Hoy nos presentamos delante de Dios pidiendo fuerzas y sabiduría para administrar fielmente todas las riquezas de su Gracia. Limpiamos nuestras conciencias delante de su cruz, dejando atrás todo escondrijo de: vergüenza, astucia, o adulteración interesada de la Palabra de Dios.
Por el contrario, nos presentamos con total trasparencia delante de toda conciencia humana, para que la verdad de Dios fluya bidireccionalmente a través de nosotros. Por ello, imploramos al Señor que abra los ojos al Evangelio de aquellos que permanecen ciegos. Renovamos nuestro compromiso como siervos y siervas delante de nuestro Señor Jesucristo. Para que la luz de su faz encuentre reflejo en cada uno de nuestros corazones. Conscientes de que el poder es siempre de Dios y no nuestro.
Igualmente, damos gracias al Señor por el consuelo, el sustento y las fuerzas que nos da para seguir adelante en medio de dificultades y tribulaciones. Muriendo cada día en Cristo, para que en su muerte Su vida sea también manifestada en nosotros.
Pedimos también una fe más consolidada, que tenga su expresión en un testimonio natural con todo aquel que demande razón de la esperanza que albergamos.
Así que, nos gozamos en Dios, porque, aunque este hombre/mujer exterior se va desgastando, el interior se va renovando proporcionalmente día a día. Sabedores de todo el peso de gloria que vamos acumulando, no mirando las cosas que se ven, que son temporales, sino las que no se ven, que son eternas.