Hoy pedimos al Señor el altavoz que sólo puede dar el Espíritu Santo para dar a conocer las Buenas Noticias del Reino de Dios.
También pedimos que su Santo Espíritu quebrante nuestros corazones y derrumbe todo muro de orgullo y altivez. Que abra nuestros ojos a nuestras propias miserias, mientras nos muestra su justicia y poder. Que dé un vuelco a nuestro corazón para que viva a sus pies continuamente.
También rogamos al Señor no poner nuestra confianza en las riquezas terrenales, porque por este motivo desatendemos las celestiales. Ahora, alabamos y bendecimos a Dios por la esperanza de la Resurrección. Porque a la luz de ella, hoy toda relación es pequeña e insignificante comparada con la que nos espera en su Reino.
Por último, pedimos al Señor que nos aparte de toda ostentación de piedad, no buscando el reconocimiento de los demás, huyendo de todo protagonismo, podando nuestra labia de religiosidad, y moviéndonos a la generosidad con el menesteroso siempre en lo secreto.