2 CORINTIOS 10

Hoy pedimos al Señor abandonar toda carnalidad. Que nuestras motivaciones no tengan nada que ver con los intereses, las estrategias y el egocentrismo de este mundo. Más bien que nuestro poder sea del Espíritu Santo, para derrocar fortalezas espirituales de maldad.

Porque Él es el único que puede capacitarnos para refutar toda teoría, razonamiento o altivez erguido contra el verdadero conocimiento de Dios. Y para ello, debemos primeramente llevar todo pensamiento cautivo a Cristo.

Pedimos, pues, ser reflejo de su Gloria, y no negarla a nadie. Tampoco a aquellos que también son nuestros hermanos. Porque todo poder y autoridad de Dios sólo pueden edificar su iglesia, nunca destruirla ni diezmarla. Por ello pedimos que nuestras obras correspondan siempre con nuestras palabras.

Pedimos también no poner límites al poder de Dios. Que no haya “competencia” entre nosotros, siendo todos miembros de un mismo cuerpo y portadores de un solo Evangelio. Que nuestra única gloria sea Cristo. Porque no es aprobado el que se alaba a sí mismo, sino aquel a quien el Señor alaba.

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