No somos conscientes de la cantidad de veces que esta temida reacción nos ha salvado la vida. Esa percepción sensorial, más o menos intensa, pero siempre molesta y desagradable, que afecta alguna parte del cuerpo es el resultado del estímulo de ciertas terminaciones nerviosas.
Siendo un magnífico sistema de defensa, nada hace pensar que el ser humano, antes de la caída no lo llevase incorporado. Aunque, sin duda, sí había una gran diferencia respecto a la intensidad en la percepción sensorial. A partir de la Caída, Dios declara que la señal del dolor se intensificará exponencialmente en todo ser humano desde su mismo nacimiento. En especial, al dar a luz.
El castigo para la mujer no fue traer hijos a este mundo sino sufrir el dolor que conlleva dar a luz. Cuando dice que “Él tendrá dominio sobre ti” no está garantizando al hombre la servidumbre de la mujer como si fuera de su propiedad. La mujer también ha sido creada a la imagen de Dios y, además, tiene el honroso rol, concedido por Dios, de dar a luz, privilegio por el cual toda la humanidad es bendecida. (1:26-28).
Otro de los desajustes que provocará la Caída afectará el trato entre hombres y mujeres. El desorden emocional cosechará complejos sistemas relacionales entre ambos. Atracciones enfermizas terminarán en enredados lazos tanto de interés y manipulación como de abuso y dominio. A partir de ahora, la relación entre los dos sexos será tanto irremediable como enfermiza.
El Señor adelanta la futura rivalidad entre sexos por conseguir el dominio mutuo. Esta lucha no tiene otra procedencia que la condición pecadora tanto del hombre como de la mujer. Estas palabras no deben entenderse como una exhortación dirigida al hombre para que ejerza potestad sobre su mujer. La ley hebrea reconoce la vulnerabilidad de la mujer y exige una deferencia especial para ella. (Ex. 22:22; Deu. 25:5-10). El Nuevo Testamento explícitamente ordena a los maridos que amen y honren a sus mujeres (Efe. 5:25; Col 3:19; 1 Ped. 3:7), incluso que respeten su igualdad espiritual (Gal 3:28) mientras cada uno ejerce los dones que Dios les ha otorgado.
El problema de Adán no fue escuchar a Eva, sino preferir su voz a la de Dios. Y esa responsabilidad no sólo era solamente suya, sino de ambos. El mandato de Dios fue muy claro: “De este árbol no comerás”. Pero Adán, de forma totalmente deliberada, siguió el consejo de Eva en lugar del precepto de Dios. La rebelión de Adán fue totalmente premeditada.
El pecado de Adán traerá consecuencias terribles sobre la Creación. A partir de este momento la naturaleza le será hostil. Tendrá que trabajar con dureza la tierra para poder comer. Algunas cosechas se perderán a causa de plagas, sequías o fenómenos meteorológicos de diversa índole. Estas crisis ocasionarán luchas por la supervivencia. Especie contra especie, pueblo contra pueblo, hombre contra hombre. La ley de la selva, o del “todos contra todos”.
La naturaleza ya no será un entorno amigable para el hombre. El trabajo será gravoso. La escasez siempre andará merodeando. No siempre se verá recompensado el esfuerzo. Por último, la existencia del hombre se verá reducida a un puñado de días. Todo será vanidad, porque del polvo fuimos hechos, y al polvo volveremos. Como dice el poeta: “Todo pasa, y todo queda, pero lo nuestro es pasar”.
Un poco de tiempo, y nuestro espíritu de vida volverá a Dios, pero esta vez tendremos que rendir cuentas. Todo cuerpo tiene los días contados. La muerte terminará visitándonos, venga de un sitio o de otro. Haremos bien en recordar lo que somos en realidad. Pero para ello tendremos que mirar al que tiene la perspectiva adecuada de la vida, haremos bien en tomar conciencia de nuestra debilidad y transitoriedad. Ello cambiará tanto nuestra manera de ser como de relacionarnos.
Aún hoy, el mundo no es consciente de la dependencia que tenemos de Dios. Si aguantamos, si no desmayamos, si podemos vivir y ser felices es sólo porque el Todopoderoso no ha “ocultado su rostro de nosotros”. Porque la muerte sólo es el transportista que devuelve el espíritu al que lo dio.
La muerte sólo tiene una causa: El pecado. Podemos curar enfermedades, o protegernos de mil maneras, pero nunca podremos deshacernos del pecado y de su aciago fruto. La herencia de Adán perdura hoy entre nosotros. Sólo puede ser sustituida por el nuevo Adán que es Jesús. Su árbol de vida es la cruz del Calvario donde ocupó nuestro lugar. Tomando de él volveremos a nacer de nuevo. Pero, esta vez conforme a la naturaleza de Jesús, el Hijo de Dios.