Josué 6:7

7. Cuando el Señor habla, siempre lo hace con un propósito. Dicho de otra manera, siempre espera una respuesta de nuestra parte. Él habla, nos pide, y nosotros respondemos obedeciendo. Entonces, quizá, deberíamos examinarnos a nosotros mismos, porque es posible que la Palabra de Dios no sea respuesta adecuadamente.
El Señor nunca nos va a pedir nada sin antes habernos preparado. Y nunca nos va a encomendar nada que no seamos capaces de hacer. Conforme a nuestra preparación, nuestra madurez, nuestros dones, capacidades, y  fortaleza, así nos pide Dios. Es por ello que el Señor suele preferir tomarse su tiempo mientras nos forma, Él no tiene nuestras prisas, y podemos dar por seguro que no nos dejará hasta que nos hayamos aprendido la lección.
Pero aun así, en cualquier empresa que llevemos a cabo en Su obra, de nada sirve la mejor preparación, si el Señor no nos acompaña. Si no vivimos postrados delante de su presencia en una actitud constante de adoración y búsqueda de su voluntad.
Es una gran  responsabilidad la que tenemos los que ministramos la Palabra de Dios. Y a menudo caemos en el error de enredarnos en cuestiones y polémicas infructuosas que no llevan a ningún lado, más allá de la queja y la discordia, mientras dejamos desatendido al Pueblo que espera órdenes para actuar.
Nunca menospreciemos los mandamientos de la Palabra de Dios. Aunque algunos sean difíciles de entender, como pueda ser el rodear una ciudad durante seis días. No lo dudemos, si Él lo ha mandado, seguro merece la pena hacerlo, de hecho no existe otra posibilidad de conseguir la verdadera victoria. Alentémonos sabiendo que llegará el día en que Dios nos mostrará los frutos de nuestra vida. No seamos perezosos. No hay privilegio más grande que el servicio a los pies de aquel que dio su vida por nosotros y está sentado a la diestra de Dios. Cuánto más bien hagamos a los demás, mayor será la bendición cosechada y compartida con los que nos rodean.
No temamos. No olvidemos nunca que la Presencia de Dios nunca abandona a sus valientes hombres de “guerra”. Él sabe que la batalla es dura, las pruebas difíciles, y los peligros muchos. No caigamos en el error de confiar en nuestras propias fuerzas, ni tengamos en alta estima nuestra propia opinión. Es la presencia de Dios lo primero y lo único que necesitamos para la lucha diaria.
Por último diremos que la posición de los guerreros con respecto al arca era una posición de guarda real. Imitemos aquellos soldados en su pleitesía y su actitud de adoración. Ello siempre conlleva temerle y respetar Su santa Palabra.

Entonces dijo el SEÑOR a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que se pongan en marcha.
(Éxo 14:15)