El terreno de la mentira siempre es pantanoso. Uno no puede pretender que está preparado para afrontarlo sin que haya tan solo posibilidad de ser engullido por él. Basta un poco de astucia para que todo sea confuso, y antes de que nos demos cuenta ya estamos con el agua al cuello. El mismo Señor Jesús nos aconseja estar alerta constantemente, empleando incluso la astucia, para revertir toda artimaña diseñada para hackear nuestro corazón.
La serpiente prepara el terreno lanzando puñados de dudas esperando que alguna de ellas llegue a germinar. Siempre ha sido esta su estrategia. Irrumpe en la vida de Eva en el momento más inesperado y desfigura la realidad insinuando que Dios no es tan bueno como parece. Hay algo que les está ocultando. De hecho, insinúa que Dios les está privando del pleno uso y disfrute del jardín. Quizá Dios está empezando a acotarles el acceso al comprobar lo capaces que son de desenvolverse.
Pero Eva se defiende bien, tanto ella como Adán han recibido instrucciones claras de Dios. Pueden experimentar absolutamente todos los frutos del jardín exceptuando uno sólo que está justo en medio. Porque del cumplimiento de este mandato depende absolutamente todo. La advertencia es seria. Viene de Dios, y las consecuencias son realmente funestas: “La muerte”.
Pero la serpiente sabe utilizar perfectamente su mejor arma: La mentira. Introduce en este mundo la materia prima de todas las desgracias. No es tan fácil lidiar con ella. Nosotros mismos somos empapados con mentiras constantemente. Nunca debemos dar por sentado que sabemos discernir entre los que es cierto y lo que no lo es. Eva no era una ingenua, como se nos ha querido hacer ver a menudo. La serpiente le cuenta una sarta de “verdades a medias” que no puede refutar. Es cierto que “sus ojos serán abiertos”, “y tendrán conocimiento del bien y del mal igual que Dios”. Sin embargo, todo es una fenomenal artimaña altamente letal y contagiosa que sólo tiene un propósito: “La abolición definitiva del hombre”. Porque sus ojos serán abiertos, sí, pero para descubrir su propia vergüenza, y el conocimiento del bien y del mal que adquirirán sólo hará cristalizar el pecado en sus corazones subyugándolos desde el primer instante, haciéndoles sufrir sus inevitables consecuencias desde el primer bocado, entre ellas: La muerte.
El problema no fue la astucia, sino el engaño y el orgullo. Esta serpiente, Satanás, no ha dejado de utilizar sus artificios engañosos para engañar a todos, dentro y fuera del pueblo de Dios. Hoy continúa haciéndolo, especialmente entre nosotros, siempre apartándonos de una devoción sincera y pura a Cristo. El mal siempre es el mismo: Un cristianismo sin Cristo. Y hoy lo estamos viviendo más que nunca.
En Apocalipsis, cuando el “Gran Dragón”, “la Serpiente Antigua”, o Satanás es arrojado a la Tierra, se le asigna el título de “el engañador del mundo entero”. Ese es su nombre, y de sus mentiras se nutre la maldad del corazón humano.
¿Entonces cuál fue el tropiezo de Eva? Cuestionar la autoridad y la credibilidad de Dios. El asunto era verdaderamente trascendente porque había sido Dios quien había dicho: “el día que de él comieres ciertamente morirás”. De ello desprendemos que la condición natural del hombre es la muerte, porque la vida que experimentamos hoy no tiene nada que ver con la vida antes de la entrada del pecado en el corazón del hombre.
Lamentablemente, siempre encontramos escusas para justificar nuestro pecado, lo llamamos de mil formas para rebajarlo: Siempre ha sido otro el que lo empezado, o en el peor de los casos, otro el que lo ha hecho. Pero Dios sigue buscándonos, sigue esperando oír de nuestros labios: “Contra ti, sólo he pecado”.
La verdad y la vida están tan unidas como la mentira y la muerte. La introducción de la mentira en este mundo nos inyecta la muerte inevitablemente. Del mismo modo, regresando a la verdad, volveremos a respirar el espíritu de vida perdido. O somos hijos de la verdad o somos hijos de la mentira, porque sólo podemos tener un padre. Debemos escoger a quien queremos estar sujetos. Porque ambos siempre tienen deseos contrapuestos, y sólo nosotros decidimos a quien de los dos servimos.